Justo cuando nuestra emergencia climática exige acción, la exposición de Tomás Saraceno en Serpentine pide compromiso. Junto a la entrada está disponible un manifiesto para aquellos que se comprometen de lleno con el uso de la bicicleta1. Pedalear una bicicleta estática genera la energía que envía la grabación a un audífono, en una transacción inmediata. No admite compromiso: cualquier pausa interrumpiría el audio y habría que empezar de nuevo. Dentro de la galería, se invita a todas las personas a que renuncien a sus teléfonos durante la visita. Lejos de la atención, el ejercicio se trata de tomar conciencia, llamar la atención hacia nuestra implicación individual en la explotación del litio, que, sucede, la mayoría de nosotros tenemos en los bolsillos.

Estas exhortaciones al compromiso son también los dos rasgos de la exposición que más resaltan las diferencias geopolíticas. Aunque la crisis ambiental es global, las consecuencias golpean mucho más duro a aquellos que a través de la historia han sufrido a causa de la explotación colonial, que el término Global South (Sur global) tiene en cuenta. Apoyándose en esta terminología, Web(s) of Life [La(s) red(es) de la vida] descompone la interrelación de causa y efecto que atraviesa un mapamundi: por ejemplo: el consumo de litio en Alemania les quita agua a los pueblos indígenas de Argentina. Un video de una hora del proyecto de larga data de Saraceno titulado Aeroceno explica más adelante en la exposición que el desierto y las minas de sal que se encuentran a través de la región andina concentran una de las reservas más grandes del metal, y cómo su extracción consume agua en exceso. La exposición resultante habla del Sur global y del Norte con una franqueza que es rara, instando sin rodeos a que seamos responsables y actuemos para hacerles frente a los desequilibrios de esta lucha planetaria. En el manifiesto se trata también el tema de cómo el círculo vicioso de la inequidad es a la vez estructurado e impactado, y cómo los cambios menores no son suficientes: “las relaciones deben volverse más equitativas”, dice el teórico maliense Manthia Diawara, si nos comprometemos a escuchar.
La energía consumida para hacer funcionar la exposición está programada para variar según el clima. Dependiendo de cuánto tenga el cielo para dar, también lo hará la exposición. Con suficiente tecnología disponible para sistemas más avanzados de energía sostenible, la decisión de mantener esta transacción directa e inmediata parece simbólica. Reitera la adaptabilidad y la dependencia, bajando el consumo e intensificando la conexión entre lo que está dentro de la galería y su medio ambiente: el parque en el que está, la ciudad, la atmósfera, el planeta, el Sol.
En unas cuantas salas se exhiben agrupaciones de telarañas con variadas texturas y diseños. En la primera, una maraña de redes sigue la forma cúbica de una vitrina, pero ningún vidrio las separa de los visitantes. Cuando uno entra en forma abrupta en el espacio, respira o exclama algo sorprendido, los delicados filamentos vibran. Están a un toque de destruirse.
El brillo y la sofisticación de las redes nos llevan a debatir si sería más sorprendente saber que Saraceno fue capaz de imitar la naturaleza con tanta destreza o afrontar que el arte de esa obra se reduce a las arañas. Las arañas son, en efecto, las estrellas de la exposición. Los visitantes sabrán después cómo los variados diseños reflejan diferencias en la conducta de estas cuando son afectadas por un parásito, planteando paralelos sobre la brutalidad y la sofisticación de “un encuentro en el que un organismo se beneficia a expensas de otro”.
Las telarañas se exhiben en una evocadora sala oscura con ramas secas, como en un museo de historia natural. Más allá, un confesionario que constituye la parte más humorística de la serie relacionada con las arañas lleva en sí su estilo y estética particulares de los muebles de época, pero de un tiempo y lugar cuyo vínculo con el proyecto no es evidente. Réplicas de arañas a gran escala colocadas en la parte superior se sienten demasiado literales, haciendo el ambiente todavía más confuso.
Las obras expuestas están conectadas por el hilo conductor de tratar temas ambientales y por un interés por formas de existencia más allá de lo centrado en el ser humano. Incorporan ideas sólidas relacionadas con la crisis medioambiental que tanta gente como sea posible debería enfrentar, conocer y asimilar. Sin embargo, la exposición parece más sólida, por cuanto habla sobre cómo lo hace, como si favoreciera la ética en detrimento de la estética. Quizás sea una competencia injusta, dado el apremio del tema. Sin embargo, cabe señalar que la estética está más allá de lo hermoso o, incluso, de lo visual. Se trata de la experiencia subjetiva. Más allá de lo que es, se trata de cómo se expresan las cosas y las experiencias y, en el fondo, cómo se perciben.
En la última sala, pequeños lienzos son esculturas corrientes a gran escala que combinan rasgos caricaturescos y colores. La experiencia estética de esta sala, que se abre al parque, no está a la altura del sorprendente encuentro con las telarañas. Se siente insignificante; quizás la combinación de cafés y naranjas es poco atrayente. Así como me digo a mí misma que esta sala no es precisamente para mí, me doy cuenta de que esta sala, en verdad, no es para nosotros, los humanos.
Estas obras están diseñadas para la interacción de varias otras especies que habitan en el parque. Estilizados módulos unidos unos a otros como piezas de Lego incluyen algo para que las ardillas trepen, pequeñas casas bien en lo alto para que las aves aniden, lugares para que los perros se refugien. Todo ello fue desarrollado en colaboración con especialistas en vida silvestre, junto con la experticia del artista. ¡Cómo me atrevo a pensar que todo se trataría de mi experiencia humana! No es un mal momento para recordar el llamado del manifiesto a una “imaginación política”. Como las obras expuestas se hicieron por y para otras especies, a lo mejor están buscando experiencias subjetivas en ellas. Y qué sé yo sobre lo que hace que sus corazones palpiten más rápido.
NOTA
1. Los visitantes que no pueden impulsar una bicicleta disponen de acceso alternativo a la exhibición.
*Foto por Studio Tomás Saraceno.
CECÍLIA VILELA

