Aquellos años ochenta y noventa
En aquellas décadas, la fotografía tuvo un giro experimental que acercaba este medio al arte. Hubo un interés por componer “escenografías” y alterar algunas técnicas propias de la fotografía. A finales de los años ochenta, Alexander Apóstol, siendo un novel fotógrafo, se destacó con una serie de fotografías que presentaban esa apariencia subjetiva, escenográfica y de reminiscencias nostálgicas por el pasado. Rompió con la estética preciosista imperante en la fotografía local y experimentó con técnicas variadas interviniendo el papel fotográfico y negativos para obtener particulares composiciones y efectos fotográficos. Preservaba su valor estético cuidando el encuadre, las transparencias y la iluminación, tanto en retratos [Hortensia, Nabo, Pollo, Fran, de 1987-1989] como en composiciones con figuras de animales, las cuales operan como metáforas de las relaciones personales, la incorporación del territorio y el espacio geográfico [1].
Posteriormente, realizó un proyecto más personal y ambicioso, Gallinero feroz [1992-1994], serie en la que el entorno doméstico y la significativa presencia familiar son elevados a la categoría de retratos anónimos y comunes [2]. Es la primera vez que Apóstol asume “frontalmente” temas personales en torno a la sexualidad e identidad, con cierta inconformidad y humor “corrosivo”, como “carta de presentación” hacia su propia familia. La composición de las obras, sustentada en la repetición o superposición de imágenes, con una narrativa ligada al cine, conforma un relato. Estas lecturas asociativas constituyen un aporte a la escena fotográfica local, así como a su obra posterior. De allí la importancia de esta serie, además de su polémica exposición en el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber en 1994.
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