Bárbara Brändli (Suiza, 1932–Venezuela, 2011) es una figura legendaria en la construcción del imaginario ancestral de los pueblos indígenas venezolanos, desde una perspectiva que vincula la más elevada mirada hacia lo estético al más profundo sentido de la investigación antropológica. En su juventud, en Ginebra, se inició en estudios del ballet clásico y posteriormente, en París, comenzó una carrera como modelo para las casas de alta costura. Estas actividades (la danza y el modelaje) le afincaron una profunda atracción por el cuerpo humano y su movimiento que la condujo a la fotografía como ejercicio profesional. De ahí que el cuerpo está presente como una musculatura esencial a lo largo de su obra, en las series dedicadas a la danza, el teatro, la vida urbana y las poblaciones ancestrales. Brändli es motivo de culto para los especialistas por el enfoque original de los detalles de vida, las creencias, los ritos y el desenvolvimiento de las etnias makiritare, sanemá y yanomami. Fue muy cercana a sus culturas y, fundamentalmente, a su dignidad, la que defendió con seriedad y respeto. Sus fotografías reflejan la búsqueda primordial de los mitos de creación, y, aunque no estuviese específicamente interesada en la mitología, la asumió como parte de la comunidad tribal para un mejor acercamiento a su comprensión de la realidad. Ella determinó la significación del mito en dichas etnias como un proceso que va más allá de los relatos de creación de mundo repetidos por generaciones y son, más bien, expresión y sustancia del universo espiritual, expresados en cosmogonías, visiones del mundo y de la vida. El Sol y la Luna, astros cercanos a su visión y experiencias temporales cíclicas, fueron sus guías para relacionarlos con la vida terrestre. Por eso, tituló Los hijos de la Luna al libro de 1974 que recoge su trabajo indigenista y cuyas fotografías forman parte de esta exposición, y expresa la manera como la artista parte del mito como primera elaboración del ser humano, y los conjuga con elementos arquetípicos que, gracias a los rituales, pasan a formar parte de la realidad.

En la exposición encontramos imágenes memorables como Niño sanemá. Kanarakuni, región del Alto Caura (estado Bolívar, Venezuela, 1964), una obra que que ha pasado a formar parte del imaginario visual venezolano y ejemplifica la fuerza estética de su lenguaje en el solo rostro rodeado de negro, dado que Brändli fijaba mayormente en la noche sus fotografías, generando una luz muy interesante y oscura. En otras fotografías como Comunidad yanomami de Mavaca (región del Alto Orinoco, estado Amazonas, Venezuela, 1965); Baile del pijiguao en la comunidad yanomami de Mavaca (región del Alto Orinoco, estado Amazonas, Venezuela, 1965); Jóvenes yanomamis (Mavaca, región del Alto Orinoco, estado Amazonas, Venezuela, 1965) o Niños sanemás, (Kanarakuni, región del Alto Caura, estado Bolívar, Venezuela, 1964), se revela el interés por la danza, y que movió a Brändli en sus orígenes, y logra un discurso que va del sacramento ritual al gozo del cuerpo. Estas son imágenes inéditas. Antes de Brändli no se tenía esa visión de las etnias venezolanas. No se trata de un simple registro o un reportaje de imágenes, sino de la compleja construcción estética del mundo de lo diferente, y esta capacidad constructiva es el señalamiento principal de la curaduría a cargo de María Teresa Boulton y Johanna Pérez Daza, que desplegaron una relectura de la obra, siendo a la vez un homenaje a Brändli y a las comunidades indígenas a las que dedicó parte de su trabajo. La exposición se enfoca en los conceptos fundamentales desde una perspectiva que engloba diversos modos de desarrollo en la museografía. La solución es una osada –mas no efectista– ambientación que reúne videos, hojas de contacto y fotografías en diálogo con las imágenes de las pesquisas astronómicas del telescopio espacial James Webb, y el acompañamiento musical de la música electrónica compuesta y cantada por Andrea Ludovic y la mezzosoprano Janis Denis, que dan un contexto contemporáneo a estas fuentes y estos sentimientos originarios. Ello permite relacionar el origen mitológico indígena con el origen de nuestro universo, acompañados de la creación de arquetipos terrenales. Estamos ante una intención atrevida que no se detiene solo en la fotografía y lo físico del indígena, sino también en su espiritualidad, mitología, cosmovisión, lo que de alguna manera conlleva la consideración del universo y sus vínculos con las tradiciones, creencias y culturas ancestrales. Gracias a la música y a las investigaciones e imágenes científicas recientes del espacio, el espectador puede imaginar una alianza espiritual entre la cultura indígena primigenia y la cosmología contemporánea. La idea es hacernos penetrar el contexto cósmico de los dos tiempos (el ancestral y el contemporáneo), como si estuviésemos viendo el cosmos por primera vez desde la mirada yanomami o sanemá. Se construye, así, la síntesis de un universo que repiensa y reúne el pasado con el presente y contempla el complejo legado ancestral para abrirnos a un igualmente complejo futuro.
“Orígenes y originarios” de Bárbara Brändli constituye un aporte al conocimiento de la obra de esta fotógrafa poco difundida hasta el momento. Representa un estímulo a futuras investigaciones en los varios registros de su trabajo como la danza y teatro, además de los enfoques urbanos desarrollados en dos ediciones que la ubican como pionera del fotolibro en Latinoamérica: Duraciones visuales (1963) y Sistema nervioso (1975); pero sobre todo, abre interesantes interrogantes en cuanto a la posibilidad de que los relatos míticos y las imágenes rituales aporten conocimientos sobre el universo, así como también alternativas para estudiar y enfocar los estudios ancestrales con los avances más recientes.
MARÍA LUZ CÁRDENAS
