La noción de escultura en el campo expandido, introducida por la investigadora norteamericana Rosalind Krauss, podría servir para comentar el trabajo El agua y la forma, del artista cubano Javier Balmaseda, en las orillas del río Valira, en Andorra. Para Krauss, muchas esculturas contemporáneas podían definirse como la suma de dos negatividades. Estaban integradas al paisaje sin ser paisaje, y, dentro de la arquitectura, conformaban lo no arquitectónico. La escultura se expandía hacia medios artísticos muy diversos, perdía su función monumental y prescindía del pedestal, que antes hubiese permitido distinguirla con facilidad del paisaje o de la construcción arquitectónica. En la obra de Javier Balmaseda encontramos estos rasgos que señaló Krauss.
El agua y la forma es un proyecto que se extiende por un voladizo de doscientos metros de largo. Fue fruto de un trabajo de equipo, que incluyó a dos arquitectos, tres ingenieros y obreros de la construcción. El conjunto demandaba pensar el espacio como un sitio de circulación peatonal, en el que habría que prever la emergencia de nuevos centros comerciales y el desarrollo de una mayor actividad cultural. Fue preciso diseñar terrazas, así como añadir escaleras, barandillas, bancos y farolas, que se integraran al conjunto.
El agua y la forma incluye un amplio circuito de tuberías, que se extiende por doscientos metros. Cuarenta y nueve grifos sobresalen como acentos visuales, con los que se interrumpe la linealidad que trazan las formas cilíndricas. Una secuencia de farolas agrega un sentido de verticalidad, y tal vez incluso de ascenso.
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