Francis Alÿs

Francis Alÿs. Juego de niñxs #29: La roue (La rueda), 2021. Fotograma. Lubumbashi, R. D. del Congo.*

Monografíadic 2023 - may 2024· Por Ricardo Pohlenz

Francis Alÿs

Juegos de niñxs, 1999 – 2022

ExposiciónMUAC

Hay una cualidad en el juego que es inasible, que se desprende del mismo modo que el lenguaje, más allá de sus reglas y convenciones, desde rudimentos que se nos muestran como “apareceres”, en un sentido que apela a lo ontológico desde códigos en los que las palabras sirven de aliteraciones u onomatopeyas, acompañando ritos y gestos que devienen inherentes a una puesta en escena, diciéndose ronda alrededor de doña blanca, víbora de la mar, o contagiándose o entregándose aquello que se ha vuelto innombrable, entre enfermedad y encantamiento. Construcciones y derivaciones, abstracciones y semejanzas, rituales que rompen la realidad para definirla, para habitarla, los juegos constituyen el entramado de lo simultáneo y lo virtual, desde el haciendo-como-si, que se define como lugar en el mundo y puerta para confluir –si se quiere– desde esa alteridad ritual que entraña la aparente banalidad de su proceso.

Monografía: Francis Alÿs — imagen 1
Francis Alÿs. Juego de niñxs #12: Musical Chairs (El juego de las sillas), 2012. Fotograma. Oaxaca, México.*

Desde 1999, Francis Alÿs empezó a documentar en video –a lo largo de sus viajes alrededor del mundo– los juegos que realizaban los niños de las localidades que visitaba, a partir de lo cual ha venido armando un extenso acervo. Ayudado en locación por los realizadores Julien Devaux y Rafael Ortega, el sonidista Félix Blume, la documentalista Elena Pardo, el rotulista Emilio Rivera y el curador Alejandro Morales, entre otros, Francis Alÿs ha reunido un cuerpo de obra que sirve como parte del contexto que se desliga y abre desde su obra. En eso que puede describirse como el paisaje que constituye las acciones, los mecanismos y representaciones que marcan sus recorridos por la aldea global. Esa promesa que sobrevive como extensión de lo moderno que se engaña en sus alcances y que, desde su borde mismo, ha buscado conjurar más allá de los términos en los que se confunden –todavía– con nuestra vocación colonial por lo nuevo y lo que está más allá de donde estamos.

Es, de entrada, injusto describir o enumerar solo unos cuantos de los juegos documentados en video que están dispuestos en la sala. Dependiendo, supongo, de nuestras propias obsesiones y nuestros propios referentes, quedaremos atrapados o seducidos in situ por unos juegos más que por otros, ya sea, por ejemplo, un niño que va pateando una botella cuesta arriba en un barrio marginal en Ciudad de México, video realizado en 1999 que sirvió de punto de partida para esta serie de videos, y que culmina –por lo pronto– con un baile de naranjas, realizado en 2022 en Dinamarca, donde muestra duplas de niños sujetando naranjas entre sus rostros en la esperanza de no dejarlas caer.

Pueden apreciarse, por supuesto, las extensiones que han venido constituyéndose como goznes formales en la obra de Francis Alÿs. Ese despliegue de artefactos que, transformados, dicen y establecen el territorio de significantes que se abre a partir de las acciones y los dispositivos que han constituido, en cuanto mecanismos de sentido, el cuerpo de su obra. Apoyado por su equipo de producción, se deslinda hacia otros mecanismos, semejantes a los suyos, en el sentido originario donde confluyen juego y creación, pero que, atenidos a su propia poética, reúnen estos momentos de excepción en un catálogo emocional, vibrante, colorido, lleno de tensiones formales, a mitad de camino entre lo que se dice y lo que solo es.

Monografía: Francis Alÿs — imagen 2
Francis Alÿs. Grabación de Juego de niñxs #31: Slakken (Caracoles), 2021. Pajottenland, Bélgica. *

El título de la exposición define escuetamente los contenidos de este catálogo; se trata de niños jugando, ensimismados en las normas y restricciones que plantean sus juegos, en los términos en los que toda competencia acaba por convertirse en un desempeño personal, en un espacio privado en el que, a partir de ritos convenidos, se constituye un mundo aparte. Es precisamente esto lo que captura la lente. Los niños están tan absortos en sus roles y objetivos que no hacen caso de la cámara que los va siguiendo, dando la oportunidad de asomarnos a una intimidad que –como espacio mágico– se impone y conjura las realidades atroces que los rodean.

Los videos son reproducidos en pantallas que, al estar distribuidas a lo largo de la sala, constituyen un tendido policromático de ventanas que resulta tan apabullante como conmovedor. Esta experiencia coral de lo simultáneo se nos impone como una totalidad, un catálogo minucioso que evoca –como le ha señalado Cuauhtémoc Medina, curador de la exposición, entre otros, al propio Francis Alÿs– al Les Jeux d’enfants (Juego de niños) de Pieter Brueghel, el Viejo, de 1560. Según refiere Cuauhtémoc Medina, esta vinculación con Brueghel –sugerida por él mismo y otras amistades del artista– le sirvió de magdalena proustiana a Francis Alÿs para evocar una exposición retrospectiva del artista flamenco en Bruselas que visitó cuando tenía ocho años.

Es a partir de esta referencia –también– que se arma su fastuoso despliegue museográfico. Los vínculos resultan evidentes al contraponerlos, un contrapunto que revisa y actualiza un catálogo de apareceres donde la cita pictórica se trasciende a partir de mecanismos que son y no son los mismos. El espíritu de lo exhaustivo es sustituido por herramientas que permiten desde lo global otros catálogos. La lista formal de referencias que constituye al cuadro de Brueghel se convierte en una experiencia que busca conjurar los medios que permiten su posibilidad.

En un extremo de la sala, como colofón, se muestran a muro tres oleos de pequeño formato, que apelan a ese último sustrato –en cuanto objeto pictórico–, que permite los medios para el resto de la aventura. Acompaña a la exposición una serie de textos hecha por Lorna Scott Fox, en los que describe las acciones que se suceden en los videos y que sirven de extensión literaria.

* Cortesía del artista.

RICARDO POHLENZ