Marisa González es una artista cuya carrera condensa en sí misma una época entera del mundo del arte. La época en la que el arte dejó de ser lo que hasta entonces era y en la que el arte nacional ya no pudo aislarse o separarse más del arte internacional. Y viceversa. Ella es española, tiene 80 años bien cumplidos, es Premio Velázquez de las artes de España y como artista ha hecho todo lo que le cabía hacer a quien, desde el final del siglo pasado hasta la actualidad, ha sido fiel al espíritu de la vanguardia, investigadora de las nuevas tecnologías de captación y generación de la imagen y mujer radicalmente comprometida con la causa del feminismo. Además de exhibir una especial sensibilidad hacia los conflictos políticos y sociales de su época.
Sus orígenes importan, como suelen importar en la biografía de todos los artistas. Ella es de Bilbao y nació en el seno de una familia de industriales, y a los 16 años se licenció como pianista. Solo para inmediatamente después decidir que la rigurosa disciplina diaria exigida al pianista profesional no era compatible con su carácter y que el camino de la libertad lo ofrecía el arte. Estudió en Madrid la carrera que, al final de los años 60, todavía se llamaba de Bellas Artes. Y poco después de concluirla se fue a Chicago, donde ingresó en el Art Institute y se benefició del magisterio de Sonia Sheridan, quien la inició en el uso artístico y la exploración de las posibilidades expresivas del fax, entonces recién inventado. El tema de sus obras en esta etapa formativa fue el anonimato, muy ligado a su experiencia como recién llegada a una metrópolis, donde nadie la conocía y ella no conocía prácticamente a nadie. De ese año son sus Anónimos.
Al cabo de dos años, abandonó Chicago y se trasladó a Washington, donde prosiguió sus estudios en la Corcoran Gallery. Era la década de los 70 del siglo pasado, años turbulentos desde el punto de vista político y muy fecundos desde el punto de vista artístico. Fueron los años del happening, el body art, las instalaciones, el video, los usos artísticos de la fotografía, etcétera. Y también los de irrupción del feminismo, el movimiento de liberación gay y la agitación política generada por el movimiento de los derechos civiles y las protestas por la guerra de Vietnam.
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