El título de este artículo remite a un logro que parece absolutamente imposible de conseguir. Porque si es cierto que para Martin Heidegger vivimos desde hace un par de siglos en la “época de la imagen del mundo”, también lo es que, desde el advenimiento del teléfono móvil, pequeños computadores con cámara fotográfica incorporada, la proliferación de imágenes es infinita. ¿Cómo es posible entonces hablar de una imagen de la época cuando son tantas que esta genera a cada instante que es prácticamente imposible siquiera contarlas? Y menos aún verlas todas. Mientras escribo este párrafo o tú lo lees, cientos de miles de imágenes se han añadido a las que existían antes que yo escribiera y tú leyeras. Canogar propone, sin embargo, una manera de hacerlo: darles imagen a los flujos ininterrumpidos de información que son específicos de nuestra época y a los que definen tanto el lenguaje binario como el internet que mantiene activos y en tiempo real. Los alimentan las imágenes que captamos con los teléfonos móviles. Pero no solo ellas, evidentemente. También los incrementan exponencialmente las omnipresentes cámaras de vigilancia, el periodismo y la televisión online 24 horas sobre 24 y 7 días sobre 7, la red de satélites, etcétera. Canogar viene a decirnos con su obra que, si no podemos tener una única imagen representativa de nuestra época, sí que podemos tener en cambio imágenes de los flujos infinitos de información que la caracterizan. Sus imágenes ponen en escena flujos mismos antes que a la información que circula a través de ellos.
Para que él llegara a esta conclusión hicieron falta, sin embargo, todas las etapas previas de una carrera artística que ya dura más de tres décadas, y en la que el tema recurrente han sido las tecnologías de la imagen. En el inicio estuvo su pasión por la fotografía. A los 14 años montó su propio laboratorio fotográfico e inició la notable colección de cámaras fotográficas, que ahora exhibe con orgullo en su estudio de Madrid. Así como su precocidad con la escena artística neoyorquina de los años 80 y 90 del siglo pasado, cuando la vanguardia de entonces criticaba radicalmente el formalismo geométrico adoptado como paradigma de la fotografía y celebrado como uno de los logros máximos de la modernidad. En las series de composiciones fotográficas Palpitaciones (1998) y Osarios (2001), Canogar desafía tanto dicho paradigma como el culto al “instante decisivo” y, por lo tanto, a la imagen única e irrepetible, componiendo series en las que se repiten las imágenes de manos, en el primer caso, y los huesos, en el segundo.
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