Exposición Individualjun 2025 - nov 2025· Por Riccardo Boglione

Pablo Uribe

W–galería

Cando en 2018 Pablo Uribe tomó con la exposición “Aquí soñó Blanes Viale”, literalmente, el Museo Nacional de Artes Visuales [MNAV] de Montevideo, ocupando virtualmente todos sus espacios, no solo logró una espectacular manipulación de la colección, jugando con su acervo y con el sentido mismo de la institución museo [tocando, fundamentalmente, lo intocable], sino que alimentó desmesuradamente las preguntas que vertebran su arte desde hace décadas: ¿qué es, luego de todo tipo de desmaterialización y rematerialización, una obra de arte? ¿Existe la autoría o es una lábil cadena de participaciones en el acto creativo? ¿Cómo se edifica la historia del arte, y en algunos casos la historia tout court [a secas], de un país y del globo, tanto en los discursos oficiales como en la memoria personal?

Luego de seis años de la hazaña en el Museo Nacional de Artes Visuales [MNAV], el artista uruguayo vuelve a “ocupar” un lugar expositivo de relieve, esta vez una galería, con piezas pensadas específicamente para el espacio. El título es exquisitamente uribiano, exacto y a la vez engañoso: por un lado, “The Coleridge Museum” [El Museo Coleridge] no habla [directamente] del poeta inglés; más bien de Borges y del ensayo La flor de Coleridge, publicado en 1952, centrado en la idea de divorcio entre autor y obra, y de obras de arte pensadas como parte de una única interminable pieza, sin depender de quién las realizó. Por el otro, no se trata, justamente, de un museo, sino de una galería [a lo fijo y “sin precio” del museo se opone y propone lo transitorio y comercial].

Lo que primero captura el ojo son una pared y media totalmente ocupadas, de piso a techo, por el imponente “The Coleridge Museum, 2015-2024” [El Museo Coleridge]: postrema encarnación de su decenal serie Croma –donde se “extraen” los colores principales de un cuadro histórico y se reproducen, uno por tela–, realizada en decenas de lienzos monocromos, cada uno del mismo tamaño que la pieza original a la que refiere. El conjunto conforma una floresta de tonos inescrutable, y, sin embargo, gracias a decimonónicos cartelitos en bronce, cada uno es reconducible exactamente a la fuente: obras uruguayas “clásicas” de Ernesto Laroche, Guillermo Laborde, José Pedro Costigliolo, María Freire y Miguel Ángel Pareja. Con un guiño al arte abstracto de los orígenes, sobre todo a De Stijl [pero, ¿por qué no pensar también en los monocromos de Alexander Rodchenko de 1921?], Uribe intenta una vez más una imposible catalogación del cromatismo simbólico de su país y energiza procesos mnemónicos, mientras, como a menudo hace, “terceriza” a un profesional el trabajo material, en este caso, la búsqueda de los colores hecha por la restauradora Mechtild Endhardt.

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