Exposición Individualjun 2024 - nov 2024· Por Andrés Gaitán T.

Leonel Vásquez

NC ARTE

El sentido de la vista está cada vez más disminuido en la obra de Leonel Vásquez. No es sino apreciar sus fonógrafos de piedras titulados Cantos rodados, o examinar su concierto por el río Magdalena a la altura de Mompox, o recorrer la instalación en NC ARTE para determinar que lo suyo es un arte sonoro a través del cual se le entrega a la naturaleza un medio de expresión. Vásquez se encarga de ser precisamente eso: un mediador entre el espectador y una naturaleza que es tratada como un ser vivo que necesita de él para manifestarse. En este punto quisiera añadir que es muy fácil decir que la naturaleza es un ser vivo, puesto que es una frase común que nos acompaña desde siempre. Sin embargo, bien podríamos ver que los límites a los cuales hemos llegado como seres humanos con este ser vivo nos dan a entender que una cosa es lo que se dice y otra lo que realmente se cree. O se siente. Vásquez nos lanza una certeza poética sobre esta contradicción propia del mundo contemporáneo y se ancla en que es evidente que la vida está en todas partes, incluso en el agua.

Para el caso de esta exposición, la penumbra es un “material” importante dentro de su propuesta. Obliga la oscuridad a aguzar el oído y a utilizar otras herramientas corporales para afinar la percepción de lo que en el espacio está sucediendo. Hay una vasija redonda en el piso con extraños “peines” de cobre que reciben gotas de agua desde lo alto que al tocar algunos de los dientes del peine emiten un sonido. El dispositivo que deja caer las gotas del agua parece un poporo quimbaya con raíces. En su conjunto, estamos frente a unos instrumentos anacrónicos que tienen mucho de ancestral, pero también de futurista. Y puede ser esa condición la que mejor define el trabajo de Vásquez: la atemporalidad de sus obras que deja entrever en ellas el pasado y el futuro al mismo tiempo. En un mismo instante se enfrenta el espectador a una construcción de la cual hace parte y cuyos elementos le cuestionan su propia temporalidad. Como quien se para frente a los Cerros de Mavecure, aquella milenaria y extraña formación geológica en medio de los llanos del Guainía, y entiende que lo que está viendo sobrepasa su vida, la de sus abuelos y la de los más lejanos antepasados. Adicional a ello, se da uno cuenta de que continuarán vigilando las llanuras aún después de que la especie humana haya resuelto o sucumbido a su incompetencia para vivir sanamente en el planeta.

En el recorrido sonoro hay una suerte de altar donde bailan intercaladamente unas flautas enormes de vidrio, cobre y agua recogida de diversos puntos del río Bogotá, que juegan en una estructura de madera desde donde el espectador puede sentarse o recostarse y dejarse hipnotizar por el sonido que va emanando de ellas. “Recogen agua y sacan el aire y así sucesivamente van sonando cíclicamente. El sonido es similar al de los tambores tibetanos de sanación”, nos dice Leonel Vásquez mientras deja escapar la idea de que todo esto hace parte de un ritual con el río Bogotá, con sus sonidos y su magia. Si bien es un río que recibe cientos y miles de toneladas de desechos al año, este sigue siendo una fuente que nace impecable y que a cada paso que da por diferentes lugares del paisaje que va dibujando, se siente cómo va respirando. A veces con ahogo, a veces con dolor, pero siempre vivo y con ganas de llegar al Magdalena y luego al mar. Esa ruta poética del agua la tiene clavada en la cabeza Leonel Vásquez cuando se pregunta cuánto puede tardar una gota de agua en reciclarse o incluso en llegar desde el nacimiento del río Bogotá hasta el mar. Según nos relata, mil millones de años puede tardar una gota de agua en reciclarse en el mar. Es tanto el tiempo que envuelve, parecido al que se mencionaba de Mavecure, que nos hace revisar con cuidado la tierra que estamos pisando, las energías que surgen de las plantas, el aire, la naturaleza que nos rodea y la sabiduría casi eterna que los envuelve. La penumbra que atraviesa su obra, junto con aquellos objetos de cobre reciclado, juega una y otra vez a un tiempo cíclico que nos puede recordar aquel aforismo de Heráclito: “En el círculo se confunden el principio y el final”. Frente a los instrumentos anfibios de Vásquez y frente al agua y a los materiales reciclados que utiliza no hay mejor definición que saber que se está en un punto cíclico que en algunos miles o millones de años se retornará para volverlos a escuchar con otras aguas, pero en los mismos recipientes orgánicos, prehispánicos, ancestrales pero futuristas al mismo tiempo. En últimas, en aquel círculo descrito por Heráclito: el futuro será el pasado, y el pasado volverá al futuro, como poéticamente nos lo hacen escuchar las gotas de agua de un río que se resiste todos los días a la idea de no llegar al mar.

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Leonel Vásquez, por Andrés Gaitán T. | artnexus