En marzo, Eduardo Cardozo viajó a Italia para montar, en el Pabellón de Uruguay de la Bienal de Venecia, Latente, una instalación que maneja, con destreza y soltura, temas como la dislocación y la identidad a través de un diálogo imposible –por ende, abierto a resoluciones eléctricas– con Tintoretto. Poco tiempo antes había inaugurado en Galería Sur de Punta del Este “La celebración de la pintura”, título a la vez directo y ambiguo. Directo, porque, en definitiva, todo su trabajo está centrado en ese medio, aun cuando, a nivel de praxis, se sale del medio mismo: pienso, por ejemplo, en un video como Basal [2020], donde, gracias a un mareador primerísimo plano, asistimos a la ritualista [auto]pintada de su propia espalda desnuda por parte del artista, que va mutando inquietantemente, con andanza hipnótica, durante diez minutos. Ambiguo, porque en Cardozo nunca se trata de una mera celebración, sino de una casi obsesiva reescritura de la historia de la pintura, que no puede satisfacerse, y que encuentra su razón de ser en la superación de sus más evidentes límites. Siempre jugando según sus reglas, pero torciéndolas con fuerza.
El pintor estructura esta “celebración”, cuya articulación en la sala es extremadamente simple, partiendo de un puñado de piezas que tienen unos años y que parecen funcionar como mera introducción a un conjunto de obras más reciente y numeroso. El cuadro más “antiguo”, de 2010, es un muestrario del periodo en el que Cardozo todavía usaba el acrílico para pergeñar paisajes abstractos, ya construidos sobre una superposición calibradísima de tonos ocres y cerúleos –colores que envían a elementos terrenales y acuáticos para remarcar cómo lo “natural” informa sus composiciones–, y una meticulosa disposición de manchas “celulares” sobre un trabajado fondo rústico. En Perspectiva [2017], la hibridación con otros materiales, mediante la incorporación o incrustación de elementos en la superficie bidimensional, es medular: flotando, literalmente, sobre una composición abstracta apaciguada, libre de sobresaltos cromáticos, aparecen, esparcidos rítmicamente, una suerte de charcos o nubes de hierro cromado, cristalización de fenómenos ocultos que pueden remitir tanto a una incognoscible reacción alquímica como a singultos mercuriales. Como última pieza “histórica”, aunque ya abrace plenamente su pasaje al óleo, hallamos Playa de Malvín [2019], donde, desde el magma informe, pero siempre controlado, de su larga fase abstracta aflora un esbozo de figuración. Se trata de un paisaje borroso [la fase anterior de su pintura había sido la de las “nieblas”], una marina montevideana carcomida por lo plomizo, lo difuso del velo atmosférico, con tónica casi turneriana.
Como anticipé, el resto de las obras conforma un núcleo compacto –todos los lienzos, menos uno, son de 2023–, aunado por la reflexión sobre el tema de la naturaleza muerta o still life. Como hace a menudo, Cardozo explora, y explota, la gran tradición pictórica occidental, poniendo de manifiesto su reescritura de aquella Canestra di frutta [Cesta con frutas, 1596] de Caravaggio, que fundamentalmente estrenó la historia, muy afortunada, del género. Su Recuerdo de un cesto con frutas [2021], de gran tamaño, emplea desembarazadamente uno de los ingredientes distintivos de su laboratorio, la memoria. El célebre cuadro es, en efecto, repintado de memoria, naturalmente con amplia libertad, utilizando la paleta y el empasto matérico típicos del uruguayo: una copia de la copia, o mejor dicho, de las copias “mentales” que se asomaron en su cabeza y trataron de recomponer lo visto, en reproducciones y en vivo, asintiendo a las distorsiones que el tiempo y las capacidades y falacias humanas infligen a la imagen.
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