Exposición Individualjun 2024 - nov 2024· Por Érika Martínez Cuervo

Carlos Alfonso

Galería Casas Riegner

El proyecto de Carlos Alfonso (Popayán, 1986) congregó una serie de símbolos que reanimaron la conexión de todas las especies con la madre tierra, con el bello y desconocido entramado de lo subterráneo, de donde emerge pura vida. El altar operó como signo eje de la propuesta, y el espacio de la galería se transformó en un lugar dispuesto para el ritual: para la realización de actos ceremoniales en torno a materialidades y utensilios ancestrales que aún son parte fundamental de nuestra existencia. En palabras del artista, “el altar alza algo que viene de abajo, posibilita una transición de lo mundano a lo sagrado. Levanta fuerzas invisibles”; y justo fueron las activaciones con el público las que dieron sentido a la premisa del artista, encuentros en los que la cocción de alimentos y su consumo en comunidad revitalizaron la acción de compartir, el intercambio de la palabra (su bella oralidad) y el valor fundamental de cada uno de los objetos que constituían la exposición como un universo creado para revolcarnos el ser interior. Todas las paredes pintadas en “color azafranado, evocador de la tierra quemada” –como lo cita la curadora Paula Bossa en el texto de la muestra– abrazaron las obras y contuvieron las ceremonias que acontecieron en el espacio.

La instalación central, Cocina de tierras (2023), hecha en baldosas de tierra proveniente de diferentes geografías del país, configuró una forma elíptica que encerraba la puesta en escena que el artista creó cuidadosamente como la escenificación de una “naturaleza muerta” (stilleven, cosas en reposo, objetos inmóviles): vasijas de barro, cucharas de palo, rocas y, en general, utensilios diversos recibieron los alimentos cocinados y consumidos en medio de conversaciones, en las que de manera inevitable las ideas sobre lo cultural, la identidad, el origen de los alimentos, la presencia trascendental de las comunidades indígenas, la variedad de especies animales y vegetales, la protección de los territorios, el carácter devorador del capitalismo y la necesidad urgente de generar una ética del cuidado potenciaron el espíritu ritualista de este proyecto antropológico-artístico. “La investigación que está detrás de esta propuesta es experiencial, cobra significado, justamente, por las vivencias en varios territorios de Colombia, por los ejercicios de observación e intercambios de saberes y habilidades, por la capacidad de escuchar a los otros y, sobre todo, por el hacer con los materiales. Pienso en el arte como algo vivo que convoca para la transformación”, expresa Alfonso sobre su práctica.

La obra pictórica fue otro componente que potenció la metáfora del altar; imágenes hechas en óleo y acrílico sobre madera operaron como íconos contenedores de valor sagrado: cada imagen aludía a “fuerzas invisibles y sobrenaturales” y a las sabidurías de otros tiempos. Con un destacado trabajo cromático, Carlos Alfonso confabuló con figuras de alimentos, deidades, presencias mitológicas, signos que representan el cosmos, especies vegetales y animales, utensilios y partes del cuerpo humano, para crear unos “documentos visuales” en los que pintura y escritura revelan los significados de creencias y rituales populares que aún tienen vigencia en nuestra cultura; son imágenes vivas, “supervivientes” (en términos de Aby Warburg). Estas pinturas son “tablas de imágenes” donde estalla la imaginación, su poder de conocimiento, su –bella y necesaria– pugna con la razón. La puesta sobre la mesa y la puesta en la pared, en un intento por ver el mundo como una constelación: “todo está interconectado” (C. Alfonso).

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Carlos Alfonso, por Érika Martínez Cuervo | artnexus