El título de la muestra de Gala Porras-Kim resulta paradójico, al referirse a los lapsos en términos de narrativa, mientras que los describe como las duraciones de versiones, reformulaciones y actualizaciones de relatos que sobreviven entre los momentos, especulando sobre sus traducciones posibles, viniendo a decir o a llenar estos huecos posibles en aras de algo que puede describirse como un resarcimiento originario. Hay, de entrada, una vocación política que denuncia los derechos inmemoriales que se les pueden atribuir a las cosas, en sí mismas o como remanentes de algo que fueron o de lo que formaron parte. Pero esto lo hace no solo como seguimiento y continuación de una denuncia que sigue reclamando la restitución de los saqueos orquestados de manera sistemática por colonialismos y postcolonialismos, sino también en aras de un cumplimiento de lugares y tiempos en el orden de lo trascendental. La humanidad inherente de lo remoto y el respeto que debe tenérsele en cuanto tal.

En su afán por llevar restos y objetos de regreso a sus lugares originarios, ha buscado conferirles de nueva cuenta una primera naturaleza como instrumentos y mediadores de una práctica ritual. Busca conjurar, desde el ámbito político, pero también desde el mágico, el lugar y el sentido del lugar en el tiempo, sus tránsitos y su sentido de propiedad, en cuanto objeto, frente a los avatares del mundo, en una actualización que emula y pone en contraste estos contenidos en dispositivos que rompen, condensan y los toman en cuenta en el espacio museográfico como manifestaciones de estas trasposiciones o estos enmarañamientos espaciotemporales que dan seguimiento a estos traslados, sus idas y regresos, que –sucedidos o por suceder– son traídos y exhibidos de forma presente en esta exposición, que sirve de vórtice actual de sus sucedáneos –en cuanto acervos–, remedándolos en su función, recurriendo a lo ritual para redimir desde lo inefable la dignidad de lo ancestral.
Así, con autorización del Instituto Nacional de Antropología, exhibe la réplica de dos monolitos rescatados del sitio arqueológico de Teotihuacán la década pasada, cuyo uso y finalidad están todavía por ser definidos, realizadas en poliuretano y acrílico. Son a la vez figuras de sustitución, y no en cuanto émulos que indican una actualidad y una presencia física de algo que, a pesar de sus evidencias, solo puede estar en sentido figurado. Denuncian –en cuanto apariciones– un estado de las cosas, dispuestos ahí con la intención de estar en otro lugar, de haber sido otro lugar, y de tener en ese lugar una intención o significado que vive una actualidad. La transferencia es simbólica, pero no deja de estar también presente la intención de hacerlo, como lo muestra la carta dirigida al coordinador nacional de museos y exposiciones del Instituto Nacional de Antropología, de disponerlas en lugar de las originales, con la intención –como describe en la carta– de dar un primer paso “en el reconocimiento de la posible disrupción del ritual provocado por dicha extracción”.
Funciona de manera semejante el resto del cuerpo de obra que constituye esta exposición, aunque a partir de lugares, dinámicas y mecanismos distintos. Dice lo remoto en la actualidad de sus restos y sus rastros contemporáneos, los rescata y constituye desde su última materialidad una condensación de aquello de lo que fueron, en cuanto representaciones, proyecciones y sublimaciones físicas y actuales para conferirles una relevancia social y política que va más allá de lo patrimonial.
Así, con lápices de colores y acrílico, captura y reordena con prolijidad y detenimiento el acervo de ofrendas para la lluvia del Peabody Museum of Archeology and Ethnology en Harvard, objetos de oro, jade y cobre, además de restos de textiles y armas de madera, que fueron llevados hasta ahí por el cónsul estadounidense Edward Thompson, que, en su calidad de arqueólogo diletante, después de hacerse con la hacienda que albergaba el Cenote Sagrado de Chichén Itzá, se dispuso a dragar sus contenidos. Es en este cuidado y minuciosidad que Gala Porras-Kim nos trae y dispone estas piezas, hace catálogo simbólico al representarlas, en un gesto que emula un proceso continuado de traer lo remoto y resarcirlo, en los términos que determina lo ritual y lo afectivo: no es y, aún, está dicho ahí, es traído a nuestra presencia.
De igual manera, en lo que describe como una asíntota, contrapone en doce dibujos los cielos remotos del Neolítico, perdidos en el tiempo, rescatados a partir de consultas con astrofísicos de Harvard, para contraponerlos a los distintos momentos del día donde captura los restos actuales de este templo descubierto en el sudeste de Turquía en los años sesenta, el más antiguo del que se tenga evidencia, erigido hace unos doce mil años. O también comprime el polvo rescatado de los movimientos y remodelación del Ala Rockefeller del Metropolitan Museum of Art (MET) en 2021, donde se albergan el arte antiguo de América, África y Oceanía, para constituir un cubo de detritus que contiene y emula estos acervos secuestrados en la promesa de restituirlos, de llevar y decirlos al lugar que pertenecen. Puede decirse lo mismo del cultivo que hace del moho obtenido de las bodegas del Museo Británico; aquello que destruye lo remoto, lo dice también en su actualidad. Gala Porras-Kim viene a traer una dignidad –a tender vínculos– frente a un acervo que es deshumanizado por las normas y restricciones que se le imponen desde los catálogos museísticos del capital.
RICARDO POHLENZ
