Valerie Brathwaite [Trinidad, 1940] forma parte de los creadores que construyeron las bases de lo contemporáneo en Venezuela, cuyos aportes los elevan a figuras legendarias. Su personalidad artística es única, con un inmenso poder de experimentación, siempre a la búsqueda de formas nuevas, indóciles a las clasificaciones del modernismo. Su lenguaje se desplaza entre capas de una extraña y personalísima abstracción: esculturas biomorficas, policromadas, elaboradas en yeso y cemento, a las que luego incorporó bronce, plata, aluminio y telas. Al modelado se unen otras técnicas como el grabado y el dibujo. El resultado ha sido un mundo muy propio, sensual, que transforma la naturaleza y es transformado por ella. Hacia finales de los años sesenta e inicios de los setenta –momento en el que se estableció en Venezuela procedente de Trinidad–, el panorama artístico venezolano libraba batallas entre una rotunda abstracción geométrica y el cinetismo contra la más feroz figuración. En ese contexto, Brathwaite mantuvo la búsqueda de un camino apartado de las tendencias dominantes y erigió una identidad no repetible.
Entre finales de octubre de 2024 y finales de marzo de 2025, el Museo Alejandro Otero, Caracas, presentó “Valerie Marie Brathwaite: La línea que se curva todo el tiempo”, una exposición de perfil retrospectivo, aunque no exhaustivo, sino más bien antológico, cubriendo sesenta y seis años de trabajo ininterrumpido. La curaduría de Ken Pérez Morales, con asistencia de Freddy Castro y museografía de Eduardo Zambrano, fusionó sutilmente el criterio cronológico con los problemas abordados por Valerie Brathwaite a lo largo de su trayectoria, de manera que la exposición rompe en ocasiones la línea recta del tiempo por medio de la inclusión de otros planteamientos de tipo discursivo. Noventa y cuatro obras definen un recorrido claro y nítido; las piezas se comportan como elementos individuales, que a la vez se articulan en una especie de inmensa instalación, a ratos jardín, a ratos espacios celestes, vegetaciones nocturnas o células en constante movimiento. El volumen, el color y la línea campean alegre y admirablemente.
La sala del museo fue dividida en tres ambientes: el primero de ellos comienza con una gigantografía del maestro Carlos Puche, que nos ubica en el espacio íntimo de creación de Brathwaite y extiende el diálogo con las obras que rodean la imagen en una extensión orgánica de la foto a las obras. Allí se encuentran piezas tempranas de su período de estudiante en Trinidad, dibujos anatómicos, papeles coloreados de los años sesenta, obra gráfica de 1958 y 1980, algunas esculturas de los años sesenta [las primeras realizadas en Venezuela] y la serie de Los vegetales danzantes de los años setenta, que refuerzan el dinamismo de su propuesta dentro de la sala. A ello se le acompaña con fotografías de obras referenciales no presentes en la muestra. En esta primera estación ya se aprecian la definición de su lenguaje y el libre vuelo de sus formas.
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