No sé en qué términos tomaría Felipe Ehrenberg que se hablara de su obra, su figura o su trayectoria en términos generales, disponiendo momentos y lucimientos de un machote que lo describa como precursor, visionario, transgresor, trashumante, adalid y vindicador de formas, causas, prácticas, términos, vehículos, resistencias y sometimientos. Seguramente levantaría la ceja ante el último de los sustantivos, pero se rendiría a la evidencia paradójica de los términos, sobre la subversión implícita en toda adecuación: decir y seguir diciendo, hacer y seguir haciendo, encontrando los huecos desde donde hacerlo, vinculando prácticas y usos, desde lo social, lo comunitario y lo político, para llevarlos a una realidad más allá de toda simulación, en la tentación de que el arte lo sea, en última instancia, como el en-lugar-de que se vive y transita, invocado como estadía en el tiempo.
En la conversación tenida con Guillermo Gómez Peña, recogida en el volumen que da cuenta de la exposición retrospectiva “Manchuria: visión periférica”, que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno en 2008, encuentro esta declaración que anuncia y denuncia un proceso y sus veleidades: “En lo que hoy andamos bien es en mimetismos, apropiaciones y plagios (yo adoro las coincidencias y los paralelismos. Y me fascinan las falsificaciones y la piratería). ¡Qué más quisiera que gozar la alegría del vuelo libre, todo el tiempo. El pedo es que andamos buscando o negando nuestra identidad mientras que relegamos toda la creatividad del México subyugado –incluyendo los refronterizados– al territorio de las artesanías, el de las costumbres pintorescas ‘que hay que rescatar’ o como meros gestos de resistencia al american güeyoflaif”1.
Es a partir de estas palabras, tan floridas, que he pensado cambiar alguna con un sinónimo menos altisonante, dadas algunas solemnidades y algunos atavismos y maneras, como acto reflejo del que me deshago casi de inmediato. Puede verse que también incluye uno que otro neologismo, dado a ellos todos el tiempo, en su proclividad en tanto neólogo para adaptar códigos y lenguajes a la inmediatez del entorno, actualizándolo con vocación kamikaze, dejando fe –dentro de lo posible– de los momentos de un transcurrir incansable en el que iba subido con tantos más que, ahora, a lo largo de los últimos años, han encontrado –a pesar de sí mismos– un reconocimiento como figuras de avanzada de lo que ha terminado por convertirse en la escena contemporánea, saltándose trancas, invadiendo lo multinacional, tramando redes y vinculaciones cósmicas, imponiéndose a lo hegemónico. He podido verlo anunciando –de nueva cuenta– los puentes y dispositivos que hicieron posible esta exposición que lo declara –de entrada– como popular, en el juego que hay entre los sentidos que se le pueden dar a este término, imponiéndose –siempre– como revés de lo hegemónico.
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