La exposición de Santiago Sierra en el Centro de Arte 2 de Mayo de Móstoles fue una muestra representativa de 30 años de su trabajo artístico que corroboró, como no podía ser de otro modo, las líneas maestras que definen. Y que responden, en todas sus variantes y vertientes, a duradero empeño en traer a la luz todo aquello que nuestras sociedades omiten o pasan por alto. La extraña paradoja de que tantas y tan decisivas cosas permanezcan ocultas en sociedades que se vanaglorian de mostrarlo todo, la pone de presente el título mismo de esta magnífica exposición: “1.502 personas cara a la pared”. Título perfectamente coherente con el contenido de esta, porque –con la excepción de una performance realizada in situ– el resto de las obras incluidas son fotografías y vídeos en blanco y negro, en los que las personas que aparecen están siempre dando la espalda a las cámaras que las graban o fotografían.
La decisión de Sierra de mostrar así a los modelos de sus obras cumple con una serie de objetivos, todos ellos entrelazados entre sí. El primero, romper lo que llamo el hechizo de la carta robada. La carta que, en el cuento homónimo de Edgar Allan Poe, no encuentran los investigadores que han registrado la casa de arriba abajo, a pesar de que todo el tiempo ha estado a la vista de todos, en el sitio más previsible: encima de un escritorio. Todo aquello de nuestras sociedades que Sierra denuncia por indignante y oprobioso está allí, a la vista de todos, sin que ninguno de nosotros consiga verlo, víctimas del hechizo que lo sustrae milagrosamente de nuestras miradas. Los vemos sin verlos. Tal vez porque la oferta abrumadora de imágenes ha obligado a desarrollar, como mecanismo de defensa inconsciente, la capacidad de no ver lo que estamos viendo.
Creo que Sierra es bien consciente de esta escisión entre el ojo y la consciencia, y por eso ha tomado la decisión radical de poner a la gente de cara a la pared, para que lo anómalo o inesperado de esta posición llame la atención e induzca a preguntar por qué están así. Efecto de extrañeza brechtiano reforzado por el hecho de que todas, absolutamente todas las personas, están fotografiadas o grabadas en riguroso blanco y negro. Algo contrasta fuertemente con el fascinante colorido de nuestras sociedades del espectáculo. Este efecto resultó especialmente impactante en la instalación fotográfica 1.502 personas cara a la pared, que dio título a la muestra y que ocupaba literalmente todas las paredes de gran altura del atrio cubierto del Centro 2 de Mayo. Todas mujeres. Se dice que ellas son la mitad de la humanidad, y, sin embargo, la mayoría están invisibilizadas por enmascaramiento ritual o por sobreexposición publicitaria o mediática.
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