Las instalaciones de Adrián Gaitán se nos ponen en frente como unos monstruos fósiles; esos muebles y objetos domésticos desvencijados e intervenidos por el artista, nos adentran en un espacio claustrofóbico e irracional; su quietud nos perturba justo porque pareciera que en cualquier instante pudieran animarse. La penumbra de la sala refuerza esa sensación, y cuando observamos la imagen total que consolida la exposición, estamos inmersos en una especie de plató abandonado. Las materias residuales de mobiliarios encontrados en la calle son ensambladas con materias orgánicas, y en su colisión física hacen emerger esa particular monstruosidad que se refiere en líneas anteriores. La familiaridad de esos objetos que hemos visto en tantos lugares cotidianos de repente se diluye, y esa sensación es una de las premisas en la obra de Gaitán, eso que le permite advertirnos que al final nuestro universo más íntimo no es tan racional: es ahí en esa “escenografía de lo íntimo” donde acontece el bello desastre que nos determina.
Esta exposición también tiene que ver con la dificultad de estar dominados por un sistema que privilegia la razón. A Gaitán le interesa configurar un pensamiento visual que abraza la contradicción de la existencia humana, la confrontación individual con eso que no pertenece al “deber ser” y que es imposible mantener oculto; el artista penetra en el inconsciente y en las sensaciones anómalas que se apoderan de nuestros cuerpos. Porque todo lo que nos intentan revelar las obras en la tétrica escenografía [que configura la exposición] acontece solo si tenemos un cuerpo: lo que nos produce la náusea [esa sensación tan espantosamente física] es también la indecible angustia que solo puede sentir [y decir] un cuerpo. Estas obras encarnan cierta animalidad humana, el instinto desbordado hecho objeto-imagen.
Línea [2024], una de las instalaciones que hace parte de la exposición, invoca la acción deseante de rescatar un escritorio ruinoso que en uno de sus receptáculos iluminados contiene una materialidad extraña que atrae la mirada, fragmento visual que es el contrapunto de la diagonal que da sentido compositivo a la obra con una almohada doblada que cuelga de un tronco de madera soportado en un arnés. El dispositivo creado por el artista detiene el tiempo en el que acontecería ¿la caída? de ese singular objeto, y esa tensión física –que es pura teatralidad– es el efecto lúcido de la plasticidad que Gaitán le ha concedido a la materia. El sinsentido que elabora este montaje viene justamente del hecho de estar atrapado en un no tiempo. Por lo demás, hay algo pictórico en la obra Línea que remite a ciertas manías de ese romanticismo que aún tiene vestigios del barroco; cuando se observa esta instalación de Adrián Gaitán [y tal vez enunciar esto resulte un atrevimiento], podría reanimarse de nuestro inventario visual la icónica pintura Le Radeau de la Méduse [La balsa de la Medusa] de T. Géricault: su temperatura del color, su composición donde la diagonal es definitiva; pero también, y sobre todo, esa quietud sublime con la que el pintor invocó la catástrofe. En Línea, el dispositivo instalativo sostiene un cuerpo de madera que encarna cierta humanidad, es un sobreviviente. Cabe anotar, a propósito de este osado acercamiento a lo pictórico, que precisamente la pintura ha sido uno de los lenguajes en los que más se ha interesado Gaitán, un lenguaje que en sus obras se ha nutrido de otros lenguajes como el cinematográfico; justo de esos híbridos estéticos emerge la potencia montajísitca de sus instalaciones, pero también las expresiones pictóricas que cobran vida en sus apuestas técnicas.
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