La muestra de cámara “La monarca”, en sala 2 de galería Ruth Benzacar, volvió a evocar el talento y la audacia de Mildred Burton, creadora de un mundo artístico de leyenda y libertad. La artista acudió a distintos géneros, técnicas y estilos según sus necesidades expresivas, con una imaginería fantástica y detalles salvajes, sagaces asociaciones y ocasionales apropiaciones. Esta exposición es también una inmejorable excusa para escribir, en esta reseña, acerca de la artista y su obra, que es poco conocida fuera de Argentina.
Se estima que Burton efectuó por lo menos quinientas muestras individuales y colectivas. En Buenos Aires se realizaron varias individuales póstumas, además de estar presente en exposiciones colectivas vinculadas con el surrealismo, no menos por las experiencias y situaciones absurdas de los protagonistas de sus múltiples trabajos. Sin embargo, ella no quería ser encasillada, no aceptaba que la tachen de surrealista.

Burton puede ser considerada como una artista “creadora de mitos”, al decir de Marta Traba (1923-1983). La recordada crítica argentina-colombiana creía en el artista como alguien capaz de percibir lo excepcional en lo cotidiano, de sentir la magia del sol al amanecer y descubrir lo funesto a su alrededor. Precisamente, muchas de las imágenes que Burton concibió surgen de su extrema sensibilidad –siguiendo un camino que la llevó a reflejar enigmas descubiertos en las exuberantes flora y fauna de su lugar de nacimiento (la mesopotámica provincia de Entre Ríos)– y del profundo mar de su impetuosa imaginación.
Existen al menos cinco fechas para el nacimiento de Mildred Ethel Azcoaga Burton en Paraná, entre 1923 y 1942; sí es cierto que falleció en Buenos Aires en 2008, dejando una prolífera y cautivante obra, que, sobre todo, siempre sorprende por su imperecedero misterio. Pero los que la conocieron bien creen que quizás hay que considerar su vida como su mejor obra de arte. Precisamente, gran parte de su trabajo está basado en retazos de su historia verdadera o inventada.
Lo real maravilloso se halla, mayormente, en su obra de apariencia tan sosegada como revulsiva; delicada y siniestra, como bien puede observarse en los dibujos y óleos, presentados en Benzacar con un texto de María Gainza, junto con la proyección de un compilado de cuatro entrevistas a la artista hechas por la directora de teatro Analía Couceyro en 2002, para componer un capítulo del ciclo Biodramas que representaba la historia de una persona viva transformada en material dramático. Faltaban sólo unos años para su muerte cuando, locuaz y seductora, con ojos centellantes y actitud performática contó aspectos de su vida que interesan aún más porque su relato existencial se halla íntimamente ligado a su inclasificable obra. La directora teatral no hubo de añadir mucho, la narración de la histriónica artista fue lo suficientemente conmovedora.
Su humor corrosivo, pericia técnica e inagotable invención, a veces con detalles de cierta perversión, iluminaron trabajos representados por personas de su entorno (su abuela fue blanco de su ira), notorios personajes públicos, pequeños objetos que cobran vida, leyendas folklóricas, rasgos europeos de sus ancestros, diseños de pueblos originarios, serpientes y dinosaurios, motos con atributos humanos, animales de apariencia tan feroz como alterada, formas antropomórficas con cara de bellota y raíces como pies, como un dibujo sin título y sin fecha acá desplegado. Pero no todo es delirio en Burton, las obras de tinte político y contra la violencia de género evidencian una mente alerta conectada con las peripecias políticas y sociales de Argentina. Por caso, las pinturas de la serie La familia del torturador, realizada en los años setenta en tiempos de la muerte del general Perón, son estremecedoras por los siniestros detalles que ostentan, como la falange cortada que luce en su cuello, a modo de dije, la formal señora de La madre del torturador.
En la muestra pueden verse alguno de sus juegos verbales, a los que recurría con asiduidad, como en el óleo Corrientes Langosta, de 1985. Su título quizá remita al tango Corrientes angosta, avenida central de Buenos Aires que era estrecha y fue ensanchada en los años 30 del siglo pasado. Angosto es el retrato de la innominada y orgullosa señora atrapada en los ladrillos de ¿aquella demolición?
El conjunto con manzanas en primer plano, acá exhibido, como el acrílico Levitación (manzana verde), de 1982, o el óleo Jaime Cosme atisbando en la misteriosa fonda, de 2001, escenifican las metamorfosis que suelen sufrir en su obra desproporcionadas frutas, verduras, panes, que sobrevuelan y pasean por insólitos paisajes y sorprendentes arquitecturas protagonizando, en algunas instancias, invasiones, suicidios, fusilamientos.
La locomotora echando humo elevándose y saliendo de la página de un libro abierto, que reposa sobre una mesa con mantel, es apenas un pequeño ejemplo de la capacidad de la artista de representar y lograr armonía entre lo real y lo prodigioso. Las imágenes de niños que parecen de porcelana no escapan a los opuestos que le gusta y sabe presentar. Tan inocentes como sombríos, los niños a veces tienen también la mirada torva, vacía, como se observa en la técnica mixta Narcilindo Baby Doll. Nadie ni nada escapa al sarcasmo, a los sentimientos contradictorios, al gracioso ingenio de esta artista que incursionó en el canto y la performance, que se reinventó todas las veces que sentió que era necesario. Burton sigue interesando porque el sentido de la mayoría de sus obras no parece agotarse.
VICTORIA VERLICHAK
