Nosso Barco Tambor Terra (Nuestro barco tambor tierra), la instalación que Ernesto Neto (Río de Janeiro, 1964) presentó en el Museu de Arte, Arquitetura e Tecnologia (MAAT) de Lisboa entre mayo y julio, ofreció una experiencia dinámica, envolvente y afectiva en torno a los cruces culturales entre ambos lados del Atlántico. Curada por Jacopo Crivelli Visconti, esta estructura monumental se erigió en una de las obras más ambiciosas de Neto, llenando la Galería Oval del museo con una poderosa reflexión sobre la historia, la naturaleza y la interconexión. El uso de materiales y símbolos asociados a los viajes transatlánticos evoca de forma crítica la partida de las carabelas hacia el llamado Nuevo Mundo, incitando a los espectadores a reconsiderar estos viajes no como meras exploraciones, sino como actos que transformaron vidas, paisajes y sistemas de conocimiento en todos los continentes.
La instalación emplea materiales simples e insinuantes, como la chita, popular tejido de algodón hecho en Brasil y a menudo estampado con colores vibrantes y motivos florales. La tela, cortada en tiras y tejida a mano por un equipo de colaboradores, formaba una extensa malla con patrones orgánicos que envolvía el espacio, creando una estructura parecida a una enorme tolda de campaña. Las formas suspendidas y sostenidas por pesos y contrapesos en forma de gotas contribuyeron al efecto etéreo y envolvente de la pieza, que transmitía la gravedad y el equilibrio característicos de la práctica de Neto. La interacción de los visitantes con la escultura y su contacto físico con los elementos táctiles y sensoriales constituyeron un aspecto cardinal del proyecto.
El uso de la chita y otras referencias visuales a los viajes transatlánticos establece una fuerte conexión crítica con el pasado colonial, a la vez que celebra las culturas afrobrasileñas e indígenas. La obra se extendía más allá de su visualidad por haber incorporado especias aromáticas, tales como cúrcuma, comino y canela, para evocar memorias y experiencias sensoriales profundas. El suelo, cubierto con cortezas de árbol y con recipientes llenos de semillas y granos, creó texturas físicas y olfativas que seducían al visitante, desdibujando la barrera tradicional entre el espectador y la obra de arte.
Sigue leyendo este artículo
Este artículo es exclusivo para suscriptores de artnexus. Suscríbete para acceder al contenido completo y a todo nuestro archivo desde 1976.

