Según nos refiere la curadora Karen Cordero, la obra de Teresa Serrano parte de una postura política integral que une su experiencia personal con los acontecimientos políticos y sociales que –para bien o para mal– han definido su lugar y su circunstancia. Es, precisamente, a través de estos vasos comunicantes entre el entorno privado y la esfera pública que se difiere y transforma su propia percepción del mundo para luego regresarlos a este, con la esperanza de que, a través de sus versiones y representaciones, eso que lo define cambie, se renueve o se mueva, aunque sea mínimamente. Su obra, a lo largo de más de treinta años de trayectoria, se nos presenta desde el tamiz de lo retrospectivo como un gran aparato dedicado a particularizar lo general, haciendo de los acontecimientos algo que es a la vez íntimo e invasivo, denuncia y validación.
En un texto que cita Karen Cordero, la propia Teresa Serrano nos da las claves que arman y accionan sus dispositivos: “Desde los nueve años mi padre me ponía a leer los titulares de los periódicos de los sábados y los domingos, me creó la necesidad de saber lo que ocurría en el país, y sin darme cuenta, acabé por convertirme en un ente político”. Y aún, ella misma no se ve como una “activista real”, dado que su activismo lo hace desde su trabajo: se acepta feminista y concluye que como artista recurre al final a la poesía.

Los encabezados de los periódicos que leyó desde niña se desarticulan para convertirse en palabras que no son dichas, sino que, materializadas en la sala, ya sea con rótulos, tubos de neón, talladas en concreto, o con tipos metálicos de gran formato, traslucen esa realidad que se nos vende para conjurarla y traerla, en cuanto esencia y materialización, como última abstracción de la violencia, dicha en la posibilidad –todavía– de una redención. Así, armas sutilísimas, máquinas de sentido como Cordón umbilical (1993). Dos espejos se reflejan uno al otro, sostenidos en una base de aluminio y unidos a través de un tubo pegado con cerámica. Uno se dice al otro sin poderse decir a sí mismo, sino en el otro, como reflejo del otro, sin poder ser uno o el otro, siendo precisamente eso, el reflejo.
Siguiendo la reflexión formal que va generando a partir de estas paradojas, saltamos a Espejismo (2019), que dice literalmente eso: con tubos doblados de luz de neón se puede leer a muro en manuscrita brillante, remedando aquellos anuncios luminosos que adornan las entradas de bares y clubes. Eso que es una ilusión, a partir de una promesa o una esperanza, como la provocada por el reflejo de la luz sobre la arena en el desierto, que lleva en cuanto metáfora a una objetualización radical: la ilusión es lo que ves, lo que dice que ves.

En ese sentido, puede apreciarse dentro de su trayectoria un mapeo emocional, dicho literalmente, que abarca desde la representación que hizo de Manhattan (The Island [La isla], 1990), cuando recién se había mudado para allá, luego de decidir un cambio de vida radical –teniendo los medios y el apoyo para hacerlo–, cuando el último de su hijo dejó el nido, hasta su instalación 52 weeks, 52 years (52 años, 52 meses, 1997), título que alude a los ciclos mayas, y que está constituida por piezas de hierro forradas en tejidos multicolores de yute –cada una hecha a lo largo de un mes durante 52 meses– dispuestas en la sala como mapa y escenario, emulando a la vez espacio y duración.
Según apunta la propia Karen Cordero, la exposición está constituida por varios ejes temáticos: el primero es la politización de lo personal, que define los procesos tempranos de su trabajo. Le sigue el que se refiere a lo duro, lo suave y lo sensible: en cuanto a las intenciones y los materiales de sus piezas. Después están las pautas ecofeministas, luego los giros narrativos, donde se compendia su trabajo en cine y video, para cerrar con Mujeres volcanes (2022), videoinstalación hecha exprofeso para esta muestra, que nos describe Teresa Serrano como “un grito de desesperación, de auxilio y de enojo, la falta de atención que gobierno y sociedad ponen ante la violencia contra las mujeres”. Y aún, desde la denuncia, estas mujeres que exhalan humo, cenizas y lava se convierten en nuevas prometeas, trayendo el fuego nuevo, respirándolo, diciéndolo, siéndolo; en una trasposición contemporánea de mitos, cultos y referencias.
El nombre mismo de la exposición alude a un filme emblemático de Ingmar Bergman, pero la añade, precisamente, como clave, esa connivencia o complicidad al respecto de lo que tenemos enfrente, y los términos en los que debemos asumir su literalidad: las dobla o las pandea para acercarlas, para vincularlas, para convertirlas en algo propio, más allá de la violencia que las genera, o más bien, a pesar de ellas, como rasgo último de consuelo, de contacto, aunque sea desde lo referencial, portátil, como la Isla jardín (2000-2022), creada y acumulada a lo largo de los últimos años, que sirve a la vez como remanso y pieza central de la retrospectiva: un entorno que igual puede ser rodeado o atravesado, según quiera uno saberse frente al mundo mismo, como lugar y representación.
RICARDO POHLENZ
Escritor, poeta y crítico de arte.

