A veces parece que todo lo ha dicho –que todo ya lo ha hecho– Álvaro Barrios. Sus grabados populares, sus dibujos y cajas pop nouveau, sus series de San Sebastián, su Museo Duchamp de arte malo y su icónica versión caribe-queer de Rrose Sélavy –entre otros muchos homenajes al artista francés–, y sus viñetas de cómic trasladadas al lienzo, que lo han ocupado al menos en las dos últimas décadas, parecen constituir su mayor legado.
Sin embargo, Barrios, quien lleva casi sesenta años de trabajo ininterrumpido, no deja de reservarnos agradables sorpresas. En esta última exposición en la Galería El Museo, emprende una nueva aventura hacia el pasado, revisitando el arte de los años 70 y proyectándolo hacia el presente. Se podría pensar que estaría dedicada a sus cuentos de hadas sobre el mercado del arte, pero la sorpresa –al menos para quien escribe esto– fue mayúscula al ver cómo retomaba su picardía y su brío en una exposición muy sintonizada con el arte colombiano de hoy, a lo que sin duda contribuyó a su espíritu el joven curador de la muestra, Elías Doria.
Lo primero que el visitante encontraba era una revisión de la icónica Colombia (1975) de Antonio Caro, pintada por el propio Barrios en los mismos colores, tipografía, y con mínimas diferencias del original. Esta nueva versión de una obra leída y releída hasta el cansancio no dejaba de ser desconcertante, obviamente por la decisión del propio Barrios de realizar una copia (casi) idéntica al original. Cuando le pregunté por el motivo de hacer literalmente “un Antonio Caro”, me respondió tranquilamente: “No es un Antonio Caro, es un Álvaro Barrios”.
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