Gestos mínimos son los movimientos de esta artista singular. Con un arte de características arcaica, desde sus primeras exposiciones en 1988 en la Galeria Macunaíma, en Funarte y en el Museu du Açude, percibe que la síntesis extrema de sus trabajos la llevan a requerir cuidados extras con el montaje de las obras de “levedad máxima” (1). Montaje que desde entonces siente la necesidad de hacer –“a solas”–, explorando particularidades, tipos de fondos y fuentes de luz para cada situación. Una de sus más importantes metodologías es la idealización y ejecución de sus exposiciones para hacerlas habitables, resultado del tiempo, la disciplina y la observación. Un punctum no espacio abierto, fluido, transitorio, contradictorio y vivo.
Las obras de Fernanda Gomes (1960) son así, por definición, un encuentro con la oblicuidad y el extrañamiento. “Enigmáticas visones”, según palabras de la artista. Presentaciones de “cosas”, más que objetos. Y la opción por lo blanco, la opacidad, el material crudo, tosco, desnudo. Pero siendo aún su exigencia permanecer en la mudez, intuimos a dónde nos lleva esa levedad máxima y profundización en lo raso. Otras, se parecen más a provocaciones, como cuando extiende en 1993 una línea extremadamente larga, para ocupar con una trama caótica la piscina vacía del palacete que abriga la Escola de Artes Visuais do Parque Lage. Escuela que con su glamur formó las generaciones de artistas de la vuelta a la pintura, el happening y el neo-dadá, o la llamada “generación ochenta”, a la cual ella definitivamente se opone, buscando, en su lugar, ser su antítesis.
En 1994, cuando debuta en la 22ª Bienal de São Paulo, cuyo tema era la explosión de la materia, encaja perfectamente con sus diáfanas abstracciones: estructuras tejidas con cabellos, con papeles de cigarros e, inclusive, algunas intervenciones realizadas in situ, extrayendo objetos de sus maletas como una maga, o modelando algunos relieves a partir de las imperfecciones de los paneles del evento, que llegaron a ser recortados y retirados al término de la exposición como decantaciones de esa vivencia única en tan importante evento. Tras el triunfo de conquistar la Bienal, Fernanda Gomes comienza a viajar, con una especie de atelier portátil. Expone en Nueva York, en “Selection Brazil” (Selección de Brasil), en el Drawing Center, y además integra muestras en Suiza y Berlín. Es invitada a la XIII Bienal de Estambul. Este lugar la inspira por la potencialidad de su Basílica, con la mayor cúpula sobre tambor, y el más elocuente sistema de iluminación mediante ventanas superiores, que conecta el mundo antiguo con la Edad Media. Su primera participación se consuma en una sala aparentemente vacía, con sutiles interferencias en la pared de las cuales no se sustrajo la transgresión en la anti-materialidad extrema que, además, marca uno de los cambios más importantes de su carrera. De aquí en adelante, la obras no serían aisladas, sino integradas al vacío, y en el interior del espacio expositivo que no necesariamente es un cubo blanco. Ese carácter de agregación del espacio la lleva a problematizar con conceptos como el site specific, que ahora parecía diluirse en una nueva dinámica: “La exposición es el momento concentrado en un movimiento continuo”, sentencia Gomes.
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