Las exposiciones respiran de distinta forma según el espacio que habiten. En el caso que nos ocupa, encontramos obras perfectamente instaladas, como flotando en el aire de la galería, de la casa con historia que reluce en su piel contemporánea. Las obras se suceden suspendidas de un silencio como de agua mansa. La respiración se sostiene y sale como un susurro que atraviesa los hilos sin moverlos, recorriendo las escalas de grises y gamas de color de los paisajes que se desvanecen con el deshilado de las imágenes. Es este silencio “sospechoso” el que despertó las preguntas y provocó una búsqueda más allá de las paredes de la exposición, generando así un diálogo tanto con la artista como con el escritor del texto, el investigador, crítico y curador Arie Amaya-Akkermans. Algunas crónicas nacen del recorrido; otras, de los encuentros después de este. ¿Qué se movía bajo esas aguas calmadas del río textil que navegamos en la exposición “Des tramo?”
Al ingresar en “Des tramo” somos recibidos por Reversar el destramo, una instalación de cuatro rollos de hilos destramados que forman una retícula, como una ampliación pictórico-escultórica de cuatro hebras que forman la urdimbre y la trama; cada rollo insinúa haber tenido una imagen completa que se ha perdido en el ejercicio de sustraer parte de la malla que conforma la fotografía que la artista tomó. Este gesto de revertir la trama, pero al mismo tiempo de sugerir que hay en ello otro de reconstrucción, imprime el carácter que acompaña durante la muestra. Cárdenas apela al “espíritu de la multitemporalidad” impulsado por el poder mirar a través de los hilos, pudiendo penetrar en el adelante y atrás, arriba y abajo, en los códigos de espacio y tiempo, subvirtiendo la idea de lo lineal. En el caso de esta obra, cada rollo destramado se reconstruye con otro perpendicular para honrar las “heridas” que esta mina menorquina sufrió durante su explotación.
La obra de Leyla Cárdenas [Bogotá, 1975] ha sido parte de la agenda artística y cultural desde hace una década larga; revisar este lapso de tiempo con ella es ver sucederse paso a paso un proceso de investigación y creación que se remanga la camisa buscando nuevos horizontes, descubriendo archivos del tiempo y del espacio. Desde que empezó a recorrer sus pasos como artista, ha tenido una obsesión con la ruina, con la transformación del entorno a través del tiempo, con las pistas que dejan estas transformaciones que se esconden, en ocasiones, a plena vista. Inicialmente, este interés se exploró con un simbólico gesto de rascar y escarbar la pintura en las superficies arquitectónicas para evidenciar y descubrir los recubrimientos que se superponen, y, así, entender las temporalidades que coexisten latentes en el espacio. Con el paso de los años, y gracias a distintos encuentros con procesos de trabajo en sitios específicos, la artista se encontró haciendo intersección con la arqueología, tomando su obra un carácter multidisciplinar. Ha podido trabajar de la mano de arqueólogos, al tiempo que es referida por estos, como, por ejemplo, Alfredo González Ruibal –especialista en arqueología del pasado contemporáneo–, en su conferencia sobre esta disciplina en relación con el arte. Este aspecto es el que llamó la atención de Amaya-Akkermans, al toparse con su obra casualmente en una feria de arte. En su texto, Amaya-Akkermans trae a colación al arqueólogo Dan Hicks, con el término lo “fotológico”, que revela “un paisaje que está compuesto de distintos lugares, los que se vuelven visibles solamente después de un intervalo de tiempo”. En “Des tramo”, la artista parte de la representación del paisaje colombiano en el siglo XIX, específicamente, los grabados publicados por el botánico francés Charles Saffray en su volumen La fabulosa geografía de Colombia, en 1869. La trama de las imágenes impresas sobre tela y el ejercicio de revertirla; los hilos que se sustraen, pero que en ocasiones cuelgan a la mitad revelando algo de las manos que han manipulado las obras, ponen de manifiesto la ficción de la superficie y cómo, al indagar más allá, se desarma el discurso para revelar el paso del tiempo. Al devolverse el tiempo del tejido, Cárdenas mira entre bambalinas, muestra la tramoya del paisaje construido, doblegado y manipulado para exportar una imagen adaptada de un mundo en realidad desconocido, que no ha sido interpelado si no que se le han puesto nombres y adjetivos, sin preguntar. Hay también un juego de espejos y proyecciones de las mismas imágenes. Por ejemplo, la obra Periplo entre dos mundos: una sola circunferencia dividida por el Yuma, es un friso de tela con una línea del horizonte que divide el paisaje en un reflejo que lo vuelve elástico en el espacio y el tiempo, retando la idea de la linealidad de la historia como discurso impuesto por un orden unidireccional. Otras obras, como Destejer la montaña II, son como haces de luz proyectados que rompen la pared dirigida con fuerza hacia el suelo. Los hilos viajan desde las telas hasta las reproducciones en papel de los grabados [que eran finalmente realizados por alguien que no había pisado estas tierras], desbordan la imagen plana de los ríos, las lagunas o las montañas, dándoles agencia a través de las capas del tiempo.
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