Exposición Individualdic 2023 - may 2024· Por Mónica E. Kupfer

Donna Conlon & Jonathan Harker

Museo de Arte Contemporáneo – MAC

Las salas oscurecidas del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) evocaban la magia de los teatros y sus proyecciones luminosas. Una diversidad de pantallas y monitores, ubicados en el espacio, las paredes y el piso, mostraban el movimiento rítmico y enigmático de cosas mundanas como adoquines, botellas, tapitas de plástico, monedas, y hasta mangos. Esos objetos son los protagonistas de dieciocho excepcionales obras de videoarte creadas de manera colaborativa por los artistas Donna Conlon (EE. UU., 1966) y Jonathan Harker (Ecuador, 1975) a lo largo de diecisiete años.

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Donna Conlon y Jonathan Harker. Maníferos, 2021. Video HD. 9’58”. Vista de la exposición “Una retrospectiva seriamente juguetona de Donna Conlon y Jonathan Harker”. Museo de Arte Contemporáneo - MAC Panamá. Foto: Alfredo J. Martiz.

Esta “retrospectiva seriamente juguetona”, como reza el título, invitaba al espectador a explorar videos que se caracterizan por una hábil combinación de espíritu travieso, temas profundos y excelente manejo técnico. Organizada por el curador invitado Sandino Scheidegger y el curador jefe del MAC, Juan Canela, la muestra fue coproducida por el MAC y la Fundación Casa Santa Ana. Como complemento al proyecto, la fundación estará publicando un libro con textos de Paula Kupfer y Scheidegger, que documentará la carrera de este excepcional dúo de artistas.

La muestra se iniciaba con siete (Video) juegos (2008-2009) inventados, cuyas fichas son objets trouvés, como ladrillos y mosaicos rotos, que los artistas encontraron en una especie de arqueología urbana. De los dos jugadores en los (Video) juegos solo se ven las manos, que mueven las piezas siguiendo una lógica desconocida. Asemejan los juegos de mesa de tantas tradiciones, que en este caso sirven para simbolizar temáticas de peso sociocultural como la colaboración, la identidad política y las interacciones de poder y de género. Incluso había una mesa en la que aparecía proyectado en vivo un tablero en el que dos visitantes podían enfrentarse en una contienda “real” de su propia invención.

En lugar de presentar cada video en su propio cubo negro, este montaje fue más libre, y el sonido de cada una de las múltiples obras se filtra, con mayor o menor impacto, en las demás. Los curadores lograron transformar los espacios con fluidez; un proceso cuidadosamente pensado, si se considera el rol fundamental del sonido en el videoarte. La sala más impactante estaba en la planta alta, donde tres enormes pantallas orientadas en forma de triángulo abierto proyectan Efecto dominó (2013), Zincfonía tropical (2013) y Voz a la deriva (2017). Son tres videos que tienen en común la manera en que dan vida propia a objetos inanimados, que aparecen en continuo movimiento. Es un logro considerable que el sonido de los adoquines que caen uno tras otro en el primero no hacen guerra sonora con los mangos que ruedan por techos de zinc en el que le sigue, ni estos con la botella vacía y el agua que corren por las calles de la ciudad durante un aguacero en la pieza del fondo.

En comparación, el montaje de una pequeña sala oscura, en la que cuatro videos aparecían uno a la vez en cada una de las paredes, parecía menos interesante, por lo menos inicialmente. Le daba chispa el hecho de que cada video se iniciaba al terminar alguno de los otros, de manera aparentemente aleatoria, que mantenía al público atento. Los visitantes que se quedaban a ver las cuatro obras, o que revisitaron esa sala, resultaban ricamente recompensados en placer estético, factor sorpresa, sentido del humor y mensajes sociopolíticos. La sala incluyó Drinking Song (Canción de parranda, 2011), Tapitapultas (2012), Manos invisibles (2014) y Bajo la alfombra (2015), cuatro videos que comparten tanto un carácter narrativo como historias simbólicas, con el característico sentido del humor y de ironía de estos artistas. En cada uno, Conlon y Harker (o a veces solo sus manos) aparecen “jugando” con objetos de la vida diaria, como botellas de cerveza, tapas plásticas, monedas, escobas y basura, que emplean para comunicar preocupaciones graves como la corrupción, el lavado de dinero, las situaciones neocoloniales y la contaminación de la naturaleza.

En el recorrido por la muestra había una parada intermedia para ver Lotería (2017), un video onírico en blanco y negro, de un estilo cinematográfico diferente, evocador del film noir de los años cuarenta. Más adelante, en otra área de transición, vimos Estación seca (2006) y Brisa de verano (2007), los dos primeros videos de Conlon y Harker, en pantallas que creaban un triángulo en el piso. En el primero, los artistas lanzan una lluvia de botellas vacías sobre lomas de vidrio reciclado ante un trasfondo de montañas naturales. Es una obra que, según Conlon, combinaba –desde aquel primer momento– sus “preocupaciones con los conflictos entre lo natural y lo artificial” con el “sarcasmo y la inclinación por lo absurdo” de Harker. También juegan con el tema del clima y el exceso de basura en Brisa de verano, donde el viento crea un collage de coloridos desperdicios sobre una cerca de ciclón.

La exposición culminaba en una sala donde estaba proyectado de manera individual y en gran formato el video más reciente, titulado Maníferos (2021). Como en una pieza de ciencia ficción, muestra unas extrañas, y un tanto monstruosas, manos humanas (sin cuerpos) que se mueven por un bosque artificial de árboles de teca, donde aparentan jugar, esconderse, e incluso aparearse. Como en toda la producción videográfica de Conlon y Harker, ofrece amplios incentivos para la imaginación del observador, así como una oportunidad para divertirse, pero también para pensar en las ironías de la vida y de la historia; las injusticias sociales y políticas; así como la relación de los seres humanos con su mundo, tanto el natural como el que han construido.

MÓNICA E. KUPFER