Oxalá, Iemanjá, Oxum, Euá, Nanã, Omulu, Oxumaré, Xangô, Iansã, Exu, Oxóssi, Ossain, Ogum, Logunedé. Las pinturas pueden venir a la mente mientras estos nombres resuenan. Quizás ideas vagas de sus significados, o detallados hechos, símbolos, experiencias propias. Puede ser que a algunos de nosotros no nos transmitan nada, palabras impronunciables. Conocer o no conocer a estas deidades o sus significados no es, sin embargo, una cuestión de términos absolutos. Algunas religiones de la diáspora africana resumen en desplazamiento la condición de aquellos que las desarrollaron: múltiples culturas mezcladas a la fuerza, diversificándose en posibilidades igualmente plurales, con raíces no siempre rastreables en generaciones anteriores. Entonces, Ossain es también Ossayin, Katendê, Agué, incluso san Benedicto para algunos, y sus elementos asociados y narrativas son igual de variados.
Este contexto de pluralidad es el trasfondo de la práctica del artista visual Ayrson Heráclito. Su arte está profundamente conectado con su práctica espiritual dentro de una faceta del candomblé, una religión afrobrasileña que es a su vez un capítulo de la cultura yoruba. Su obra está marcada por rituales de sanación; explora nociones de limpieza y cuidado. Por ejemplo, la serie Bori, que representa ofrendas rituales, y su rango de obras con aceite de palma, son algunos íconos de sus treinta años de carrera. Aunque guiado por la espiritualidad, Heráclito mantiene un pie en los asuntos terrenales al tratar temas de raza, las heridas abiertas de la colonización y la esclavitud, todos los cuales, sin duda, requieren sanación.
Sus obras contienen capas y una sofisticada negociación entre lo que está allí y lo que no, lo que puede revelarse y lo que permanece desconocido. Un ejemplo reciente es Floresta de infinitos [Bosque de infinitos, 2023], exhibida en la 35 Bienal de São Paulo, en la que los visitantes paseaban por un bosque construido dentro del pabellón modernista del parque Ibirapuera, en São Paulo [Brasil]. Un bosque hecho de bambú, alto, oscuro, y, al comienzo, a punto de ser inquietante; era muy poco lo que podía saberse de él. El espacio no recordaba un paisaje particular, pero, a pesar de ello, sus definiciones constituían un bosque, un camino serpenteante en el que rayos de luz en la oscuridad le permitían al espectador percibir cosas a medida que avanzaba. Un sonido fuerte y animado, una colaboración con el artista y músico Tiganá Santana, ofrecía una mezcla de cánticos, aves y percusión, componiendo un batuque [alboroto, confusión, ruido] proclive al trance, un ritmo de tambores que, sin ser fácil de predecir, nos transportaba a territorios desconocidos y perturbadores. Un intenso olor a tierra en el ambiente ayudaba a cimentar el cuerpo a través de un viaje que desentrañaba capas a medida que uno se sumergía: cada paso hacia adentro significaba un paso más cerca del intenso sentimiento espiritual creado en el espacio.
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