José Antonio Hernández Diez (Caracas, 1964) es uno de los artistas con mejor posición y reconocimiento internacional en la generación posterior a los años ochenta en Venezuela y uno de los más importantes entre los creadores latinoamericanos de su tiempo. Quizá por ello, cuando se residenció fuera del país hace más de veinte años, se fue transformando en una figura emblemática, casi legendaria, por la fuerza y los contenidos de su obra y por su presencia en prestigiosos museos e instituciones internacionales. Se destaca por una inaudita capacidad para formular estrategias discursivas propias del arte contemporáneo, a través de la incorporación muy libre de diversos medios, materiales y tecnologías en la realización de proyectos que defienden consistentemente su postura crítica en torno a la violencia, la cultura de consumo, la relación entre la tecnología y el cuerpo, la marginalidad y la cultura vernácula, la banalidad, el ocio y la representación objetual dentro de las costumbres de la cultura de masas y el contexto político-social. La exposición “Llegando y mirando para atrás”, 1991/2023, con curaduría de Mariana Silva, tiene la importancia de mostrar dos trabajos históricamente significativos: o bien no presentados previamente en Venezuela, o muy poco conocidos por las generaciones actuales. Son obras de más de treinta años, pero que al ser reinstaladas se retroalimentan de pequeñas situaciones correspondientes a la problemática actual, y ello le asigna nuevos significados y modificaciones, tanto en su contenido como en su ejecución.
En esta exposición todo significa, y la selección de una sala alternativa, fuera de Caracas y de los circuitos reconocidos, revela mucho el comportamiento del artista de alejarse de los espacios tendenciales. En la sala de entrada se encuentra Que te rinda el día, que consiste en una serie de mordidas a gran escala, en las cuales el artista se centra en el concepto de la antropofagia. Esta serie fue comisionada por la Bienal de São Paulo de 1996 y nunca había sido exhibida en Venezuela. Presentada bajo una estética muy simple, con materiales industriales, la obra hace referencia al estudio realizado por Hernández Diez sobre la antropofagia. Se trata de una serie de paneles de fórmica de distintos colores de gran formato, mordidos en diferentes lugares y formas. La máquina original para ejecutar las mordidas de los paneles, se había extraviado en el taller hace muchos años y apareció, aunque siempre llevará el espíritu de los 90. Que te rinda el día fue en su momento una invitación de Mari Carmen Ramírez, curadora de la XXIII de la Bienal de São Paulo, y la mordida representaba las diferentes situaciones en que el acto de morder es a la vez violencia y señal de agrado, como, por ejemplo, las mordidas de un niño a otro en el colegio como una manera de demostrar propiedad sobre el otro. O, por ejemplo, la marca del artista sobre Donald Judd o Richard Artschwager, como apropiación de emblemas canónicos del minimalismo. Al reinsertar esa obra en los parámetros de la segunda década del siglo XX, el sentido de la mordida se extiende al patrón del acto de la retroalimentación y el acto de devorar en las redes de la inteligencia artificial. La segunda obra, Minamata (nombre del síndrome generado por la intoxicación de mercurio), es una videoinstalación con una enorme tijera adaptada a un motor que le permite estar siempre en movimiento. Formó parte de la exposición “Nuevas Cartografías y Cosmogonías”, de 1991, en la Galería de Arte Nacional, con la curaduría de Luis Ángel Duque. Acá se evidencian los problemas ambientales y la contaminación que cada día adquieren escalas de mayor gravedad. Minamata es el nombre dado al síndrome generado por la intoxicación de mercurio, un síndrome que en aquel momento comenzaba a presentarse en Venezuela producto de la contaminación de los ríos, especialmente el Caroní, con el mercurio utilizado para alcanzar mayor grado de pureza en el oro. Las imágenes proyectadas sobre el dispositivo contienen escenas que van desde simples rutinas ejecutadas con tijeras hasta imágenes dramáticas de personas afectadas por un trastorno. Lo interesante en este caso es que el problema de la extracción de metales preciosos en Venezuela adquiere en la actualidad una dimensión dramática que revela el talante pionero del artista en sus indagaciones.
Un aspecto interesante de estas dos obras es la manera como revelan el mecanismo de producción que Hernández Diez desarrolló desde los años noventa, que es la ejecución por equipos especializados. Son procedimientos un poco más distanciados que provienen del campo de la industria, donde el creador es, más bien, el diseñador del proyecto, y la realización es responsabilidad de un técnico que resuelve, en lo material, las ideas y los conceptos del artista. Con ello, despersonaliza la tradición manual en el arte. La exposición reafirma el compromiso político de Hernández Diez por indagar sobre los problemas que afectan el mundo contemporáneo y reflexionar sobre ellos, cuestionarlos y reconsiderar la problemática desde la creación artística.
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