Isabel Aninat navega entre los documentos de su historia como si estuviera mirando una película. Se encuentra con cosas que tenía totalmente olvidadas y se sorprende con cada hallazgo. Es que ella no se detiene en el pasado ni registra las fechas. “Soy totalmente volada”, admite. Y así es. Pareciera que siempre está suspendida a unos metros del suelo. Y así ha avanzado en su largo viaje como galerista, sin mirar ni para atrás ni para el lado. Son cuarenta años de trabajo ininterrumpido.
Egresada de Filosofía y Estética, quería ser crítica literaria, pero en 1982, mientras hacía clases en el Pedagógico de entonces, dos gestoras del arte le ofrecieron montar juntas una galería. Al principio rechazó la idea, porque tenía una visión muy sacralizada del arte y consideraba casi inmoral negociar con él. Pero lo consultó con el crítico de arte chileno Milan Ivelic, de quien era ayudante, y él la animó a meterse en lo que fue su primera galería, Plástica 3, en la calle Bucarest. Ivelic le dijo que no fuera prejuiciosa, y que con su ojo y su energía podía hacer un aporte.

Este espacio marcó el sello de su mirada sobre el arte. Estamos hablando de un gesto cultural que se inscribe en plena dictadura y cuya influencia no pasa desapercibida. En Plástica 3 expusieron muchos artistas que se encontraban en el exilio –como Balmes, Juan Downey y Toral, y otros que vivían en Chile –Carlos Leppe y Juan Pablo Langlois Vicuña–, pero cuyas obras tenían pocas oportunidades de mostrarse. Se trató, desde el comienzo, de artistas críticos, políticos, experimentales, disruptivos. “El arte no es decoración, da cuenta de una mirada del mundo”, es la consigna que Isabel Aninat ha sostenido a lo largo de su carrera. Eso la llevó a independizarse y formar en 1986 Plástica Nueva, cuyo lema fue “agrandar el círculo” como una forma de ser una galería vinculante con el quehacer de la sociedad. Por eso, tras el plebiscito que le dijo “no” a la continuación de la dictadura de Pinochet, convocó a su galería, uno a uno, a los precandidatos a la presidencia de la República, para discutir con los artistas sus programas culturales. Algo que no estuvo exento de polémica. “Una galería de arte debe ser un lugar de reflexión”, dice. “De vinculación entre artista, obra y público. Debe lograr salir de su espacio físico para influir en la sociedad”.

Otro rasgo que distingue a Isabel Aninat es una especie de amor por la diferencia. Desde el comienzo mezcló en la galería a artistas emergentes con consagrados, idea que no siempre fue bien recibida, pero en la que perseveró hasta hoy. Siempre le ha interesado observar cómo dialogan distintas épocas, cómo cada obra es capaz de sostenerse y resistir al paso del tiempo y cómo los más jóvenes pueden aprender de la historia. Son más de 300 artistas los que han pasado por su galería, que se ha ido moviendo tanto de nombre, como de lugar: Plástica 3, en Bucarest; Plástica Nueva, en San Crescente, derivando a llamarse Galería Isabel Aninat, en calle Espoz, porque el público decía: “voy donde la Aninat”, sin mencionar el nombre de la galería. Luego de la incorporación de su hija, Javiera García-Huidobro, historiadora del arte, actualmente es Aninat Galería, en Alonso de Córdoba. Y este año acaba de abrir una sucursal en Londres.

Desde sus comienzos, Isabel Aninat se empeñó en que los artistas chilenos fueran conocidos y validados por sus propios méritos e identidad, y atravesaran las fronteras de un país que siempre le pareció cerrado, isleño, prejuicioso y sometido a los dictámenes extranjeros. Por ello, hace casi ya treinta años, comenzó a llevar a artistas a ferias internacionales, siendo la primera galería chilena en estar presente en espacios tan significativos como ARCO, Madrid; ArteBA, de Buenos Aires; Art Basel, de Suiza, y Armory Show, en Nueva York; entre otros. No ha sido fácil, porque todo lo hace a pulso. “Soy como una vendedora ambulante, ando con los cuadros bajo el brazo”, ha dicho varias veces.
Deslenguada y espontánea, Isabel Aninat ha sido, también, un personaje polémico, porque emite sus opiniones sin filtro. Aunque con los años se ha ido moderando. “Cuando veo mis entrevistas de más joven siento que no tenía tino,”, confiesa ahora. Y así aparece en los archivos de entrevistas que ha dado, sobre todo en la década de los 90, cuando ella tuvo un momento de éxito gracias a un nuevo mercado que se abrió para el arte.

A ti te ha costado asumir lo comercial.
Es que vengo de una familia que priorizaba por sobre todo la cultura, había un cierto prejuicio frente a quienes se dedicaban solo a ganar plata. Mi padre dejó las leyes para dedicarse a la poesía. Entonces para mí lo más difícil ha sido lidiar con que tenía que funcionar la galería como negocio, tuve que luchar con mis prejuicios contra eso, incluso con psicólogo. El asumir que soy empresaria, y que incluso me haya ganado el premio Mejor Empresaria del año 2002, fue rarísimo. Ahora entiendo que el dinero es una energía que tiene que existir para hacer cosas, es un medio y no un fin en sí mismo. A mí me gustaría haber tenido más recursos económicos.
¿Y qué hubieses hecho con más plata?
Comprar obras, porque tengo muy buen ojo. Lo poco que he comprado, de artistas que no eran consagrados, se ha valorizado mucho después. Me hubiese gustado haberles comprado a todos los artistas que he presentado. En especial a Mónica Bengoa, a quien considero una de las mejores artistas chilenas. Creo que es una forma de mostrar que una galería cree en sus artistas. Si hubiera tenido más recursos, también me habría jugado aún más en la galería con artistas que eran buenos pero difíciles de vender, como lo hice con Lotty Rosenfeld. Junto con mi hija Javiera, después de insistir en exponerla en gran cantidad de ferias internacionales, logramos que la compraran los más importantes museos del mundo como la Tate Modern, el Guggenheim, el MoMa, entre otros. Lo mismo con Raúl Zurita, a quien veían solo como un poeta y no se conocía su faceta de artista visual. Él tiene la particularidad de unir mundos.
¿Cómo combinas tu visión del arte como una propuesta crítica y, al mismo tiempo, tu necesidad de vender obras?
Eso es lo difícil. He hecho exposiciones en las que no se vende nada. Pero creo que ese conflicto se resuelve cuando voy a los talleres de los artistas y converso de ellos mismos, de sus trayectorias creativas, sus miradas del mundo. Siento el impulso inevitable que su trabajo debe ser exhibido.

Has mostrado distintos artistas, de distintas generaciones, estilos y países.
Yo siempre sentí que los jóvenes carecían de información sobre la historia del arte y entonces me gustaba relacionarlos con los más viejos. Relacionarlos de verdad, que expusieran juntos, y eso lo hice muchas veces. Me interesa observar cómo la obra de un consagrado soporta estar junto a la de un joven, cómo resisten, si el viejo sigue estando vigente y si el joven puede integrar algo de la tradición. Eso fue criticado, decían: “la Isabel no tiene línea, pasa de un joven a un consagrado”, pero a mí lo que me interesa es el cruce y la diversidad. Hoy coexisten múltiples miradas y uno tiene que hacerse cargo de esa multiplicidad. Pero eso es difícil en Chile. En cambio, en importantes espacios del mundo han combinado lo moderno con lo contemporáneo dentro de exhibiciones temáticas.
¿Por qué?
Porque hay un miedo feroz a la diferencia. Chile funciona en castas y guetos y por eso estamos como estamos. Los empresarios se juntan con empresarios, los deportistas se juntan con deportistas, los artistas se juntan con los artistas de su misma onda... eso nos hace mal. El diálogo es fundamental. Tener una mirada abierta es la única forma de entender el arte y la vida.
Tú transitas entre mundos, ¿pero te sientes parte de algún mundo, por ejemplo, te identificas con el gremio de las galeristas?
Siento que sigo mi camino sola, hoy con mi hija Javiera, que aporta una mirada joven. No miro para el lado. Tengo una mirada muy libre.

¿Qué crees que te distingue como galerista?
El afán de promover el arte latinoamericano a nivel internacional. Pero, lo más importante, creo que es tener academia. Porque si uno va a mostrarle el arte a otros tiene una tremenda responsabilidad. Un galerista tiene autoridad, elige quién sí y quién no. Y para poder justificar eso debes tener argumentos y conocimientos.
¿Y qué te pasa cuando descalificas o dejas fuera a un artista?
Eso es lo que más me duele, porque también puedo equivocarme y me he equivocado. En el arte solo el tiempo dirá la última palabra. Es muy fuerte porque, en el fondo, cuando un artista te muestra su obra te está mostrando su diario de vida. Entonces si tú le dices: “no me interesa tu obra”, para ellos es como si les dijeras: “no me interesas tú”. Eso a mí me duele, soy super sentimental. No puedo llegar y despachar a alguien sin oírlo, y conversar con el más tiempo del que debería discutiendo sobre su obra y buscar cómo puedo ir orientándolo.
Si repasas tu trayectoria como galerista, coleccionista y curadora, ¿qué criterio distingues en la selección de obras y artistas?
Me interesa que la obra me sorprenda, que no sea obvia, que tenga una carga crítica, que sea poética, que me obligue a pensar, que me interpele, que tenga profundidad. Confío en mi criterio. No entiendo una galería que tenga a un curador. ¿Para qué es galerista? Porque si uno no se atreve a elegir sus obras y artistas, no es galerista.
¿Qué es ser galerista para ti?
Es un curador, es alguien que vincula. Es un trabajo creativo y también intelectual. En la historia de un galerista tú ves su ojo, su pensamiento, qué es lo que le gusta. El galerista no es un solo un vendedor, sino alguien que se relaciona con el artista, que intenta entender su obra para transmitirla a un público y activar el coleccionismo. Por eso siempre en mis exhibiciones hago encuentros y conversaciones, y no solamente con gente del mundo del arte, sino de distintas disciplinas.
Has criticado el hecho de que los artistas chilenos deban legitimarse afuera y que sean los curadores o galeristas extranjeros quienes decidan qué es bueno y qué es malo dentro del arte chileno...
Y también me molesta la sumisión de los artistas, que ahora es aún mayor que antes. Yo siento que miran lo que está pasando afuera en vez de mirar lo que pasa dentro de sí mismos. Quieren mostrarle al extranjero que ellos pueden hacer algo de su gusto. Eso me produce una desazón tremenda. Porque la gente quiere ver algo distinto, algo que sorprenda y no algo igual a lo que está instalado en el sistema internacional.

¿Qué piensas del arte que están haciendo actualmente los artistas jóvenes?
Hoy hay un boom de artistas. Eso podría hacerle mal al arte, sin embargo, ayuda a que el cedazo se haga más fino. Hay un gran número de artistas jóvenes que no me interesan porque encuentro que están más preocupados de los temas de moda que de crear sus propias miradas, lo que convierte el trabajo en cosas obvias, literales. Por ejemplo, me pasa con las fotos del estallido social, los grafitis en los muros, me parece demasiado obvio. Los artistas políticos que hicieron arte en dictadura trabajaron lenguajes velados, metáforas, símbolos. Precisamente es el cruce entre lo político y lo poético lo que hace potentes esos trabajos. Las obras que a mí me gustan son poesías. Y de hecho he tenido mucha relación con poetas.
Una de las cosas que tú has dicho es que las obras son como las personas, que tienen su carácter, su energía, su misterio.
Exactamente. Pasa lo mismo que con las personas. Hay primero una aproximación emocional, una intuición, pero es necesario darles más tiempo a las obras para conocerlas.
Tú has dicho que los chilenos tenemos un freno moral y que si uno se sale de los cánones se expone a un castigo enorme. ¿Has sentido alguna vez ese castigo?
No tanto, pero sí me he autocensurado. Muchas veces me dieron ganas de hacer cosas más audaces, más críticas o controversiales, pero no las hice por no exponerme.
En tus entrevistas desde muy joven apareces como libertaria, audaz, desprejuiciada... ¿Te pasó sentir que el ambiente era más conservador que tú?
Diría que soy más abierta que contestataria, porque también tengo mi lado católico. Pero siempre me junté con gente que piensa distinto a mí, discuto con ellos, pero son amigos. Yo soy amiga de los artistas, de los políticos, de los empresarios, de los coleccionistas. Y digo lo que yo pienso. No me gusta pelear, pero me gusta debatir.
Esa visión de sociedad más orgánica fue amenazada también por la imposición de un modelo individualista y exitista, de los 90, donde cada uno se salva solo y busca “triunfar” solo. No hay mucha idea de colaboración, sino que prima la competencia.
Yo le hice un homenaje a Carmen Waugh y casi no fueron artistas. Y ahora les pregunto a los jóvenes quién es Carmen Waugh y no saben. Ese es un problema también de las universidades, donde la historia y la realidad del galerismo no se enseña. Los artistas egresan sin saber cómo trabajar con una galería, cómo tratar con un coleccionista. Salen desubicados. De repente los familiares les compran obras a precios carísimos y ellos creen que ese es su precio. A mí me toca discutir por esas cosas y ajustar sus precios a la realidad de sus currículos.
En los 90 decías que los artistas se estaban marketeando mucho y que tenían que estar encerrados en su taller, haciendo su trabajo. ¿Qué te pasa con la figura del artista que quiere triunfar?
Lo encuentro complejo, porque se pierde profundidad en la obra. Un artista tiene que buscar el silencio, concentrado para meterse adentro de sí mismo, para poder entregarnos esa mirada que tanto nos enriquece y que sea otro el que haga el trabajo de mostrarlo y venderlo.
¿Sientes que los artistas que se autopromocionan pierden esa capacidad de reflexión?
Yo creo que sí. De hecho, en los años 1990, cuando se da este boom del arte, hay en paralelo una despolitización de las obras, se vuelven más light. Muchos artistas consiguieron éxito en ese momento, les fue regio, pero no sé si esas obras van a perdurar en el tiempo, aunque estén en un museo.
Tú te vinculas mucho con los coleccionistas. ¿Qué opinión tienes de los coleccionistas chilenos?
Es un mundo aún pequeño en Chile, porque los coleccionistas no tienen el prestigio cultural que se merecen. Son personas muy importantes, pero su aporte no ha sido visibilizado. Hay muchos prejuicios contra los coleccionistas, porque es el prejuicio contra el dinero. Pero son ellos los que van a preservar el patrimonio, es demasiado importante su rol. Y deberían estar mucho más integrados con otros actores culturales. Pero como Chile es un lugar de guetos eso no sucede. Yo creo que el arte y la vida son un tejido, y si al tejido le falta un punto, se deshace. Entonces el museo, el coleccionista, el galerista, el crítico, el curador, el artista, el observador, tienen que estar entrelazados para que haya una estructura. Eso le ha faltado al sistema del arte chileno.
* Cortesía: Aninat Galería.
CATALINA MENA LARRAÍN

