Estética de viejo afiche. Esa es, tal vez, la primera impresión que tenemos al enfrentarnos con la pintura de Vânia Mignone, quien, antes de dedicarse a las artes visuales, estudió publicidad. La distribución de los elementos en el plano es simple, las figuras son reconocibles y, aparentemente, todo es bastante directo. Pero, en cuanto dedicamos a los trabajos la atención que demandan, descubrimos que nada es lo que parece ser. O tal vez sí sea, ya que la propia artista afirma que las definiciones estáticas están distantes de sus intereses. Al contrario de la comunicación publicitaria, cuya eficiencia está relacionada con la capacidad de expresar un mensaje unívoco, el arte se vuelve cada vez más interesante en la medida en que involucra al espectador, algo que solo es posible cuando cada acto de la comprensión lleva a más indagaciones.
El hecho de que Vânia Mignone supo extraer de su experiencia en el mundo de la propaganda un modo sagaz de construir sus composiciones usando un lenguaje que es simple, pero nunca llano. Esa estética propia también se aproxima al xilograbado [técnica que, entre otras cosas, la artista conoce bien], especialmente en la “literatura de cordel” –historias gráficas populares–, pero sin ubicarse en historias lineales. Los trabajos de Mignone son fragmentos narrativos que “flirtean” con el realismo fantástico. Ambientes familiares se funden con situaciones que son solo posibles en el mundo de la imaginación.
Así como en la literatura “de cordel” [género de literatura escrita popular], en la obra de la artista también están presentes las palabras, que aparecen sueltas, sin la obligatoriedad de formar frases. Participan como formas, como elementos compositivos equivalentes a otros tipos de imagen. Mignone rechaza la función interpretativa de las palabras en sus trabajos, que no tienen la función de leyendas, no son títulos, y mucho menos pretenden explicar las escenas. Las palabras están escogidas por su presencia gráfica, por su tamaño y, a veces, por el sonido.
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