La primera exposición de Alexandre Arrechea en un museo de Los Ángeles marca una aglutinación de experiencias personales y profesionales acumuladas por el artista a lo largo de más de treinta años de carrera. Aunada en cuatro salas en el Museum of Latin American Art y organizada por la curadora jefe Gabriela Urtiaga, “Intersected Horizons” (Horizontes cruzados) muestra esculturas, acuarelas, instalaciones y videos. La exposición propone una nueva visión, concebida como un gran bosque en el que el visitante, a medida que se adentra en él, en vez de árboles encuentra una diversidad de obras agrupadas según la relación que puedan tener a partir de conceptos de tiempo, del espacio habitable, y situaciones que de una u otra forma han marcado el desarrollo artístico de Arrechea.
La idea del bosque proviene de recuerdos infantiles en Trinidad (Cuba), su ciudad natal. Arrechea tenía 11 años cuando su tío lo llevó al bosque por primera vez. En un momento dado, el tío le pidió que esperara allí en medio de los árboles mientras él se alejaba en busca de algo. Al saberse solo, circundado por árboles y silencio, empezó a sentir una angustia que se acrecentaba a medida que los minutos pasaban y la ausencia de su tío se hacía más notoria. Más tarde, esta experiencia lo hizo entender, por un lado, lo que significa estar solo consigo mismo y, por el otro, la bondad de la naturaleza y la protección que puede ofrecer. En otra ocasión su padre lo llevó a la central azucarera donde trabajaba como tornero. Ver las grandes máquinas utilizada en el proceso del azúcar y las vastas extensiones de terrenos arados le causaron una impresión muy fuerte. Estas experiencias infantiles permanecieron en el inconsciente de Arrechea y sucesivamente fueron parte del fundamento de su carrera artística. Cabe mencionar que, en sus inicios, Arrechea formó parte del colectivo Los Carpinteros, cuyo nombre les fue dado por sus compañeros de escuela porque los veían cargando madera. Poco sabían que los recientemente egresados del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana no tenían medios económicos para comprar materiales. Los inicios de su carrera coincidieron con el Periodo Especial, momento que se caracterizó por la aguda escasez de todo tipo de productos. Dagoberto Rodríguez, Marco Castillo y Arrechea encontraron la solución a este dilema en la madera que podían recolectar en las afueras de la ciudad. Entre las piezas icónicas de esa época se encuentra Flying Pigeon (Paloma voladora), de 1998, hoy en la colección del ASU Art Museum en Tempe (Arizona).
Las referencias a la naturaleza empiezan en la sala principal, donde una estructura baja y de color blanco se asemeja a un campo arado y continúan en las otras salas, igualmente impactantes. De entre los surcos salen varias obras que fueron concebidas para espacios públicos, entre ellas, algunos edificios icónicos de Nueva York presentados en el Park Avenue Project (Proyecto Park Avenue), en el 2013, Katrina Chairs (Sillas Katrina), que hizo su aparición como un grupo de cuatro sillas de 15 metros de altura cada una, en el Coachella Valley Music and Arts Festival, en el 2016, y Orange Functional (Naranja Funcional), en el 2022, que parece un árbol, donde las ramas terminan en canastas de baloncesto. Este último es una edición y se encuentra en varias ciudades de Estados Unidos y Canadá. La arquitectura, otro interés de Arrechea desde bastante joven, se suma para mostrar este campo arado como un espacio de flexibilidad diseñado en cierto modo para la coexistencia de las obras que generan, a partir de este contexto, otras posibilidades y oportunidades. En el centro está colocado un video con dos pantallas en esquina, en el cual se ve a Arrechea al acecho de otra persona que resulta ser él mismo. Esta escena podría interpretarse como la lucha interna que el artista pueda tener consigo mismo, pero también como el eje creador alrededor del cual giran todas estas obras que han ido naciendo con el tiempo y que en esta instalación encuentran un territorio común.
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