Exposición Individualdic 2024 - may 2025· Por Diana Cuéllar Ledesma

Manuel Chavajay

Pedro Cera

Entre los múltiples debates en torno a la actual eclosión del binomio arte y pueblos originarios, estimo indispensable calibrar la facilidad con que “lo ancestral” se emplea como recurso interpretativo. Bajo el paraguas de la ancestralidad caben por igual el comunitarismo y la espiritualidad; la interacción y el cuidado de los territorios. Mientras el identitarismo contemporáneo corre el riesgo de devenir un nuevo esencialismo, anclado en concepciones metafísicas de la cultura, el problema que encuentro con la vinculación unívoca entre pueblos originarios, naturaleza y ancestralidad es que puede cancelar futuridades plausibles, mientras mantiene activo un principio de marginación en el que los pueblos originarios se ven constreñidos a los ámbitos del chamanismo y la magia, obliterando su emplazamiento como sujetos políticos del presente.

En el ámbito de las artes el debate es especialmente complejo, en virtud de los parámetros y vocabularios bajo los que se gestan los discursos legitimadores, que siguen arraigados en el paradigma liberal letrado. Sin rechazar programáticamente toda aquella tradición de pensamiento, que nos subjetiva irremediablemente, la posibilidad que tenemos en la actualidad de ampliar el canon y subvertir los mandatos del gusto eurocentrado pasa por la muy necesaria negociación, intelectual y sensible, de los saberes, las materialidades y las formas de la experiencia estética. En “Ja qattee ruach’ulew nu tz’ijoni / La madre tierra habla”, Manuel Chavajay reúne obras que se ocupan de las muchas complejidades que se tejen en torno al lago de Atitlán, epicentro espiritual, vital y económico de las comunidades mayas guatemaltecas que lo circundan. La mayoría de las obras había sido previamente mostrada en la 35 Bienal de São Paulo, y, en su conjunto, logra conjugar contenido crítico con propuesta estética.

Como consecuencia de la gentrificación, la industrialización y el turismo, la contaminación del lago Atitlán es un desafío para las comunidades autóctonas de la región, quienes han visto mermadas sus estrategias de autogobierno y amenazados los entornos naturales que por generaciones han dado sustento a su vida. En la serie Hay días en que las montañas y los volcanes se acercan y se alejan, Chavajay retrata el paisaje lacustre con acuarelas impregnadas en aceite quemado de motores y detalles bordados. A pesar de su carga lírica, las pinturas incorporan residuos industriales altamente contaminantes que remiten a la toxicidad y la muerte, dando como resultado obras de una paradójica y sobrecogedora belleza, que se alejan de las premisas de la postal turística, pero, también, del gesto literalista de la denuncia más ortodoxa. En realidad, son imágenes de gran crudeza, que no intentan ocultar que la contaminación y la muerte están ahí, imbricadas en el paisaje y mañosamente acopladas a su belleza.

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