“Una serie de retratos de Yishai Jusidman pintados por Yishai Jusidman (…) Sin embargo, estas pinturas no son sobre Yishai Jusidman”. Tomada de la cédula introductoria a la muestra sugestivamente llamada “Entrevista”, esta afirmación parece intentar explicarnos de la manera más directa posible lo que estamos por ver; detenido un momento del tiempo, la insinuación sobre el potencial con el que el más reciente proyecto pictórico de Jusidman se afianza con determinada lucidez en/desde uno de los más “grandes” géneros del arte, el mundo del retrato y el autorretrato.
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Articuladas como potenciales jugadas de ajedrez, las treinta pinturas de diversas dimensiones (en óleo, acrílico y lápices de color sobre lino, creadas entre 2014 y 2021) de Yishai Jusidman –uno de los artistas mexicanos cuyo cuerpo de obra ha mantenido una solidez discretamente avasallante desde sus inicios en la escena del arte contemporáneo– esperan en grupo a ser interpeladas en su singularidad, conformando un juego de relaciones y movimientos tanto físicos como mnemónicos. Así que el silente espacio que conjuntan entre sus vistas, nos permite intuir que en la observación minuciosa de cada obra habita el eco del sonido de cada color-en-dimensión.
Dispuestas entre cuatro salas longitudinales casi formando una cruz, cuyo centro ha sido ligeramente desplazado, la muestra integra cuanto interroga al género del autorretrato como si desplazándose de un centro predecible, como si espacialmente predeterminado (en reverbero de la planta museográfica), desplazando el entrecruzamiento entre verdad y ficción, representación y abstracción, entre lo que vemos y lo que nos mira (Didi-Huberman).
Pues sucede que dos de las cuatro salas de la planta casi cruciforme están habitadas por quince autorretratos “figurativos”, y en las otras dos salas (como en contraparte), otras quince pinturas “no figurativas” se desplantan como traducciones formales nacidas de un componente/reto pictórico esencial: la bidimensionalidad y la insistencia en transgredirla. Las obras nos seducen una a una, poniendo en juego ejercicios de memoria (auto)referencia, reciprocidad, reverberación, continuidad, (ir)repetibilidad, unicidad.
El recorrido de la exposición inicia con los autorretratos de impecable técnica pictórica de Jusidman mirando de frente al espectador; la mayoría muestran el cuerpo en ¾, otros son cortes a medio cuerpo, y un close-up concentrado solamente en su rostro. Pintados a partir de autorretratos fotográficos (en escala cercana a la original), caminamos entre ellos buscando las más ligeras diferencias en la mirada, en la postura corporal, cualquier mínima variable que podamos identificar para penetrar lo impenetrable, para asir lo indescriptible, para extraviar un camino, o reavivar una memoria.
Las obras “abstractas” están compuestas por un ensamble de recuadrados en colores diversos, dimensiones y composiciones semejantes sobre fondos blancos. Destinaciones cromáticas afables que se suceden de un lienzo a otro con un carácter extrañamente conspicuo. Sobre la intención de este proyecto pictórico, se ha dicho que Jusidman buscaba revertir el protagonismo del artista en la articulación del significado de la obra. Es decir, los autorretratos “realistas” parecen conferirnos pistas derivables, que gestan un estado de anticipación en el espectador, como si fueran monólogos de una narrativa íntima, confiriendo a la primera parte del recorrido una secuencia de estrategias pictóricas que suponen ir sumando en capas la “realidad”, o en su lugar, la “semejanza” del sujeto retratado, ofreciendo al espectador un grado de detalle y nivel de inscripción pictórica que, de tan preciso, enmudece.
Por su parte, las siguientes dos salas adiestran la mirada en un sentido revertido. No se buscan más los detalles, la expresión del rostro, sino la conversión del cuerpo autorretratado en su materia prima más elemental. Encaminando las relaciones de acuerdo a la proporción de sus dimensiones, y un equilibrado lenguaje de colores y disposiciones “matéricas”. Recuperando el título de la muestra –“Entrevista”– es posible afirmar que estos otros quince cuadros (cuyo apelativo incluye en cada caso el prefijo bis-) con los que nos enfrentan artista y curador son las pausas, los latidos, la respiración, el silencioso cuestionamiento de la visión, la conformación de formas geométricas y la búsqueda de una “neutralidad interpretativa”.
Es por ello que la curaduría y museografía de las cuatro salas que componen esta exposición son clave en la comprensión de la lógica de interacción entre cada autorretrato (“convencional, realista”) y la develación pictórica que le acompaña (“abstracta, no figurativa”). Pero, a pesar de saber que en el proceso creativo los autorretratos del artista funcionan como origen de los “autorretratos-bis-”, queda dentro de quien los observa una especie de insistencia que le hace regresar a los autorretratos no convencionales, en busca de algo. Como si Jusidman pusiera a prueba los presupuestos historiográficos sobre lo que constituye un autorretrato pictórico; cuestionando también nuestra mirada. ¿Qué resta en los lienzos cuyas combinaciones pictóricas entre recuadros de color han desaparecido los rasgos del artista? ¿Qué es lo que resta de los trazos, autorretratos conferidos de presencia, y los recuadros tonales cuya abstracción confirma las intraconexiones? ¿En cuál, entre los dos “grupos” de obras, reside –en huella– el otro?
Es ese desplazamiento el que nos instiga entre las obras buscando referentes, pistas, registros-compuestos entre los quince autorretratos figurativos cuya integralidad se cifra en función del apareamiento con las otras quince obras en las que la imagen del artista deviene “invisible”, quizá escondida dentro de los recuadros en color que disponen sus volúmenes marcados en sintonía con cada autorretrato. Siendo precisamente la disposición de los bloques de color las huellas que enlazan los autorretratos descriptivos con sus contrapartes crómicas abstractas.
Jacques Derrida escribió sobre “la huella” como lo que resta del resto: “Huella destinada, como cualquiera, a desaparecer por sí misma, tanto para extraviar el camino como para reavivar una memoria”. Y en la interrogación sobre el decir de esa “huella destinada” se nos ofrece una dimensión casi fuera del tiempo para dar lugar a cada equivalencia reconocida y relación memorizada.
MARCELA QUIROZ LUNA
