En el mes de marzo de este año, el artista hondureño Pavel Aguilar, que reside en Suiza, presentó su proyecto “Litoral” en la galería El Lobi de San Juan, en Puerto Rico, espacio de exhibición que está bajo la codirección de Vanessa Hernández Gracia y Melissa Sarthou. Aguilar define su proyecto como una propuesta introspectiva que busca conectar en su ser a un país sin litoral [Suiza] con otro que liga su memoria al mar [Honduras]. El eje que articula esa memoria es el sonido; he aquí un medio que, siendo sonoro, vincula dos geografías distintas que perviven en la subjetividad del artista.
Todos los lugares reales o imaginarios que habitamos, los escenarios que recorremos y los momentos que experimentamos poseen una sonoridad particular. Estos lugares, las cosas, y todo lo vivido, tienen una sonoridad propia que es reconocida individual y colectivamente; esta es la base o el mecanismo que permite construir lo que los antropólogos musicales han denominado “identidad sonora”. Es interesante advertir que en “Litoral” confluyen la vista y el oído; es una propuesta que, dialogando desde el sonido, hace referencia a paisajes, ambientes, objetos, es decir, a formas visuales [gráficas o escultóricas]; sin embargo, lo sustancial de esta visibilización formal recae en el sonido; este último es el que permite tomar conciencia de nuestra territorialidad, de nuestro sentido de pertenencia a un lugar y a un espacio; quizá Pavel Aguilar nos esté proponiendo un ejercicio acustemológico [posicionar el sonido como forma de conocimiento y reconocimiento].
En su acucioso análisis sobre las diferencias entre las culturas visuales y sonoras, Marshall McLuhan atribuye al oído un poder de convocatoria y comunión que no posee la vista. Para el autor, los miembros de las comunidades tribales están sensorial y emocionalmente más involucrados con su grupo de pertenencia, justo porque tienen al oído y al habla como vía primordial de comunicación y único sostén de la memoria grupal. “Litoral” propone un paisaje de lo humano a partir de las resonancias musicales, de acordes acústicos evocadores, de ecos espirituales que nacen en el ritmo; en estas obras conocemos el mundo porque el sonido es el leguaje que lo nombra.
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