Carlos Castillo [Caracas, 1942] es prácticamente un artista de culto en Venezuela, una leyenda, un pilar en la experimentación de medios y cruce de disciplinas: precursor del cine super-8, el videoarte, las videoinstalaciones y el performance, brinda aportes esenciales a las nuevas generaciones. Su trayectoria da fe de una profunda irreverencia al trabajar temas cotidianos y sociales que problematizan la existencia, desde la perspectiva de la ironía y el humor. Jamás abandona su aguda reflexión acerca de la simbología y las significaciones de la venezolanidad, permitiéndonos una lectura que sobrepasa los estereotipos. Uno de los aportes de su trabajo ha sido la manera de dislocar la noción de realidad y descolocar los contenidos simbólicos del espectador, en una singular propuesta que demuestra agudeza de visión, además de postular un claro uso alterno de la tecnología en conjunción con la plástica. Este creador ha conjugado el talento técnico y artístico con el conceptualismo y el humor, ironizando agudamente acerca del entorno que lo rodea, el cine, la cultura, el arte y la nación. Desplaza las maneras como podemos relacionarnos con una determinada imagen. En este juego, “engaña” a la mirada y logra perpetrar un atentado contra los convencionalismos. Tal convicción se exhibe a cabalidad, por ejemplo, en sus performances, donde proyecta una determinada imagen y paralelamente interviene o modifica el desarrollo de la acción con la imagen en el momento mismo de su proyección.
Por ello, la realización de “C.C.T.V.: Casi todo 1963-2011 [Carlos Castillo TV: Casi todo]”, con la curaduría de Carlos Castillo y Carmen Araujo, se arropa con una excepcional importancia. La exposición cumple con la misión de difundir el trabajo de artistas de los orígenes y desarrollo del arte venezolano contemporáneo. Permite el acercamiento a una obra tan variada, profunda, divertida, irónica y crítica, con enormes inquietudes conceptuales. Allí se reúne una trayectoria artística donde las miradas se pierden ante los contenidos, las estéticas y los conceptualismos. Ha sido el productor de una iconografía muy propia que desmonta los aspectos mitológicos de algunos símbolos patrios como la bandera de Venezuela, o figuras religiosas como José Gregorio Hernández y María Lionza. Juega con la imagen –con el estereotipo–, pervierte su sentido temporal y espacial en nuestras mentes, desencaja los patrones de nuestra percepción y comprensión para crear un modelo sustituto de las cosas.
La muestra se compone de instalaciones, videoesculturas, documentos fotográficos y documentales, proyecciones, dibujos, maquetas y bocetos que construyen un recorrido casi infinito por las aristas y los relieves de su trabajo, iniciando el camino con dibujos a tinta y esculturas en hierro de los años sesenta y setenta, cuando participaba en actividades con los artistas del Techo de la Ballena, hasta experiencias más recientes. Una de las obras emblemáticas de la exposición es Hecho en Venezuela, de 1977, un corto en super-8 que funciona como metáfora del país, sus contrastes y rupturas, sus extravíos. Otro de sus clásicos cortos presentes en la exposición es Intento de vuelo fallido [1982], donde lanzó una cámara desde la cima de uno de los edificios más altos de Caracas, grabando el vuelo de caída. Esta pieza se proyectó en una pared de la sala, acompañada con una especie de hamaca sostenida con guayas, en la que el público se colocaba boca abajo para percibir a cabalidad la caída, produciendo un vértigo intenso. La muestra seguía con un registro muy completo de piezas icónicas como Del cielo al suelo, c. 1985 –una asta con un televisor en la cúspide que proyecta la bandera de Venezuela–, lo cual constituye un ejemplo de alteración del medio tecnológico y el icono patrio, formulando un nuevo estado de relación entre ambas instancias. Tecno ofrenda a la reina, de 1995, es una videoescultura resultante de un performance, método común en Castillo. La obra revela su interés por los elementos y mitos que consolidan la identidad venezolana, trabajada de manera irreverente. En la exposición, está rodeada de toda la documentación de su ejecución; bocetos, fotografías, textos. Mostrar los archivos e imágenes fue una estrategia común en el montaje, que fortaleció el carácter histórico y discursivo de la muestra. Libertad incondicional, de 2010, es una escultura presente en la exposición, muy representativa del compromiso del artista: consiste en una estructura formada por tres jaulas esféricas que se contienen a sí mismas, una dentro de otra, enfatizando de esta manera la situación de encierro/encarcelamiento. Sin embargo, las puertas de cada una ellas se mantienen abiertas. La sensación que se produce es asfixiante; en ella se revela la actitud del artista de involucrar la percepción del espectador en su trabajo. Son numerosos los temas y variaciones que recogen su rebeldía e irreverencia. Las cámaras caen abruptamente al vacío, los televisores se suspenden en lo alto de una asta, o las recetas de sopa de pollo, que se convierten en historias de suspenso, son solo algunas de las configuraciones inesperadas que se reúnen en esta exposición que retrata los rasgos distintivos de una sociedad, bajo una mirada crítica de la realidad de lo que simboliza ser venezolanos. El artista hace de la nación una imagen rasgada, dramática, irónica, divertida o herida que nos recorre hasta la médula. El recorrido por la exposición es un recorrido por los símbolos y mitos cotidianos que construyen una noción de país.
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