Quizá el factor diferenciador más importante del arte actual sea su tendencia a revisar problemas de orden social que, a través de la historia, han sido obviados, como lo son las narrativas subalternas de comunidades históricamente excluidas, sometidas y muchas veces borradas en los relatos oficiales. Astrid González es una novel figura del arte latinoamericano que ha hurgado en su propia historia, una historia que está siendo reescrita desde un escenario donde los microrrelatos han tomado relevancia y que, en su caso, se está construyendo con profunda convicción y dignidad, quizá al punto de llegar a la altivez, pero no desde su acepción peyorativa, más bien desde el orgullo que guarda quien tiene algo importante que decir y ha recibido, por su propia gestión, la palabra para expresarse.
“Drexciya”, además de ser el título de su última exposición individual, es también un vocablo afromítico que denota un territorio de ultramar en el inmenso Atlántico, acuñado y recreado en los noventa por una agrupación musical vinculada al Techno Underground Resistance de la escena de Detroit, la cual se presentó en 1992 con este nombre, que denota una comunidad sumergida en las profundidades que recorre las corrientes ecuatoriales del sur y del norte conectando el continente africano con las Américas. González, quien es una estudiosa de los fenómenos asociados a la identidad afro en territorios americanos, arguye que le “interesa argumentar visualmente la ficción creada por la banda en 1992, para a través de conversaciones con biólogos marinos, astrónomos y curadores, pensar en cuáles podrían ser las imágenes de este territorio submarino”.
El mito dice que Drexciya es una vasta población conformada por las gentes paridas por mujeres africanas secuestradas y encarceladas en navíos para ser traficadas y luego esclavizadas en América. Estas mujeres, que en el trayecto eran descubiertas en gestación y luego arrojadas por la borda, cargaban dentro de sí el germen de una nación plena y libre. Y es que entre 1525 y 1866, incalculables seres fueron abandonados a su suerte en alta mar. En esta maravillosa ficción incorporada en las letras de la agrupación, al mejor estilo de la tradición oral y cantada de nuestros antepasados, y que recuerda la Atlántida de Platón, los hijos e hijas de estas mujeres se adaptaron en los vientres de sus progenitoras a las aguas saladas del fondo del océano –que, por cierto, es el líquido más similar a nuestra propia sangre, la de todos los humanos–; y desde allí, criaron a sus congéneres y seguían recogiendo otras mujeres gestantes que tocaban inertes el lecho marino, hasta conformar una enorme nación. En la lírica de sus composiciones, “los músicos presentan manifiestos de su filosofía y narran cómo se ve y gobierna este país que dignifica la muerte de mujeres secuestradas, violadas y asesinadas en grandes navíos”, dice el texto de presentación de la exposición.
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