“Pasado futurista” del artista bogotano Mateo López [1978] es una de esas exposiciones por las que nos podríamos aventurar a afirmar lo siguiente: será recordada como un hito expositivo, al menos del 2024, al menos en Bogotá, al menos en NC ARTE, aunque la sospecha puede abarcar un calado nacional y, en retrospectiva, histórico. Tengamos en cuenta que hay ciertas muestras que marcan una generación de artistas [o creadores, investigadores, etc.], y las instituciones tienen la responsabilidad de procurar que dichas muestras se den. Grandes palabras, sin duda debatibles, pero si una se debe a la tarea de escribir crónica artística con un ojo en el presente y otro en el futuro, bien merece la pena la arenga artística, la exaltación de un momento en el hoy que sirve de proyección hacia adelante: pensar en la historia a veces implica imaginársela en el futuro. El trabajo curatorial de María Iovino aporta un formato de exposición necesario en la escena nacional: la concepción del espacio, la apuesta por el juego, el humor y la rigurosidad suponen un paso adelante en el contexto. En el texto curatorial leemos sobre el artista –lanzando un polo a tierra– que es alguien “de oficio y de método en su proceso creativo”. Quizá son estas dos características las que procuran que López avance por el cauce del tiempo como un buen vino, regalándonos experiencias como esta, que él, de forma sencilla y clara, ancla en su interés por el dibujo, por la línea como origen de todo lo que de ahí surge. Algo con lo que todos podemos tener relación.
A partir de aquí, y con la raíz anclada en “el oficio y el método”, el artista plantea una puesta en escena que abarca los intereses en los que ha estado trabajando de un tiempo a esta parte, y de los que hemos podido ver propuestas en exposiciones pasadas, tanto en Colombia como en distintas latitudes. En NC ARTE, “Pasado futurista” se compone de una serie de objetos, esculturas, dibujos, dispositivos e instalaciones modulares –uno se imagina que la edición fue una parte compleja y retadora del proceso curatorial–, por lo que podemos perdernos, como la Alicia del cuento, en una caída que abre preguntas y caminos a la necesaria tarea de reinventar, renombrar y releer la realidad, el mundo, la historia, la antropología, la tradición, y, así, borrar por un espacio-momento las ideas de tiempo. Algunos puntos de partida pueden ser las asociaciones del pasado que acuden a la mente; por ejemplo, Hugo Ball [artista del movimiento dadaísta] vestido de obispo mágico, Oskar Schlemmer [artista de la Bauhaus] y sus vestuarios para ballet; ambas figuras históricas se pueden imaginar deambulando por este espacio, plenos de reconocimiento desde sus tiempos pasados. Los objetos combinan lo leve y lo pesado de alguien que con una sonrisa nos cuenta una verdad de lectura múltiple: revelan pensamientos poéticos, pero también secretos que no se nos habían ocurrido antes y sin los cuales ya no podremos vivir. Barichara geométrica nos acerca a materiales locales como una totuma, un palito encontrado, pero se asoma a la delicadeza de los móviles de Calder; Caimán o Bombillo aguacate son juegos surrealistas que generan nuevas conexiones en nuestra imaginación; Traje achiote invoca el espíritu de Beuys en la sala; la obra Mayakovsky [Mosquito] –en la que un envase de plástico hace las veces de cara con orejas de gorritos tejidos en fibra natural– puede acercarnos a algunas de las piezas de la colección de objet trouvé de la Fundación Antonio Pérez [Cuenca, España], por mencionar algunos antepasados que nos podemos imaginar susurrando al oído de López desde sus pasados vanguardistas. Todo esto convive con la ancestralidad del tejido, no solo en lo matérico y tradicional de las distintas fibras, sino en las lógicas de la urdimbre, la trama y las posibilidades geométricas y matemáticas para crear uno u otro entramado, como puntos de interés del artista y metáfora del ejercicio de esta exposición. La línea que une dos puntos puede ser el origen, pero a partir de ahí el entramado se vuelve complejo, sin perder la transparencia y la sencillez de los gestos. Además de las capas que generan las obras en el espacio, se incluye como parte de la programación pública el performance, es decir, el cuerpo como [con]secuencia lógica del movimiento de la línea en el espacio, afirmando así el componente teatral en el que el artista siempre ha indagado.
López nos mueve –tanto por el espacio como por una experiencia interior y personal–, por su empeño de observador, como un niño que experimenta y juega, recoge objetos de interés en sus trayectos tanto por la ciudad como por el campo, los guarda y los renombra inventando una nueva historia que contar con personajes que la habitan. Existe una relación entre la magia y el arte; ambas tienen la capacidad de transportarnos a otros mundos, de cambiar nuestra realidad momentáneamente, de hacernos ver lo que no está ahí. “Pasado futurista” tiene, sin duda, esa misma capacidad.
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