El pasado 23 de mayo se inauguró en los locales de la Maison de l’Amérique latine en París la exposición “L’Outreligne” (Más allá de la línea), curada por Christine Frérot. La muestra reúne de forma inédita a los maestros Milton Becerra y Pancho Quilici, en un recorrido por sus trayectorias.
Lo primero que a priori reúne a estos dos artistas es, evidentemente, su biografía: la nacionalidad (venezolana), la generación (nacidos en los años 1950), la elección de París desde los años 1980. Pero fuera de dichos datos objetivos, ¿qué los liga? “La línea”, responde Christine Frérot.

El universo de Quilici nos lleva a una experiencia en la que el propio dibujo reta la bidimensionalidad del papel. Sus bases de arquitectura y diseño han permeado, a lo largo de los años, siendo suya una impecable técnica de dibujo a mano alzada. El lápiz de grafito es la herramienta, humilde por excelencia, que materializa sus paisajes extraordinarios, tan fundamentados en conocimientos científicos como libres en su interpretación imaginada. La obra de Becerra está, en cambio, intrínsecamente conectada a nuestra tierra, a nuestro tiempo. En primer lugar, porque ocupa nuestra dimensión: instalaciones, esculturas, tejidos, bajorrelieves, interactúan con nuestros sentidos. Las fibras vegetales, cera, gemas, plumas y pieles que usa exhortan los instintos primeros del ser humano. Íntimamente anclada en el corazón de sus raíces americanas, evoca el viento de sus valles, el agua de sus montañas, el magma de los volcanes y esa tierra donde se ha nutrido la selva amazónica. El arte de Becerra es más textura que forma, más olor que color.
A primera vista, pues, quizás las correspondencias no eran tan evidentes. Ellos mismos, en la entrevista que les hizo Jordi Batallé en RFI, admiten que no tenían tan claras las correspondencias. “Pero a medida en que íbamos desarrollando el proyecto”, expresa Quilici, “fuimos comprendiendo todo lo que había en común”.
La primera sala de la exposición tiene el aspecto de ese manifiesto: colgando del techo, se despliegan extrañas hamacas, telarañas o nidos improbables tejidos con fibras de lino. Cada uno sostiene delicadamente una piedra, a diferentes alturas, y de ellos surgen líneas blancas dibujadas en las paredes, para luego transformarse en una representación geométrica: así, los nidos se vuelven conexiones energéticas espaciales, mientras las rocas se transforman en agujeros negros. Allí obró la magia: Becerra y Quilici, juntos, a cuarenta años de haber llegado a Francia por rumbos distintos, dándose cuenta de las correspondencias de sus obras, en ese diálogo maravilloso que ya les preexistía y que solo se estaba, entonces, materializando bajo el ojo cómplice de Christine Frérot. Una obra a cuatro manos, efímera: un brindis a la salud del virtuoso encuentro.
La exposición prosigue en las galerías del sótano, con una sala dedicada a Quilici: el Tuneloscope (2023), especie de serpiente de acero, acrílico transparente y espejo de tres metros de largo, invita a adentrarse en un mundo de geometrías donde el ojo humano se pierde en un sinfín de ilusiones. Le grand plongeon (El gran chapuzón, 2022-2023), doce dibujos de grafito y pastel sobre papel, mide 400 x 210 cm. Un vórtice acuático, hoyos negros, fisuras tectónicas, líneas en constelaciones, se entremezclan en una vibrante composición de tonos grises. En una sala adyacente, vienen las series Errances y Dérives (Errantes y derivas, 2017), así como sus esculturas de acrílico transparente; y luego otras obras magnas como Multiplicité continue (Multiplicidad continua, 2013), Transition (Transición, 2017). Sus líneas inquietas parecen registrar los movimientos del espacio, sismógrafos o electrocardiogramas de mundos íntimos; fractales que unen lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño en un ritmo cósmico imparable. Aparecen ruinas de civilizaciones pasadas, a la vez que se adivinan presencias extraterrestres. Sin embargo, ninguna figura humana ni animal, ni siquiera rastro de vegetación. Solo, de repente, letras como grabadas en piedra, números misteriosos en puntos constelados, y mensajes del artista, en letra pequeña: “conflit d’ubicuité” (conflicto de intereses), “suivre” (seguir), como invitaciones a descifrar, tanto las obras en sí como los “mensajes ocultos” que contienen: el artista nos transforma, pues, en arqueólogos o astrónomos de sus mundos.
De Quilici, las obras presentadas abarcan los veinte últimos años; mientras que Becerra muestra aquí un abanico más amplio. La obra más antigua de la exposición, su Hexagonometría, fue realizada en 1972; y funge como una suerte de premonición, o de confirmación, para la presente muestra. Reina, una instalación tejida, retoma ese entramado: una escultura hecha de varias capas de malla de fibras de lino en suspensión, dibujando, en negativo (casi en vacío) el perfil de un rostro. Mientras en esta pieza la herencia del cinetismo es evidente, las esculturas-instalaciones se hacen más cercanas a la estética de Arte Povera, y apelan a mensajes potentes: los objetos rituales que nos infunden energía, como Cetro de poder, de 1988; el valor de lo roto y de la historia (Pentagrama, 1993), la crítica al capitalismo como fuente de la devaluación de las monedas [Râpe de monnaie (Rallador de monedas, 1992)].
Milton Becerra culmina la exposición con una obra monumental realizada in situ: Irradiation d’énergie (Irradiación de energía). En medio de una sala de amplias dimensiones pintada de azul profundo, se desprende a la vista un cuarzo selenita blanco, monumental en su simpleza de piedra bruta, sostenido en el aire por una miríada de hilos de nailon de colores francos (amarillo, anaranjado, verde, celeste). Una joya de la exposición: la piedra parece irradiar su energía, y su luz, difractarse en esas incontables líneas de color.
L’Outreligne, neologismo firmado por la curadora, que podría traducirse como “más allá de la línea”. Y en efecto, más allá de la línea existe algo. Las líneas conectan, abarcan, interactúan y siguen actuando en el mundo tangible, el nuestro, recordando que todo es luz y vibración, y que todos estamos conectados a todo. Quilici, Becerra, ambos, a su manera, guardan parte del secreto y, dentro de la simplicidad de cada línea, conocen el poder.
CHRISTINA CHIROUZE MONTENEGRO
