Decía Susan Sontag que solo apartándonos de la agresividad del mundo nos podíamos permitir la observación y la atención electiva; las imágenes y las metáforas del dolor y, sobre todo, de la enfermedad, se habían construido a partir de lenguaje militarizado que despojaba de humanidad el propio proceso del dolor. En la exposición “Las voces” de Adolfo Bimer [Santiago, Chile. 1985], en La Papelería [Madrid], nos encontramos un acercamiento a esa dicotomía entre sensibilidad y deshumanización que tan a menudo forma parte de la experiencia médica.
Son precisamente las formas a través de las cuales los seres humanos hemos sido representados en las ciencias médicas lo que le interesa a este artista, que busca aquí darle la vuelta. En una instalación específica, arriesgada y valiente desde el punto de vista comercial, y que ocupa toda la galería, “Las voces” nos invita a pasar a una especie de sala de espera que parece, en sí misma, enferma. En este contexto, Bimer nos plantea qué formas han construido las imágenes de la medicina para, en procesos complejos, optar por una casi deshumanización de quienes experimentan el dolor. Nada más entrar, 466 pinturas sobre metacrilato, a base de distintos barnices y con elementos como pastillas molidas, óleo y minerales [calcio, azufre, carbón o hierro]. Es una gran pared que se presenta, sobre una estructura de aluminio, separando los espacios. En esta antesala, un asiento típico de hospital parece corroído por alguna bacteria desconocida. No sabemos muy bien si la invitación es a sentarnos o esperar de pie. La sala, en sí misma, se encuentra casi en bruto, sin apenas azulejos en el suelo y con paredes desconchadas sobre las que se sitúa un dispensador de tickets para que aguardemos nuestro turno. También este parece consumirse en una epidermis biológica viva.
Más allá de lo morboso de la enfermedad, Bimer apuesta por una mirada democratizadora que reclama la individualidad dentro de la constante deshumanización que el sistema sanitario ejerce sobre sus pacientes y funcionarios. Esta inquietante propuesta se mueve entre los aspectos más pictóricos y los más escultóricos de ambas disciplinas, sumergiendo a quien entra en la sala en una realidad distinta, paralela, que no por inquietante resulta menos sugestiva.
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