La trayectoria del mexicano Saúl Kaminer (1952) encuentra una resonancia cómplice con numerosos artistas en su elección estética y formal, a veces incierta, que lo caracterizó durante buena parte del siglo XX. En efecto, no es raro ver en la historia del arte moderno cómo muchos pintores conocidos por su obra calificada como “abstracta” atravesaron, en sus inicios y con buenos resultados, la figuración, para luego consagrarse al arte abstracto, como fue el caso de Malévich, Mondrian y Mark Rothko, o desarrollarse en una mezcla sutil como Nicolas de Staël y Roberto Matta, mientras que Philip Guston optó por hacer el camino inverso.
Para Kaminer, el camino hacia una geometrización dominante de las formas no puede explicarse por el solo deseo de recuperar el tiempo o aventurarse en una senda. Tampoco puede reducirse simplemente a la influencia de su primera formación como arquitecto y la experiencia del espacio y la tridimensionalidad. El progresivo cambio estético y formal que se ha observado en él, a lo largo de los últimos quince años, está íntimamente ligado a varios factores dinámicos, en donde se conjugan eventos personales (el redescubrimiento de sus raíces europeas y la consciencia de ser judío), sus continuas e indispensables lecturas filosóficas y espirituales, y una búsqueda plástica que tiene que ver con la necesidad vital de cambio de piel o depuración. En 2010, en momentos en que se iba dando un cambio existencial, tanto en él como en su pintura, el artista me comentó: “Ahora tengo menos necesidad de describir las cosas, de decir yo soy mexicano o francés o judío. Me doy cuenta de que me estoy convirtiendo cada vez más en un pintor, un ser humano. Comienzo a sentir que existe en mí una unidad. Y me oriento cada vez más a las cosas que me parecen más esenciales”.
El título de esta exposición, que asocia la oposición de luz y sombra, entremezclándolas metafóricamente para crear una dialéctica tanto estética como existencial, resume tal vez en sí mismo la madurez de una obra que encuentra, en esta última presentación del artista, a un tiempo pintor, escultor y grabador, la culminación de un proceso sensible e intelectual coherente donde vida y obra se entrelazan sin cesar. Refleja igualmente cómo el desafío al espacio encontró su plenitud en el juego entre vacío y lleno, entre plano y volumen, contrastes que fundamentan la esencia profunda de su reflexión estética; aquella en la que las oposiciones se diluyen, al tiempo que se nutren mutuamente, afirmando así la complejidad de toda creación artística.
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