Sobrevuela en las obras de la artista Mariana Tellería una especie de mixtura que, como sostiene el texto curatorial de su muestra “Estúpidos espantapájaros. Nueve formas desocupadas en busca de una historia”, conjuga “la iconografía religiosa con la basura, la moda, el accidente, el espectáculo, la industria y la naturaleza en una misma jerarquía horizontal”. Al recorrer con la mirada esa gran sala de la galería Ruth Benzacar, un galpón industrial adaptado como sala impecablemente blanca con algunos acentos de color beige, se percibe algo inquietante. La conjunción minimalista de las obras en prominente blanco y negro con algunos acentos hechos en madera hace percibir al espacio más amplio y vacío. ¿Qué hacen aquellas formas distribuidas en la planta, o asomándose por el balcón del primer piso o descansando en algún espacio de la escalera? Nada es tan simple de responder frente a sus obras porque, al prestar atención a los detalles, capas de sentido se van abriendo en frentes de interpretación, pero mantienen algo que inquieta y transmite una sensación en cierta forma espeluznante. Lleva a pensar no tanto en el título que menciona al espantapájaros, sino en cuerpos sin identidad, jóvenes sin rostro con una corporalidad segmentada que dibuja el hueco vacío de un torso y cabeza que se asocian con algunos restos que los contextualizan en acciones, algunas muy curiosas.
Ninguno de esos cuerpos está aislado, y todos parecen tener la misma altura con un sostén invisible que se asocia a ciertos sistemas de factura industrial que permiten identificar escenas: algunas inevitablemente religiosas como el crucificado, otra en oración bajo unos arcos de ojiva. Pero también parecen estar en la naturaleza, abrazados a una verdadera corteza de árbol, o en el piso, acurrucados, dormidos y rodeados por hojas secas. Solo hay una pareja que, por su tamaño, parecen representar lo femenino y masculino en tamaño, que se mantienen enfrentados muy cerca en el descanso de la escalera, de manera tal que obligan al visitante a sentir esa indiscreta relación de dos cuerpos vacíos que se envuelven en su mundo dejando fuera las posibles miradas.
Es notable la eficacia con que usa los recursos asociados a cada pieza, donde el volumen que parece contener perfectamente un cuerpo debajo del buzo negro de algodón tan universalizado se interpreta en asociación a la impresión del conjunto que permite la escena. Hace poco, Tellería reconocía en un reportaje que, en su taller de la ciudad de Rosario, pasa horas junto a objetos heterogéneos como el capó de un auto, plantas y troncos encontrados, restos de pintura pintoresquista del siglo XX, muebles en desuso, prendas de vestir. Considera que de tanto convivir con ellos, les encuentra el momento en que puede comenzar a ensamblarlos. De este modo operó en la representación argentina de la Bienal de Venecia 2022, cuando, bajo el título El nombre de un país, construyó un territorio con restos de autopartes, muebles, telas, helechos, imágenes religiosas y materialidades industriales, orgánicas, tecnológicas, minerales y artesanales en un pabellón apenas iluminado para inducir al visitante a reducir su deambular y prestar atención a los detalles. Los enlaces tan singulares creaban otras tensiones entre las partes, abandonando su utilidad, su función y su inmanencia para ser parte de un cierto aplanamiento formal.
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