Sheroanawe Hakihiiwe (Sheroana, Amazonas, 1971) presentó una antología reciente de obras en la Galería ABRA Caracas. En ella, el artista abre caminos para la comprensión de la creación y sus vínculos con la naturaleza, el cosmos y la problemática social que rodean el hacer y crecer en zonas marginadas en Venezuela. Sheroanawe Hakihiiwe se ha ubicado en los primeros renglones del contexto internacional de difusión de las artes, luego de su participación como uno de los invitados a la exposición central de la 59ª Bienal de Venecia y la muestra en la Fundación Cartier, en París, así como por su inclusión en prestigiosas colecciones públicas y privadas en todo el mundo. Acá tenemos veintitrés obras (monotipos y dibujos en acrílico) en papeles de algodón y fibras realizados a mano. El espacio expositivo fue concebido como una totalidad, una casa eterna, que podría entenderse como un recorrido por los temas y problemas que asedian su trabajo: la preservación de la memoria oral de su pueblo y una conexión profunda con las cosmogonías, tradiciones ancestrales, el entorno espacial en que habita, la naturaleza, la flora, la fauna y el paisaje. Este es un trabajo no alineado con tendencias o estilos. Su producción no proviene del mundo académico o las corrientes aceptadas, ni por formación, ni por las características plásticas de la obra, que son absolutamente desencajadas de las tradiciones representativas.

El eje organizador del espacio es El poste que no se termina, el palo de chamán, lo que usan los chamanes y los brujos cuando enseñan a los jóvenes. El palo es la casa del espíritu, un poste que no se termina porque es de una madera especial, muy resistente e imperecedera. En el tope del tronco se utilizaron plumas blancas del águila arpía, un elemento simbólico que corona el tronco pintado en color lacre con puntos negros. En la base, el palo se levanta sobre el dibujo de una telaraña, que sin duda remite a la relación entre la fragilidad y la permanencia. Este es un poste sacramental, mítico, que reúne a los espíritus y a los seres terrenales, que resume el equilibrio, la sabiduría y el respeto de los yanomamis hacia el territorio de la selva. En torno a El poste que no se termina se ubicaron las obras que componen la exposición, de manera que el espectador tiene la percepción de penetrar en el espacio sagrado de la casa del chamán. A partir de allí, el despliegue del lenguaje que formula Sheroanawe Hakihiiwe se torna vivencial. Entre las obras destaca Hema hemau (Rocío mañanero sobre la telaraña), de 2021, un dibujo en acrílico sobre papel de algodón que llega a la síntesis máxima de la representación de la naturaleza: las gotas de rocío sobre una telaraña adquieren una fuerza rotunda y a la vez delicada de lo que puede ser la atención a los detalles. Es minimalista, abstracta, pero, también, innegablemente realista. Podríamos estar ante un paisaje, pero Hakihiiwe no es paisajista, no pertenece a denominaciones de géneros, sino a la reconceptualización de contenidos expresivos. A Rocío mañanero sobre la telaraña le acompañan Hi i hipe amakuripe (Troncos con rastros iridiscentes), de 2021, y Au au pore peno mayõ (Camino blanco de hormigas), de 2021. En todas resalta la depuración extrema de los elementos compositivos. Troncos con rasgos iridiscentes alude a la costumbre de los cazadores de iluminar troncos secos con un material iridiscente para guiar a los grupos en la oscuridad de la noche. En este dibujo, hecho en acrílico sobre papel de algodón, parece vibrar el recorrido de los cazadores nocturnos. Camino blanco de hormigas es la narración de otro tipo de recorrido, que es el de las hormigas que dejan surcos a su paso, resuelto con una altísima precisión y pureza.
La vegetación es otro espacio de representación importante. La exposición presenta tres palmeras que resumen su relación con el mundo vegetal. Hii hi hami hoko siki reikiwe (Palma colgada de poste ceremonial), de 2021, es un dibujo en acrílico sobre papel de algodón que constituye una pieza emblemática, que unifica el poste ceremonial con las hojas de palma en delgados trazos que combinan los colores rojizos con puntos negros, usuales en la iconografía del artista. Masiko wake wake (Palmera roja), de 2022, y Hayakawe siki (Palmera hayakawe), de 2022, son dibujos de finísimo y dinámico trazo que manifiestan el movimiento de las hojas de las palmeras; obras que bordean el trazo del dibujo con la linealidad conceptual.
Cada gesto, cada rasgo, cada hoja o animal, cada uno de los colores, aluden a la memoria ancestral del pueblo yanomami, al universo simbólico de Sheroanawe Hakihiiwe, a la historia cultural de una selva que no debemos perder. Estamos ante una obra limpia y refinada, con líneas, puntos y formas muy simples que abordan elementos y conceptos simbólicos. Son patrones sencillos que, a la vez, revelan una estética compleja, rica en contenidos y con un muy poderoso talante poético que alude a las relaciones primordiales del ser. Con ello, penetra en el sistema antropológico y el sistema cultural que lo rodea, pero también refleja y reivindica una minoría históricamente marginada de pueblos y modos de ser, hoy en peligro de extinción.
