La metáfora en el arte de la metamodernidad

Teresa Margolles. ¿De qué otra cosa podríamos hablar?, 2009. Acción de limpiar el suelo con agua mezclada con fluidos. Pabellón de México en la 53a Bienal de Venecia. © Teresa Margolles.

Monografíadic 2023 - may 2024· Por Elena Oliveras

La metáfora en el arte de la metamodernidad

El término metamodernidad refiere a un estar “en el medio”, entre la modernidad y la posmodernidad, entre el rechazo a la Verdad (con mayúscula) propio de la posmodernidad y el retorno de la utopía moderna bajo la forma de microutopías. Se trata de una búsqueda moderada de un mundo mejor, diferente del optimismo de la gran utopía moderna.

Toda obra de arte es metafórica, por cuanto produce imágenes que guardan una relación de semejanza con aspectos del mundo en el que surge. Siendo el “mundo” algo muy difícil de aprehender, la importancia del arte, a través de la metáfora, es enorme.

Antes de entrar en nuestro tema, es importante saber cuál es el nombre de nuestra época, ya que decir “contemporáneo” es poco decir. Toda época tuvo “su” contemporáneo.

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Marta Minujín. Partenón de libros prohibidos, 2015. Instalación. Medidas variables. Vista de documenta fourteen, Kassel. Foto: Mathias Voelzke.

Ni moderna ni posmoderna, nuestra época se define por un in-between entre ambas. A esta situación pendular alude el término metamodernidad, acuñado por los teóricos holandeses Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker.

Meta no indica un más allá, sino que remite al concepto de metaxis platónica. Cuando, en El banquete, Sócrates le pregunta a Diotima de Mantinea qué es Eros, ella responde que no es mortal ni inmortal, sino algo que está “en el medio” (metaxis), entre lo divino y lo mortal.

Del mismo modo, el término metamodernidad refiere a un estar “en el medio”, entre la modernidad y la posmodernidad, entre el rechazo a la Verdad (con mayúscula) propio de la posmodernidad y el retorno de la utopía moderna bajo la forma de microutopías. Se trata de una búsqueda moderada de un mundo mejor, diferente del optimismo de la gran utopía moderna.

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Delcy Morelos. El lugar del alma, 2022. Instalación. Tierra porteña, pastos de la zona de Cañuelas, turba del sur, mezcla de canela, café y clavo. Medidas variables. Vista de la exposición “El lugar del alma” en el Museo Moderno, Buenos Aires, Argentina. Cortesía Museo Moderno, Buenos Aires, Argentina.

Metáforas de la violencia

No es de extrañar que, en el panorama del arte contemporáneo, exista un predominio de las metáforas de la violencia o de la crisis ecológica. En respuesta a las condiciones indeseables del mundo de hoy, algunos artistas las muestran con toda crudeza, mientras que otros responden con imágenes de resiliencia o vislumbran microutopías.

Nuestro mundo globalizado se define por la violencia antihumana. Entre los ejemplos más aterradores de violencia encontramos a Marsias, el atrevido sátiro que sufre la venganza de Apolo. Según el mito, Atenea creó una flauta de hueso, pero pronto la despreció porque al tocarla su rostro se deformaba. Marsias encontró el instrumento y se convirtió en su más destacado intérprete. Orgulloso, decidió desafiar a Apolo. El ganador haría del rival lo que quisiera. Así fue que el vengativo Apolo, al resultar vencedor, eligió desollar vivo a Marsias.

Anish Kapoor reinterpreta el mito en una instalación que ocupó la Sala de la Turbina del Tate Modern (Londres) durante 2003. Consistió en una enorme membrana plástica roja oscura que invadía el espacio recordando la piel estirada y el grito de dolor de Marsias.

Kapoor evitó todo elemento figurativo apoyado en el color de la sangre, el estiramiento de la tela y la inmensidad del espacio. Con estos recursos, la obra se convertía en una metáfora más que elocuente del sufrimiento desmesurado.

La desmesura de la violencia tomó cuerpo en Teoría. La cabeza de Goliat de Eduardo Basualdo, presentada en 2014 en el Palais de Tokyo (París) y cuatro años más tarde en el Salón Mayor de la Usina del Arte (Buenos Aires). Su apariencia era la de una roca gigantesca que colgaba de las vigas del techo, y amenazaba al espectador ubicado debajo de ella. En otra instalación –presentada en el Museo Moderno de Buenos Aires en 2022–, Basualdo consuma la amenaza. Vemos siluetas humanas sepultadas por una especie de lava negra, mientras que una enorme ola es metáfora de una destrucción aún mayor. Curiosamente, “el mal” no solo está afuera, sino dentro de nosotros mismos, tal como indica el título de la exposición: “Pupila”.

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Tania Bruguera. Autosabotaje, 2009. Conferencia y performance. Mesa, sillas, plataforma de 23 cm, micrófono, sistema de sonido, arma de fuego calibre 38/9 mm. y balas de 9 mm. Vista de la 53a Bienal de Venecia. Foto: César Delgado Wixen.

Un conjunto de dibujos, a partir de los cuales se ingresa en la instalación, alude al descalabro de la visión y a la consecuente perturbación del espacio mental en el que vivimos confinados. Ojos desestructurados avanzan hacia el interior de la cabeza indicando que la violencia mayor reside en nuestro propio interior, es decir, en la autoviolencia. Somos nuestro mayor enemigo.

En el caso de Teresa Margolles, la violencia extrema está regionalmente situada. El título de la instalación, ¿De qué otra cosa podríamos hablar?, presentada en la 53a Bienal de Venecia (2009), nos sitúa en una problemática real y actual de México, su país natal. Se trata, esta vez, de la muerte de inocentes en medio de conflictos entre bandas de narcotraficantes.

De modo casi ritual, se procedió a lavar el piso de la instalación con sangre mezclada con agua. Así, cuando el espectador caminaba, “pisaba sangre” o lo que había quedado de ella, profanando lo más preciado que tenemos: la vida.

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Ana Gallardo. El baile de la serie Un lugar para vivir cuando seamos viejos, 2010. Performance y video. Vista de la 29a Bienal de São Paulo. Foto: Mario Gómez.

Margolles no solo recurrió a la metáfora, sino a la sinécdoque, al traer sangre del mismo lugar del hecho denunciado. Si hablamos de sinécdoque es porque la sangre era parte real de un todo. Y la fuerza que daba la realidad de ese elemento sirvió a una contundente metáfora de la violencia aberrante.

Siendo la violencia tan extrema hoy, Tania Bruguera considera que no basta con representarla. Hay que presentarla directamente. Es preciso pasar a la acción. Y si bien ella no buscó la muerte, sino la toma de conciencia de la violencia extrema, la acción Autosabotaje bien podría haber desembocado en un sacrificio absoluto.

Presentada en el Pabellón de la Urgencia, de la región de Murcia, en la 53a edición de la Bienal de Venecia (2009), la conferencia-performance Autosabotaje resultó metáfora de nuestra vulnerabilidad. Durante el desarrollo de su exposición, Bruguera permaneció sentada frente a una mesa leyendo sus reflexiones en torno al arte político y a la función de los artistas en el contexto social. Sobre la mesa había una pistola calibre 38 y balas de 9 mm. Durante la primera pausa de la lectura, tomó la pistola, le puso una bala, dio una vuelta al tambor como en la ruleta rusa y apuntó a su sien. Luego apretó el gatillo, y, con toda la suerte a su favor, la bala no salió.

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Adrián Villar Rojas. Mi familia muerta, 2009. Dimensiones variables. Vista del Bosque Yatana, Ushuaia, en la 2a Bienal del Fin del Mundo. Foto: Carla Barbero. Cortesía del artista y Ruth Benzacar.

Metáforas del borde

Ligadas a las metáforas de la violencia se encuentran las que acentúan la idea de una situación humana fronteriza que linda con lo infrahumano. El título Shibboleth, elegido por Doris Salcedo para su participación en la Tate Modern de Londres, en 2007, podría relacionarse con la violencia ejercida sobre sectores marginados, como el de los inmigrantes. Sectores sociológicamente borderline que no logran pasar “al otro lado”.

Salcedo fue la primera artista latinoamericana invitada a participar en las comisiones hechas por la Tate Modern para el Turbine Hall. Su austera –pero no menos impactante– intervención consistió en una grieta irregular de 167 metros en el suelo, que diferenciaba a los que imaginaban o intentaban traspasarla en los tramos más estrechos de 30 cm y a los que se limitaban a contemplarla y, así, alcanzaban a ver una malla metálica incrustada en los bloques de piedra fracturados. El título nos llevaría a pensar en la primera opción.

La palabra Shibollet (espiga, en hebreo) resultaba de difícil pronunciación para el pueblo judío de Efraím. Si ante el pedido de decir “shibboleth” decían “sibboleth”, se develaba su pertenencia a una comunidad. El término se convirtió en un santo y seña utilizado por los galaaditas (pertenecientes a un antiguo país de Palestina). Estos dejarían pasar al otro lado del río Jordán a los que dominaran la lengua; los que no, corrían el riesgo de muerte. “Entonces le echaban mano y le degollaban. Y así murieron cuarenta y dos mil de los de Efraím”, leemos en la Biblia.

Pasar al otro lado es el sueño de muchos, como lo recuerda Alfredo Jaar en La nube/ The Cloud (2000). Su intervención en la valla fronteriza del Valle del Matador hace referencia al viaje esperanzador de miles de personas que diariamente emigran desde México a los Estados Unidos. Puede ser vista como un monumento efímero en memoria de los que murieron en los diez años anteriores (1990-2000) al intentar cruzar la frontera. A través de una nube formada por globos que se alza en el cielo metaforiza la idea de libertad; pero también refiere a la evaporación de los ideales y a la vulnerabilidad del sujeto.

La inseguridad será el eje temático de la instalación Metasbilad de Luciana Lamothe. Hace sentir allí un desafío extremo similar al que debe someterse, no ya metafóricamente, sino literalmente, un grupo creciente de marginados sociales, inmigrantes, exiliados y refugiados.

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Claudia Fontes y La Intermundial Holobiente. Theaterschlag, 2022. Instalación. Dimensiones variables. Vista de la presentación de El libro de las diez mil cosas en documenta fifteen, Kassel. Cortesía del artista.

Metasbilad nos sitúa en el borde de una experiencia de sostén y, en consecuencia, de potencial peligro. ¿Hasta qué punto el piso sobre el que caminamos nos sostiene? Es la pregunta que la obra hace al espectador. Está compuesta por una estructura que impresiona tanto por su tamaño como por su inestabilidad. El título es una abreviatura de la palabra “metaestabilidad”, que Gilbert Simondon toma de la química para aludir a un sistema que alterna estados de equilibrio y desequilibrio en relación con variantes externas.

El cuerpo del espectador es parte principal de la obra. Al subir y caminar sobre una pasarela hecha con andamios y tablones de madera, nota que su pisada, su movimiento, su tacto, sus vibraciones, se imbrican con los materiales. Entre el vértigo y la estabilidad, entre el temor y el placer de un juego arriesgado al que voluntariamente se somete, Lamothe metaforiza nuestro vivir en el borde, en situaciones extremas, apenas sostenidos.

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Alfredo Jaar. La nube / The Cloud, 2000. Performance. Vista del Valle de los Muertos, Tijuana, México y San Diego, California. Frontera de Estados Unidos. Cortesía del artista.

Metáforas de la crisis ecológica

Mi familia muerta es el metafórico título elegido por Adrián Villar Rojas para su enorme escultura de 27 metros de largo encallada en el bosque Yatana (Ushuaia) y rodeada de especies autóctonas.

La familia “muerta” adopta la forma de una ballena. El último gigante marino sobreviviente resultará metáfora de la naturaleza vulnerada. En su piel se acumulan cráteres y volcanes que hacen pensar en cicatrices y escaras. Entre la caza –para la alimentación y por deporte– y la destrucción de su hábitat natural, sufre una situación de total desamparo. A esos factores se suma el ruido submarino —producido por barcos, rompehielos y plataformas petroleras— que hace que un número creciente de cetáceos pierdan la orientación.

La apariencia funesta de la ballena contrastó con el bello paisaje de Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. A la experiencia geográfica extrema se sumó una metáfora extrema, que dio testimonio del aniquilamiento de la vida, nombrada sinecdóticamente en el título de la obra con la palabra “familia”.

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Eduardo Basualdo. Teoría. La cabeza de Goliath, 2014. Instalación. Medidas variables. Vista de la obra en el Palais de Tokyo, París. Cortesía del artista.

La imponente obra de Villar Rojas integró la Segunda Bienal del Fin del Mundo (2009), curada por Alfons Hug, quien eligió el título “Intemperie” para dar cuenta del cambio climático global que afecta a los rincones más apartados del mundo. Entre ellos se encuentran las regiones polares, donde el desastre ecológico puede advertirse de modo contundente.

Para crear nuevas relaciones con el planeta, la Intermundial Holobiente presentó, en la fifteen documenta de Kassel (2022), una obra no antropocéntrica. Estuvo orientada a visibilizar entidades no humanas que tienen pleno derecho a nuestra atención.

El grupo, integrado por la artista Claudia Fontes, el escritor Pablo M. Ruiz y la filósofa Paula Fleisner, eligió un terreno del Karlsaue Park, donde se guarda el excedente de materia vegetal (compost), para presentar su Theaterschlag. Es este un término técnico utilizado en el teatro para describir un giro repentino y dramático de los acontecimientos. Tal situación sirve de metáfora de los cambios en la naturaleza por acción del ser humano.

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Anish Kapoor. Marisas, 2002 – 2003. Instalación, P.V.C y acero. 350 x 230 X 1550 cm (137 52/64 x 90 35/64 x 610 15/64 pulgadas). Tate Modern, Londres. Cortesía del artista, Tate Modern y Lisson Gallery, Londres.

A manera de un gran telón translúcido se representaba el paisaje circundante. La luz variable y el desplazamiento de las nubes creaban una relación dinámica modelo-copia. La inestabilidad se incrementaba por el hecho de que la tela estaba sostenida por dos globos de helio sometidos al viento. Complementaba este dispositivo visual el Fantascopio de Erica Bohm, conformado por dos cámaras estenopeicas que registraban las escenas en sendas solarigrafías.

La presentación de la Intermundial Holobiente incluyó El libro de las diez mil cosas, creado de manera polifónica en colaboración con catorce artistas y escritores de Argentina, en el que se sugiere imaginar nuevas formas de convivencia con todo lo “no humano”.

Por su parte, Delcy Morelos propondrá una nueva relación con el elemento tierra en una megainstalación desplegada en 2022 en el subsuelo del Museo Moderno de Buenos Aires. Nos sumerge allí en un mundo extraño, donde no solo se siente el impacto visual de enormes bloques de tierra, sino que también se activan otros sentidos, como el del olfato, ya que se agregó canela, café y clavo de olor.

Morelos –también presente en la Bienal de Venecia 2022– señala la anestesia de nuestros sentidos. Es preciso que volvamos a ver, a sentir la tierra, a respetar a la Pachamama como fuente elemental de vida siguiendo el ejemplo de los pueblos primitivos. La artista nos invita a escuchar en silencio el sonido de la tierra, participando de una especie de ritual que permite encontrar la trascendencia del alma. El lugar del alma fue, precisamente, el metafórico título que Morelos eligió para su instalación.

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Luciana Lamothe. Metasbilad, 2016. Instalación. Estructura tubular de hierro, grampas para andamios y tablones de fenólico. 300 x 200 x 900 cm (118 7/64 x 78 47/64 x 354 21/64 pulgadas). Vista Prisma KH, Buenos Aires. Foto: Gabriel Cano.

Metáforas microutópicas

El Partenón de libros prohibidos de Marta Minujín, exhibido en la documenta fourteen de Kassel (2017), consistió en una réplica a escala real del gran templo de Atenas, cubierto con 100.000 libros procedentes de todas partes del mundo, que están o estuvieron prohibidos. Estaba ubicado a metros del Museum Fridericianum, en la Friedrichsplatz. No deja de ser significativo que, en 1933, en esa misma plaza, los nazis quemaran libros considerados “degenerados”.

La instalación de Minujín contó con la participación del público que donó y recibió ejemplares de lo que podría considerarse un contramonumento, es decir, una construcción anticelebratoria. Pero no es menos cierto que tuvo un sesgo optimista al concretar la redistribución del libro como símbolo de cultura compartida y de paz. Podemos interpretarla entonces como metáfora del ser-con (Nancy), en cuanto microutopía de integración.

También Un lugar para vivir cuando seamos viejos de Ana Gallardo, presentado en la 29ª Bienal de São Paulo (2010), es parte de una microutopía de integración sustentada por el ser-con. Este work in progress performático y registrado en video dio pruebas de resiliencia. Puso de manifiesto que tiempo no es lo mismo que edad. Mientras que esta es un concepto burocrático o sociológico, el concepto de tiempo puede hacer abstracción de la edad, relacionándola no con lo perdido, sino con algo nuevo que se gana.

En 2022, en el Parque de la Memoria (Buenos Aires), Gallardo presentó Escuela de envejecer para reflexionar sobre la invisibilización de las mujeres cuando sus cuerpos ya no son útiles para el sistema productivo. Se vieron acciones/performances compuestas por distintos tipos de operaciones que perseguían como objetivo el cumplir con deseos de juventud obstaculizados por mandatos patriarcales y todo tipo de prejuicios sociales, políticos y religiosos.

Conclusión

Si bien, como decíamos al comienzo, resulta muy difícil tener una imagen del mundo, cada una de las metáforas analizadas contribuye a construir esa imagen. Esto se logra a través de lo que es tarea principal de los artistas: encontrar relaciones de semejanza entre sus obras y aspectos del mundo. De ese juego de relaciones se desprende un efecto de extrañeza –propio de la hipérbole de la imagen metafórica– que ayudará a superar un estado de anestesia generalizado por el que el mundo se invisibiliza.

La metáfora permite entonces pasar del empobrecimiento de la percepción a una nueva capacidad de ver sin la cual ningún cambio es posible.

ELENA OLIVERAS

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