En este montaje, Daniel Guzmán da continuidad a búsquedas que realiza desde 2017, aquí con obra de 2018 hasta la fecha, y las conjuga con expansiones de su expresión a soportes tridimensionales, donde vincula obras y elementos de escalas y procesos comunicativos diferenciados.
En el muro perimetral se suceden diversas obras pictóricas que uno puede poner en relación con cuatro estructuras al centro del espacio expositivo. Guzmán alude a este conjunto como “formas de leer y de encontrar un camino a casa”. Este lugar será un motivo visual recurrente en distintas obras, como símbolo sembrado en medio de superficies de ninguna parte o como un ser enojado y derribado, o formando parte de algún cuerpo o del que salen sus órganos, o que está amenazado por algún personaje enorme y gesticulante.

Y en cada sistema trata los temas Matando al padre, Matando a los hijos, Enterrando a los muertos, y Señales de vida, para detonarnos más y más preguntas por las asociaciones entre materiales. Algunos de sus elementos son:
Matando al padre opone el trazo del símbolo infinito y las dualidades objeto-cosmos, sujeto-caos, aludiendo a la defecación, a fosas comunes que hacen ineludible pensar en el México de las desapariciones forzadas.
Matando a los hijos tiene guiños al marxismo como teoría social en una inscripción en que ese acto es visto como comunismo primitivo, y hay una escena en que un gran personaje militar derriba a otro pequeño: ¿Estado-individuo, padre-hijo?
Enterrando a los muertos combina relecturas de relatos bíblicos, una guitarra que puede detonar la presencia de lo musical en las festividades mortuorias, de nuevo el símbolo infinito con las dualidades objeto-cosmos, sujeto-caos, pero esta vez con reflexiones sobre la longevidad.
Señales de vida es el conjunto con un video proyectado desde un celular detrás de una calavera acrílica con una leyenda sobre la impermanencia. Podría simbolizar el incesante y locuaz trabajo de la mente, y está acompañado de un texto sobre una madre que recomienda poner por escrito los pensamientos, construirlos. El audiovisual exhibe hombres expulsados de un futuro y un pasado, agentes integrados a la información que registran sobre una expedición a un planeta y la exploración de los vestigios ahí, con paráfrasis o citas de Borges: “besar con barbarie páginas pero no descifrar letras” —quizás con el artista mismo filmado observando algunas obras, cuando trabaja en taller, y hay tomas de objetos acumulados—.
El exterior de cada uno de estos nodos los llama Ensayos de campo de concentración de narrativa temporal. En estos paneles agranda motivos y combina colores contrastantes y les superpone, a veces, versiones de obras pictóricas a modo de boceto o en proceso, delineadas sobre fondo blanco, de las que luego vemos versiones más acabadas en otras partes de la muestra.
Tanto en las pinturas circundantes como en los elementos de la configuración central las densidades de sentidos irradiantes, simultáneos pero diferenciados, son el hilo conductor de la percepción.
Hay citas a tradiciones y representaciones indígenas (deidades descendentes o de pie, el desollado, grecas o cenefas), acercamientos críticos a tópicos como la familia, lo religioso, alusiones a agentes de violencia, en lo que podrían ser militares, cascos, gorros de exploración, escenas de tortura; corporalidades, géneros y sexualidades femeninas y masculinas expuestas, su escatología; de algunas se desprenden posibles vísceras que se adosan a planos o muros, otros cuerpos son atravesados o penetrados por objetos; entornos arquitectónicos saturados de colores contrastantes o de planos, imposibles en lo real pero convincentes a la vista como lugares que se habitan.
La diversidad de soportes son oportunidades para lo expresivo: papeles kraft y bond, hojas de cuaderno, papel milimetrado, dibujos enmarcados, tablas, lienzos, las estructuras de madera crudas por el reverso, y algunas figuras talladas en ellas (rayos, manos, huesos).
Los distintos grados de acabados o no dentro de cada elemento presentan trazos que articulan distintas funciones de lo visual: obra artística, ilustración, cómic, gesto y aplicaciones de color minuciosas o desaliñadas, áreas inconclusas o de expresión súbita, delineados mínimos, soportes con sus texturas exhibidas tal cual.
Todos estos son algunos rasgos generales del entramado que Daniel Guzmán nos propone recorrer y que él interviene transversalmente con reminiscencias de otros creadores desde la literatura, la música, u otras prácticas culturales de predicción o interpretación de las situaciones.
Podemos decidir seguir el recorrido que el montaje y las fichas técnicas en kurimanzutto nos sugieren, pero luego también diseñar la exploración propia. En los muros, es posible encontrar diálogos de la distribución mezclada de distintos ejes de su producción pictórica: relecturas al género de naturaleza muerta con esqueletos y restos humanos y objetos-emblemas cotidianos que nos podrían sugerir lo mexicano o el campo, ofrendas o restos alimenticios animales; representaciones de inquilinos o de partidas de cartas, con corporalidades de un habitar o jugar despreocupados. A veces el tratamiento de ciertos colores se repite en distintas áreas.
Daniel Guzmán vive y trabaja en Guadalajara (México). Fue residente en International Studio & Curatorial Program (ISCP, Programa internacional de estudio y curaduría), en Nueva York; ganador del primer premio del Concurso de instalación en Ex Teresa Arte actual, miembro del Sistema Nacional de Creadores y becario Jóvenes Creadores de la Secretaría de Cultura en México.
EUGENIA MACÍAS
