En su última exposición, Patrick Hamilton [1974] pintó un desierto. No en un sentido literal, ni menos uno cualquiera. Se trató del Atacama, en el norte de su país natal, al sur del continente americano. Pero lo cierto es que tampoco recurrió al arte pictórico en su sentido tradicional. El artista utilizó una de las paredes de la sala para desplegar un gigantesco mural bicromático basado en patrones de los habitantes ancestrales del mundo andino. Tiulado Viracocha, la intervención medía 22 metros de ancho por 4 y medio de alto. Sin embargo, a los ojos de quien ingresaba a su muestra en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago, Hamilton pintó una silueta propia del desierto del país sudamericano.
Los patrones del mural son parte intrínseca del imaginario del desierto y sus pueblos originarios. Líneas ortogonales que dan forma a estructuras de pirámides escalonadas. Todo un sistema de armonías geométricas tomado de las representaciones del dios inca Huiracocha. Los detalles del mural de Hamilton provienen de manuales de dibujo escolar editados en Argentina en la década del 20 del siglo pasado, que fueron usados para la enseñanza de las culturas precolombinas. Se publicaron bajo el sello Curt Berger & Cía., en 1923, y fueron rotulados como Viracocha. Dibujos - Decorativos - Americanos. Este fue el centro de su exposición “Atacama”, comisariada por Sergio Parra: el imaginario de la aridez como elemento para la construcción de la nación.
El mural se complementó con un conjunto de fotografías intervenidas de gran formato y una serie de pedestales con imágenes de archivo que tenían superpuestas objetos de cobre policromado de la artesanía popular. Las fotografías eran vistas frontales de la zona más seca del desierto más seco, con el sol de mediodía quemando sin piedad montañas, llanuras y rocas. Vaya hipérbole. Un reino ausente de cualquier rastro de agua, verdor o presencia animal. Imágenes de un silencio espectral en un tiempo congelado sin atisbos de humanidad. Cada una de las fotografías tenía superpuestos uno o varios planos rectangulares hechos de láminas de cobre pulido. Localizados a media altura de las instantáneas, eran como manchas de un ocre brillante que liberaban al espectador de la profundidad del tiempo arqueológico trayéndolo a la planitud del presente gracias a los productos de la minería.
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