En su ya larga y fecunda carrera artística, Alberto Baraya cultivó primero el azar, después la botánica, y ahora está en la etapa goyesca. Empezó pintando cuadros que, en un descuido de los vigilantes, colaba y abandonaba en alguna de las salas de los grandes museos del mundo. Los dejaba allí un rato, expuestos a la curiosidad de los visitantes, fotografiaba la escena, recogía el cuadro y se marchaba. Con estas acciones, entre irónicas y dadaístas, ponía en cuestión la seguridad de dichos museos y la credulidad de los espectadores, y obtenía como premio el poder ufanarse de haber expuesto pinturas suyas en el Musée du Louvre, del Prado, etcétera.
A la segunda etapa, la más conocida y dilatada, la llama la del Herbolario artificial, y es resultado del trabajo de su alter ego: el Naturalista artificial. Duró veinte años, en el curso de los cuales emprendió auténticas exposiciones botánicas, que, a diferencia de las realizadas por los botánicos, no tuvieron como objetivo inventariar la flora natural de países exóticos, sino la flora artificial en las cuatro esquinas del planeta. Desde Bogotá hasta Shanghái, desde las selvas brasileñas hasta el mar Báltico, desde Nueva York a Nueva Zelanda, pasando por la península ibérica y el Atlas marroquí, y un largo etcétera. En todos estos lugares, Baraya recolectó ejemplares de las más heterogéneas categorías desde este universo ubicuo y polimorfo. Las flores y las hojas de plástico y de papel, tan usadas como la ornamentación floral en los ritos y ceremonias y en el vestuario, los complementos, el mobiliario, la arquitectura, o las etiquetas en todo el mundo. Con el método y el rigor de un taxidermista y con la agudeza analítica de un antropólogo de lo cercano, sometió el material reunido a análisis lo que sacó a la luz los múltiples significados que adquiere la flora artificial en diversos lugares del planeta.
En su trabajo como naturalista artificial, Baraya descubrió lo que él mismo llama el exotismo móvil. Que consiste, según él, en el deseo de legitimarse socialmente demostrando poder económico, político o sexual mediante la colección de animales exóticos o de automóviles de lujo. Baraya cuenta que hizo el descubrimiento durante sus expediciones herbarias a la hacienda Nápoles de Pablo Escobar, en Colombia, y al Wivenhoe Park del general Francis Slater Rebow, en Inglaterra. Con dos siglos de diferencia, ambos personajes habían visitado Portugal, y ambos quedaron hasta tal punto atraídos por una variedad local del olivo que se llevaron un árbol de este para plantarlo en sus respectivos parques naturales.
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