Javier Vanegas ha venido trabajando desde hace varios años apoyado en la fotografía, en donde ha logrado construirse un lugar como creador e investigador. Sus exploraciones en el mundo de lo fotográfico y de las innumerables opciones que se tienen para poder transferir una imagen hacia un soporte que la pueda “adoptar”, lo han llevado hacia caminos de tránsito por todo el país, incluidas las regiones más apartadas e inhóspitas. Sea este el abrebocas para incursionar en la exposición, en donde se entretejen dos caminos aparentemente dislocados como los son la inteligencia artificial y el pueblo originario kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta.

No es extraño para nadie hoy en día hablar de decolonialismos, de modificaciones para construir un lenguaje incluyente, de fronteras que se han movido y, por qué no, desestabilizado en cuanto a fronteras de género se refiere, y, finalmente se escuchan ecos de un poshumanismo donde la inteligencia artificial y la amplitud de aquello que se refiere a lo humano van más allá de lo que estamos acostumbrados a leer en el día a día. O al menos así lo parece, y ese ha de ser un punto en el cual podríamos interpelar, mas no pasar por alto, en las disquisiciones y en las búsquedas de artistas, antropólogos, sociólogos y filósofos, por nombrar apenas unas disciplinas interesadas en esclarecer el contexto amplio de interconexión en el mundo de hoy. Por ello, no está de más poner atención a dos conceptos que sobresalen de manera permanente cuando se ven las fotografías de Vanegas en la exposición y cuando se revisa el texto que juiciosamente depuró para hacer la presentación y el acompañamiento de esta: El tiempo y la entropía.
De pronto resulte clave revisar cómo hemos construido en Occidente una línea de progreso en la que el tiempo lineal nos facilita ver de qué manera nos vamos alejando de un ser primitivo para llegar a un mundo en donde podemos tener acceso a la información universal a través de un teléfono celular. Pero, ¿qué es progreso? ¿Qué tiempo hemos inventado para mover una maquinaria mundial en función de un supuesto bienestar? Las imágenes como mandalas nos van cuestionando las dificultades que tenemos a veces para discernir sobre temporalidades que hoy en día tienden a diluirse como el agua en las manos. Niños kogui desde su maloca van consultando tranquilamente su teléfono de noche, y aun así se les siente un eje incorruptible de su naturaleza humana y de su entendimiento sobre los tiempos circulares en los que viven y la conexión absoluta con los seres vivos que los rodean. Pero, y ¿el ser humano dónde está? ¿Qué es lo humano hoy en día? ¿Dónde se encuentra el “yo” en esos tiempos tan discontinuos que ponen en contrapunto permanente nuestra manera occidental de entender los días, las semanas y los años? Se descifra en Vanegas un tiempo incómodo por su incomprensión. Porque de repente sea fácil decir que el tiempo en algunas comunidades en el mundo es circular o serpenteado o en espiral, pero asumirlo va más allá de un problema retórico. Decía que se ven niños kogui, y se ve la naturaleza y se sienten los tiempos y el carácter espiritual. Cosa difícil retratar el espíritu de quien vive con otros tiempos. Ya lo preguntaba Coetzee: “¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños?"1. Esa seguramente resulta ser una sensibilidad trabajada por Vanegas después de visitas interminables a este pueblo originario y a otros tantos en el país, incluyendo pagamentos con mayores y dejándose sobrecoger por todo tipo de rituales que buscan preservar una comunicación con un “otro” desconocido e inclasificable para nosotros en Occidente, con un manejo del tiempo extraño pero, dentro de sus complejidades, universal. El vínculo de los diversos tiempos se establece a través de esa luz con teclado que se enciende en el interior de una maloca en medio de la noche en un lugar recóndito del norte de Colombia en donde Aluna es la madre de todo.
Poderosa habrá de ser Aluna para sobrevivir a estos tiempos tan avasallantes y colonizadores. Ya lo hizo. Ahora es su turno. Precisamente esa forma de volcarse por medio de Vanegas hacia la concreción de esta muestra anuncia una pregunta sobre la entropía. Cuando se habla de entropía se piensa en excedentes de energía que flotan en el aire creando caos para luego llegar a equilibrios que vuelven otra vez a disiparse en unos eternos retornos que mueven continuamente este universo. Viendo las imágenes de mandalas, de hojas de coca, de creaciones en donde a veces la IA decide la imagen que debe realizarse, lentamente se va anunciando un ciclo en el que lo digital se transfiere a lo natural y regresa nuevamente a lo digital. Con ello, vale la pena finalizar con una pregunta que nos asalta en el recorrido de la muestra: acaso ¿no es el pueblo de la Sierra Nevada un caso entrópico del curso de la naturaleza y de la historia de la humanidad?
NOTA
1. Esperando a los bárbaros, J. M. Coetzee, 1980. Traducida al español por Concha Manella y Luis Martínez Victorio, Grupo Editorial Random House Mondadori, Barcelona, p. 193, 2007.
ANDRÉS GAITÁN
