La reciente retrospectiva de Rigoberto Torres y John Ahearn, al igual que la exposición de la obra de Martin Wong, también en el Bronx Museum, durante el otoño de 2015, reveló una vez más un aspecto del escenario artístico neoyorquino que, hasta hace poco, había sido sistemáticamente ignorado por el mundo oficial del arte. Por suerte para Ahearn y Torres, los museos de Estados Unidos están ahora mucho más interesados en hacer una importante corrección a sus programas de exposiciones al mostrar la diversidad de razas y el trasfondo cultural.
La sorpresa aquí no es que a su obra le haya tomado tanto tiempo ser reconocida, ya que la brecha temporal es similar en duración a la de otros artistas latinoamericanos de su generación, sino el hecho de que el equipo curatorial haya tenido el cuidado de explicar cómo incluso después de que todos sabían que los dos siempre trabajaron juntos, a menudo solo se le daban crédito a la obra de John Ahearn, mientras que se omitía a Rigoberto Torres o se le daba crédito como asistente y no como colaborador en todo el sentido de la palabra.
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Un factor muy significativo en las primeras etapas de su obra fue la fábrica C & R Statuary Corp., cuyo propietario y administrador era el tío de Torres, Raúl Arce, en la que Rigoberto aprendió a trabajar con yeso. El catálogo está dedicado a este hombre, en reconocimiento a su importante contribución a su obra artística. Estos detalles fueron explicados por los artistas mismos en un recorrido guiado de la retrospectiva a la que asistí, en la que ellos hablaron largo y tendido sobre las piezas y también sobre el proceso de aprendizaje en la fábrica de Torres de imágenes religiosas de yeso. Una de las mejores esculturas, Shorty (Bajito), representaba a un trabajador en la compañía de estatuas de yeso en el proceso de hacer los detalles en un santo de este material. La piel más oscura del trabajador y su pañuelo rojo y la mesa de trabajo hacían un fuerte contraste, en comparación con la blancura del yeso que tenía en la mano. Otra, titulada Tiburón, representaba a un hombre en los trajes blancos que indicaban que estaba siendo iniciado en la santería. Llevaba los collares rituales de cuentas blancas que dan protección y sostenía en las manos un pequeño Elegua (deidad guardiana de las encrucijadas). Su pose y mirada hieráticas nos recordaban a los antiguos sacerdotes egipcios. La complejidad de algunos grupos de esculturas desconcertaba la mente pues uno se preguntaba cómo fue posible fabricar los modelos de yeso y que los obreros los rompieran después sin atravesarse uno en el espacio del otro, rompiendo el yeso. Julio, José y Juanito, que presentaba un trío de niños, el mayor de los cuales estaba de pie y los otros dos sentados uno sobre otro, fue de hecho presentada en el video en el que la operación de salida fue ejecutada de manera impecable por los modelos. Pero la más asombrosa de todas, y también documentada en el video, era Raymond and Toby (Raymond y Toby), una composición que incluía a un joven y su gran perro que se quedó muy quieto junto a su amo durante todo el proceso del vaciado en yeso.
Esta asimilación y transformación de los elementos y colores tradicionales presentaban un fuerte contraste con los espacios de la galería que empezaron a adoptar una estética sobria, minimalista, en el Nueva York de los años cincuenta en adelante, y todavía es el estilo que prevalece en la actualidad. En el Museo del Bronx, Amy Rosenblum-Martín explica en el catálogo, “las galerías se transforman en elegantes espacios de color azul cerúleo, presentando detalles neoclásicos encontrados en la arquitectura local y el diseño interior, combinando en forma lúdica referencias interiores y exteriores al arquitecto/artista Giovanni Battista Piranesi”.
La experiencia de observar la exposición fue sobre todo enriquecedora, donde las vibrantes obras de Torres y Ahearn nos hicieron ver por primera vez en un museo y en un contexto relevante de comunidad a la población latina que es relegada a la oscuridad de aquellos, ignorados por los medios y el mundo del arte, dentro de un contexto estético que habla su lengua y hace una orgullosa declaración de su resiliencia y fortaleza.
ALBERTO BARRAL
