El título que le da Mario Palacios Kaim a su muestra es paradójico. Asume la zona en términos literales, tal cual fueran campos de influencia e interacción, en tanto superficies, sean expuestas o a cubierto. Zonas, sin más, que se designan, se delinean, se marcan, según los influjos de la luz solar y el tiempo, en un largo devenir que busca aprehender la intemperie en un juego donde se confunde lo que se lee con lo escrito, si cabe describir así nociones que se asumen a partir de la exposición, el desgaste y el tiempo. Una zona de indiferencia, en términos de indistinción, o peor, de indefinición, cuyos bordes se desleen, se desbordan, se asumen, negados, diluidos, indiferenciados de modo tal que no deje ambigüedad posible al nombre que se le da, aunque –de algún modo– perviva en ella.
Se trata, en principio, de un transcurso y un proceso. Aunque no sea algo que, en primera instancia, se nos imponga en la sala, donde penden y cuelgan las telas de colores mientras los armazones de hierro desempeñan un rol a mitad de camino entre bastidores y biombos. Unos y otros, en su distinta materialidad, parecen funcionar como tamices y tapices, intercambiando funciones y pretensiones en un juego de figuras geométricas que se tiende –cual émulo del expresionismo abstracto– para adornar los ecos de una forma de habitar el espacio museográfico impuesto por la modernidad.
Es en la segunda instancia, cuando son vistas de cerca las telas que penden y cuelgan, que se descubre el prodigio de un secreto que solo así resulta evidente, revelando a ojos vistas el degradado en el color de las telas, más que su saturación. Una falta o carencia que, a manera de presencia, fue tendida en el suelo, procurando que el sol –sin matices y brutal– hiciera el trabajo, degradando el color en las partes expuestas de las telas, que fueron dispuestas en azoteas sujetas –precisamente– por estas estructuras metálicas que guardaron –a manera de esténciles– el color original –si cabe llamarlo así– dentro de sus contornos.
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