Julio Galán estuvo siempre en el lugar correcto y en el mejor momento. Ello le vino muy bien, ya que su corta vida no le habría permitido desarrollarse a lo largo de una larga carrera, como también sucedió con sus contemporáneos Jean-Michel Basquiat y Keith Haring.
Alcanzó renombre durante la década de 1980, la última época dorada para el arte en Nueva York: oportunidad única para alguien que ya había alcanzado un estilo muy personal y reconocible. En esos años, Nueva York era un escaparate para dos generaciones. Luminarias como Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella y Andy Warhol, que habían sobrevivido a su juventud en las décadas de 1950 y 1960, alcanzaron la madurez en la cúspide de su triunfo económico, compartiendo protagonismo con un nuevo y emocionante grupo de artistas que estaba haciendo del downtown la capital del último grito de la moda internacional.
Galán llegó a Nueva York en 1984 y pronto conoció a Andy Warhol, con quien intercambió cuadros, así como a Francesco Clemente. Con el tiempo, se abrió camino en la escena hip junto con Jean-Michel Basquiat y Keith Haring, los dos principales neoyorquinos de vanguardia, reconocidos hoy día como los más importantes de ese período.
Sigue leyendo este artículo
Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.
