Los primeros días de septiembre abrió sus puertas la 35ª Bienal de São Paulo, la segunda bienal más antigua del mundo y el evento de arte contemporáneo más grande del hemisferio sur y América. Los días previos a la apertura, se sentía en la ciudad una energía fuerte. La gran cantidad de eventos paralelos en galerías, espacios independientes y museos se sucedían repletos de visitantes internacionales, y el contexto local contagiaba entusiasmo en un momento que se sentía importante.

Titulada “coreografías de lo imposible”, el proyecto está curado por un equipo formado por Manuel Borja-Villel, historiador del arte; Grada Kilomba, artista multidisciplinar, escritora y teórica; Diane Lima, curadora independiente, escritora e investigadora; y Hélio Menezes, antropólogo, crítico e investigador. Un grupo heterogéneo que enunció desde el inicio una forma de trabajo horizontal, sin la jerarquía de un curador jefe o la homogeneidad de un colectivo, y que se propone como una forma de coreografiar que considera los distintos antecedentes, formaciones o áreas de actividad de cada componente. Lo cierto es que la exposición reúne una gran variedad de artistas y colectivos que evidencian la diversidad curatorial.

El recorrido propuesto en el mítico pabellón Ciccillo Matarazzo, gracias al diseño arquitectónico del estudio Vão, nos hace comenzar desde el último piso, y de ahí, realizar varias subidas y bajadas por las escaleras, haciendo partícipes a nuestros cuerpos de esas coreografías que buscan “construir espacios y tiempos de percepción que desafíen la rigidez de la linealidad temporal occidental”. Ya desde el inicio, la linealidad se rompe sin concesiones.
Toda la exposición está imbuida de esa voluntad de cuestionar y desafiar la temporalidad hegemónica, sin duda algo crucial en nuestros días para poder imaginar una existencia que nos aleje de la autodestrucción planetaria. En un territorio como Brasil, uno de esos lugares donde África y América se encuentran intensamente, atravesado por culturas, creencias, diásporas, o ancestralidades negras e indígenas, el tiempo se mide, habita y comprende de formas que escapan completamente a la cronología traída por los europeos. Y es desde ahí desde donde se va entretejiendo esta bienal.

Tratemos de hilvanar un recorrido por algunos de los trabajos presentes. Muy al inicio, nuestros cuerpos se ven inevitablemente afectados al caminar a través de la instalación inmersiva de Ayrson Heráclito y Tiganá Santana. El trabajo es un homenaje al bosque, a ese lugar poblado de vidas materiales e inanimadas en que se convirtieron los ancestros, una ofrenda a las fuerzas de la naturaleza que hacen posible nuestra existencia. Espejos, luces, sombras y sonidos nos envuelven en una percepción de infinito boscoso habitado por entidades africanas, afrobrasileñas e indígenas, donde nuestra percepción comienza a atender a cuestiones sensibles teñidas de conocimientos ancestrales.

Conocimientos como el jaguar en la cultura maya, que tiene la habilidad de trascender el espacio y tiempo, facilitando las comunicaciones y conexiones entre los mundos de los ancestros y de los vivos. En el video XAR – Sueño de obsidiana (2020-2022) del guatemalteco Edgar Calel, realizado con el cineasta brasileño Fernando Pereira dos Santos, el artista viste la piel de un jaguar mientras camina por el pabellón de la bienal, vislumbrando cómo era originalmente el lugar ocupado por los indígenas que habitaron originalmente este territorio. Entre sueños y recuerdos, el caminar ritual de Calel alrededor del pabellón constituye una transmutación entre humanos y no humanos que trasciende el espacio y el tiempo, y también un homenaje a la comunidad.

El tiempo lineal que emana de las nociones de progreso y no retorno de la Europa moderna se evidencia incompatible con las concepciones del tiempo de las culturas indígenas de las Américas. Basada fundamentalmente en cuestiones míticas que se reinscriben en la vida cotidiana a través del ritual, el tiempo indígena se aborda desde el intercambio de conocimientos y afectos. El delicado pero contundente trabajo de Denilson Baniwa revela la posibilidad de cosechar y comer como realización del acto de compartir y reelaboración de la memoria. Baniwa trabaja con el material de archivo enfatizando y atacando el tiempo acelerado, apostando por la escucha, la espera y la reflexión.
Como apunta la teórica Leda María Martins, cuyo pensamiento sobre el tiempo espiral está bien presente en la bienal, en determinadas culturas este es un lugar de inscripción de un conocimiento que se genera en el gesto, en el movimiento, en la coreografía, en la superficie de la piel, así como en los ritmos y timbres de la voz. Toda una pléyade de saberes, de los más concretos a los más abstractos, fue restituida y repasada por otras vías que no están en la escritura, pero sí en las inscripciones orales y corporales, grafías performadas por el cuerpo y por la voz de la dinámica en movimiento.

Cuerpos que generan formas, como las realizadas por los zapatistas que, después de un tiempo en silencio, de repente salieron de los bosques. Cuarenta y ocho mil personas empezaron a moverse en espiral por varios municipios de Chiapas en 2012, remitiendo al fin del mundo occidental para el calendario maya, y abriendo el comienzo de algo nuevo. La espiral es también el caracol, la forma de gobernanza zapatista. La instalación del Grupo de Arte e Investigación Política (GIAP), un colectivo que produce publicaciones, exposiciones y conferencias sobre estética y autonomía zapatista, y que desde 2017 también organiza residencias para artistas y académicos en Chiapas, trae a la bienal una serie de bordados, pinturas, danzas y acciones de las milicias que evidencian la poética performatividad del zapatismo, así como las formas de construcción de este otro mundo posible.
Los cuerpos zapatistas entendieron desde el inicio el poder performativo de sus acciones. Aparecer y desaparecer, movimiento y forma, final y principio. Movimientos que son rituales en su capacidad de moldear el tiempo. El ritual es esa extraña y perdurable presencia que genera un tiempo y un espacio excepcionales, en el cual la atención y la percepción se transforman en aquella instancia en la que no existe una sola posición, sino distintas posibilidades de acción fluidas e intercambiables.

El proyecto audiovisual de Aida Harika Yanomami; Edmar Tokorino Yanomami y Roseane Yariana Yanomami, narra las historias íntimas del pueblo Yanomami sobre dos de sus rituales. En un momento de lucha contra la extinción, la conexión del pueblo Yanomami con el sueño y sus cosmologías estructura un sistema de creencias sobre la conservación de la existencia mundana, y son poderosas armas a través de las cuales emerge la vida y nuestra posibilidad de futuro.
Ante las presiones del capitalismo implacable y el extractivismo despiadado, queda resistir en los territorios, o queda migrar a la búsqueda de nuevos horizontes. Las esculturas a gran escala de Guadalupe Maravilla nos enfrentan con extrañas formas ensambladas con materiales moldeables e instrumentos musicales, cuya vibración es capaz de generar espacios terapéuticos. A partir de los propios traumas vividos en su experiencia migrante entre Centroamérica y Estados Unidos, Maravilla conforma esta suerte de “máquinas curativas” capaces de abrir portales para comunicarnos con los ancestros a través de un ritual colectivo.

La película presentada por Raquel Lima transita también una historia de trauma a través de la palabra, el cuerpo y el borramiento. En la isla de Santo Tomé, en el golfo de Guinea, las grietas de las casas coloniales revelan la presencia de los cuerpos negros que fueron mercancía. Las palabras de la artista conforman una dimensión ontológica que propone otras formas de narrar la vida cotidiana y la historia; una cosmovisión que coreografía significados en diferentes tiempos. Ningún pasado puede borrarse, pero quizá sus huellas pueden transformarse.
Como apunta Denise Ferreira da Silva en uno de los ensayos del catálogo, “la negritud es una amenaza al significado, un cuestionamiento radical de lo que viene a aparecer bajo los (términos de) ‘común’. Si el mundo ordenado asegura significado al ser supuestamente cognoscible, si este mundo es todo lo que el hombre común puede entender, entonces la negrura dirige la existencia a la expansión en los restos del espacio-tiempo, corpus infinitum”.
Las esculturas de Sonia Gomes desafían de algún modo esa existencia, conteniendo historias y afectos en cada torsión de las telas, los hilos y alambres retorcidos, cosidos, enganchados y transformados que las componen. La materia, que guarda todavía el movimiento ritual, se relaciona más allá de la representación con los cuerpos que las rodean y se les acercan, condensando el tiempo y los recuerdos entrelazados de la resistencia milenaria de las mujeres negras.

Las maravillosas pinturas de Rosana Paulino confrontan la violencia de los estereotipos del cuerpo femenino racializado, imaginando cuerpos-seres-naturales que construyen otros arquetipos y reivindican los afectos y psiques expropiadas. Los recuerdos entrelazados de la resistencia milenaria de las mujeres negras toman forma y se manifiestan en las “coreografías de lo imposible”. Los cuerpos se fusionan con las plantas y los animales, enraizándose en los cultivos para absorber los conocimientos enredados en la ancestralidad profunda. Emergiendo como tótems del ritual, estas figuras beben de las religiones afrobrasileñas, conectado con lo afrodiaspórico, permitiendo intercambios entre mundos.
En la delicada instalación de Citra Sasmita, realizada siguiendo el estilo centenario de pintura Kamasan de Bali, con pequeñas figuras, pero trabajado desde un lenguaje contemporáneo, los cuerpos de mujeres mitológicas, musas, diosas, criaturas mitad humanas, mitad bestias, mitad árboles, cobran vida en complejas coreografías. Un baile de lo ancestral con lo contemporáneo a través de las formas ondulantes de la tela en el espacio y los cuerpos híbridos que las habitan.

Los seres en las pinturas de Wifredo Lam nos remiten a las fuerzas de los orixás. Formas a medio camino entre lo humano, lo animal y lo vegetal que generan una fuerza decolonial enraizada en el entorno. La obra de Lam incide en la naturaleza cambiante, las intersecciones ontológicas y los pasajes entre los mundos materiales e inmateriales.
Y en ese intersticio es que nos adentramos en la instalación-entidad de Daniel Lie, que desafía de nuevo las nociones de temporalidad desarrollando a base de materiales orgánicos, resultado de procesos de degradación/transformación de los elementos que la componen. Lie crea un espacio en el cual los efectos del paso del tiempo en los materiales, y la eventual generación de nuevas vidas derivadas de las relaciones establecidas entre agentes orgánicos, son los protagonistas. Las sinuosas formas terrenas llenas de vida dibujan en el espacio un ente natural que parece crecer desde el centro hacia el exterior de sí mismo. La forma de la materia se hace tótem de posibilidades incontrolables.

Y una forma, de nuevo la espiral, es la imagen que abre la película de The Living and The Dead Ensemble, un colectivo transnacional en el que el viaje es parte de su proceso creativo. Haití-Francia, bosque-playa, pasado-futuro, revolución-crisis. Poesía, performance, cine, música y teatro se fusionan con intensidades variables y borrosas. La espiral evoca fantasmas, adentrándonos también en ese espacio liminar entre los vivos y los muertos. Tras este desplazamiento entre mundos, tiempos y países, la música y la danza interpretadas por los miembros del colectivo convocan al cuerpo a arder, y nos invitan a vislumbrar utopías (im)posibles en la carne de las obras.

La bienal acoge también distintos proyectos de resistencia colectivos que se desenvuelven en temporalidades, formatos y convenios distintos. Estructuras que trabajan e imaginan utopías en el día a día de sus prácticas. Resiliencia de la vida ante los embates del capital. Como, por ejemplo, la Cozinha de la Ocupação 9 de Julho, nacida de la dinámica de un edificio ocupado por casi quinientas personas del Movimento dos Sem Teto do Centro (MSTC), que se hace cargo de la alimentación de los visitantes y trabajadores en el evento; el Quilombo Cafundó, una comunidad afrodescendiente rural iniciada por Joaquim Congo y Ricarda en las tierras que heredaron después de liberarse de la esclavitud; el Archivo de la Memoria Trans, creado en Argentina y que busca proteger, construir y recuperar memorias de la comunidad trans a través de fotografías, videos y recortes de periódicos y revistas; o la Sauna Lésbica, un movimiento colectivo para celebrar los afectos de lesbianas negras y tortilleras y un espacio placentero, seguro y provocativo para experimentar la política, lo espiritual y lo profano.

Esta bienal compone una amalgama de posibilidades para imaginar lo imposible. El encuentro de los poderosos trabajos, tan diversos como consecuentes y certeros, anima y aviva las condiciones que perturban el lenguaje habitual. Sorprende cómo consigue, a pesar de ser un proyecto sin un concepto central, sino una cantidad de cuestiones que se entretejen, ser de una contundencia y coherencia extraordinarias. Los cuerpos, gestos, sonidos, movimientos, giros, contragiros, contorsiones y confrontaciones que emergen de las ancestralidades negras e indígenas, del cruce atlántico de lo viejo y lo que viene, se aglutinan en cada curva que dibujamos al caminar en la visita.
Al salir del pabellón, la energía que se ha ido acumulando en cada paso y cada mirada nos toca intensamente las entrañas. En sintonía con los tiempos que vivimos, y con el contexto que habita, la exposición desafía los cimientos del mundo occidental desde sus mismas grietas, evidenciando cómo cada día se hacen más y más profundas, al tiempo que de ellas surgen aquellas coreografías que parecían imposibles, pero que pueden llevarnos a formas de expresión inimaginables.
JUAN CANELA

