Dos obras, que yo llamaría vertiginosas, fueron protagonistas de este XII Premio Luis Caballero 2023-2024, presentado en Bogotá. Le proponían al espectador entrar en un movimiento metal y visual de beats, de golpes de imágenes y sonidos sin jerarquías, que se combinaban y se interrumpían entre sí. Exposiciones que no terminaron en un tema contado con objetos, videos y fotos enmarcadas en un espacio quieto, sino que arrastraron todo un conjunto de situaciones antropológicas, de comportamientos, de jirones de experiencias vitales, que construían la obra misma.
Y empiezo así este artículo, porque el Premio Luis Caballero en Colombia está constituido por proyectos experimentales, que interpelan no solo la forma de hacer arte, sino la manera como lo leemos y escribimos sobre él. Por eso escojo enfrentarme a este conjunto de exposiciones: como un problema de cómo leer arte hoy. Creo que estas exposiciones se alejan de palabras que incluso se usan en los grandes museos en la actualidad, tales como invisibilidad o visibilidad, figurativo, abstracto o documental: imposible. Se necesitan otras palabras para referirse al arte, tal vez recogidas de experiencias culturales como el rap; es necesario buscar las palabras en una sensibilidad construida de partículas diversas que colisionan. Aquí me conecto con Juan Carmona, un curador de arte latinoamericano, que habla de un “perreo postapocalíptico”, en una entrevista a Juan Covelli, que recomiendo leer. Aunque no sé exactamente qué quiere decir “perreo postapocalíptico”, se acerca a la experiencia que viví en estas dos exposiciones.
Una de ellas, vertiginosa, fue “Los caídos” de Juan Covelli (Bogotá, 1985). Él escogió el espacio Odeón en el centro de Bogotá, para convertirlo en la vorágine del paro social en Colombia en 2021, llamado El Estallido Social, que tuvo como escenario la calle: enfrentamientos entre la fuerza policial y la ciudadanía, mezclados con bloqueos de flujo de productos, transformaron la forma de vivir. Covelli propuso unos conjuntos de restos de materiales urbanos en el piso, tales como letreros de supermercados ladeados e iluminados, llantas, pedazos de latas y cartones, inequívocas señales de una ciudad inestable y mutante. Estos señalamientos plásticos se combinaban e iluminaban también con videojuegos de nuevos héroes y villanos en sus luchas: Guerrera Misak, con su vestido indígena azul profundo y su mochila, lanzaba bolas de fuego; El Capitán Colombia, un civil anónimo en huelga y en la calle, que se enfrentaba contra el SMAD, el escuadrón móvil antidisturbios, y La cuerpa trans marica, una figura que se enfrenta a la violencia patriarcal, machista y urbana.
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