Revisar el mito de El Dorado en América y preguntarse sobre sus derivas fue el vínculo que sirvió a los tres directores de las instituciones Fundación PROA, Buenos Aires, Americas Society de Nueva York y el Museo Amparo de Puebla para trabajar durante dos años en reuniones donde sumaron historiadores, antropólogos, filósofos y un comité curatorial integrado por Aimé Iglesias Lukin (Estados Unidos), Ramiro Martínez (México) y Adriana Rosenberg (Argentina). Esa revisión del mito abrió la posibilidad de explorar el territorio y –al hacerlo– conocer todas las materias primas y la inmensidad de los recursos encontrados en América que cambiaron la vida cotidiana de Oriente y Occidente a partir del siglo XVI; actualmente algunos se mantienen como explotación extractiva con tintes colonialistas, a los que se suma el litio, de enorme importancia en la era digital.

Se decidió agregar el subtítulo “Un territorio”, y que, frente a la variedad de enfoques, cada institución produjera su versión curatorial. De modo que esta primera cita en Fundación Proa, integrada por artistas provenientes de México, Argentina, Perú, Bolivia, Guatemala y Colombia, no es una exposición itinerante, sino que irá produciendo una constelación que incluye imágenes, textos y obras a lo largo de 2023 y 2024 en tres instituciones de tres ciudades diferentes. Los artistas no necesariamente están hablando sobre el mito, sobre la conquista en particular o las materias primas en especial, sino que al hacerlo se asocian a la curaduría con los temas que referencian la ambición de riqueza, la codicia, el comercio, los viajes, y también, el cielo y el infierno que esa exploración dejó sobre el terreno.


Algunas materias primas originarias de América cambiaron la historia cultural del mundo como el tomate, fruta originaria de los bajos Andes, o el cacao, de origen amazónico y cultivado por los mayas por más de 2.500 años. La papa, originaria del Perú y domesticada para su consumo, con más de 5.000 especies conocidas, y hoy uno de los alimentos más importantes del mundo. El uso del caucho amazónico a partir del látex extraído del árbol que llora, que dio origen a una explotación sangrienta. El ají, que llega a España hacia 1493, donde sustituye a la pimienta; o un parásito como la cochinilla, que al disecarse produce una sustancia roja intensa que fue usada para teñir las telas más caras. De hecho, fue el producto más exportado después del oro y la plata y el segundo que más ganancias generó para las personas involucradas en su comercio, tanto españoles como originarios. Con este caudal de posibilidades, la muestra “El Dorado. Un territorio” –recientemente galardonada como el Mejor Proyecto Expositivo Internacional por la Asociación de Museólogos y Museógrafos de Andalucía Premios EXPONE 3ª/2023– incluye obras donde lo contemporáneo se contrapone a otro tiempo histórico. Exhibe los objetos en préstamo del Museo Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, que incluyen admirar la calidad de las capas pluviales de los obispos finamente bordadas, junto con una Caja coquera (de la Escuela del Alto Perú), ambos de fines del siglo XVIII, donde el oro y la plata aparecen ligados a otro significado: el poder y lo divino.


En la planta baja se sitúa al espectador frente a la metáfora del viaje, la precariedad, la ilusión y la codicia. La obra inmersiva de Carolina Caycedo Patrón mono: ríos libres, pueblos vivos (2018/22) nos lleva a navegar en el río Cauca, donde se encuentran flotando pepitas de oro. Una obra que en septiembre pasado se proyectó en Times Square para llamar la atención sobre la milenaria relación de los pueblos y los ríos. El espejito dorado (1990), esa balsa que no navega y se encuentra fragmentada en el piso, obra de Clorindo Testa, y cerca, Víctor Grippo, con un dispositivo que alude al barco y al espejo-espejismo del huevo de oro en la pequeña caja, que son dos obras que formaron parte de “El Dorado”, la muestra organizada por Jorge Glusberg en 1990, en vísperas de la conmemoración del V Centenario del “Descubrimiento de América”, en 1992. También, la invitación para fomentar la oferta turística de Fernando Bryce en el políptico Turismo El Dorado, que usa el dispositivo del cartel para proyectar la aventura de exploración.


La segunda sala se colma de dorados fulgurantes, iluminados tenuemente para propiciar una contemplación silenciosa al recorrer las obras monocromas de Mathias Goeritz; las capas pendiendo del techo, realizadas con técnicas y materiales textiles de Olga de Amaral, o la materialidad de la pieza de Leda Catunda Dorado II. Un video de Pedro Terán reconstruye las ceremonias rituales del pueblo situado en la laguna de Guatavita, los muiscas, escena plasmada en una ofrenda votiva de aproximadamente 20 x 10 cm que representa el traspaso del trono, pieza que dio lugar a la leyenda de una ciudad de oro en Sudamérica. La ceremonia consistía en la inmersión en esa laguna del nuevo cacique, cuyo cuerpo se cubría con un polvo dorado en una balsa pequeña llena de objetos del mismo preciado metal.


Las formas en las que un territorio puede aludirse se perciben en la variedad de colores de montículos de tierra de la artista Teresa Pereda, traídos de diversas regiones a partir de intercambios con los lugareños, que están dispuestos en una mesa-mapa. Junto a ella, el despliegue de Naturalizar al hombre. Humanizar la naturaleza, la gran mesa colmada de papas y recipientes de laboratorio de Víctor Grippo, que fue llevada a la Bienal de São Paulo en 1977. Esas potencialidades conviven con la selva colombiana, una imagen intervenida del colectivo Mazenett & Quiroga, sumadas a las páginas de la flora continental a las que Sandra Gamarra les agrega sus dibujos a mano. Como metáfora crítica destacan las ruedas de tractor de Betsabeé Romero, Guerreros en cautiverio (2008), donde la artista talla, y luego cubre con hojas de oro, unos patrones abstractos para problematizar la explotación del caucho. El maíz, llamado el “oro latinoamericano”, protagoniza el despliegue de Marta Minujín de la performance de 1985 en The Factory (La fábrica), Nueva York: Pago de la deuda externa argentina a Andy Warhol, como una instalación que se recrea para las selfies, el video de la acción original y el registro fotográfico impreso y enmarcado. En la obra Elotes de balas, de 2016, del guatemalteco Benvenuto Chavajay Ixtetela, los elotes, o espigas del maíz, hechos con balas, condensan la temática sobre la violencia que sufrió más el pueblo indígena y el campesinado y cobró la vida de 250.000 guatemaltecos, entre 1960 y 1996. Las capas o chalas que las recubren se acondicionan en la obra de la tucumana Evi Tártari como un posible refugio. El valor de la papa a nivel mundial, presente en la gigantografía de Martin Chambi, que retrata a una familia de cosechadores, Ezequiel Arce y su cosecha de papas, de 1922-28, junto con el valor del morrón (originario también de estas tierras), en el registro de la instalación land art (arte de la tierra) de Florencia Sadir, así como la batata gigante hecha con aluminio y láminas de oro de Iván Argote, y las bellas obras de Tania Candiani, bordadas y teñidas con la cochinilla; todas plantean los conflictos y los modos en que se tensionan las dos posiciones colonialistas y poscolonialistas que atraviesan lo contemporáneo.


Santiago Montoya, colombiano radicado en Miami, esculpió dos obras en chocolate para esta muestra, Pirámide en chocolate, de 2023, que combina la pirámide dorada con la base del chocolate procesado, y se relacionan –en cuanto materia prima deseable y valiosa– con un grupo de las monedas de plata halladas en una cápsula del tiempo al costado de la Pirámide de Mayo, en Plaza de Mayo, Buenos Aires, y dos grandes alas del mismo metal precioso en las que el espectador puede jugar a ser un ángel para la selfie. Andrés Bedoya trabaja la plata con su relevancia histórica de extracción colonial en las minas de Potosí, lo que le sirve como un ancla histórico-conceptual de una instalación de cientos de moscas hechas de plata. Las moscas aluden a los ciclos de vida, muerte, de auge y declive, y al estar hechas en plata adquieren un valor objetivo que el metal atrae, equidistante del rechazo que generan las moscas.



Ximena Garrido-Lecca, artista peruana radicada en Nueva York, trabaja con sutileza el cobre, que demostró facilitar una conectividad mayor que cualquier otro de su especie, uniendo varillas con madera de especies originarias, mientras que el artista boliviano Gastón Ugalde despliega hojas de coca sobre el mapa de América del Sur. La muestra cierra con una obra casi inmaterial que se descuelga de una instalación de techo y se encuentra separada del resto de la sala; se trata de las piezas gofradas de Estela Pereda que toman la forma de amonites, esa subclase de moluscos cefalópodos que existieron en los mares desde hace 400 millones de años hasta su extinción hace 66 millones de años. Esta perspectiva temporal parece indicarnos que, aun con las injusticias y penurias que ocasionaron a las comunidades locales, primeras propietarias de estas tierras, la naturaleza de este pródigo territorio sugiere poéticas y mantiene una posición que envuelve innovación, culturas y economías.
PILAR ALTILIO

